diegomongelli

Estas letras son viento

In Cuentos on 30 marzo, 2015 at 10:59

Otra vez, anoche no pude dormir bien. Es un lugar común, pero un lugar usual, ése en el que la oscuridad predomina y provoca los temores y las angustias… Pero ayer a la noche, esa oscuridad –y el silencio de la oscuridad y el bochorno de la oscuridad- provocó, de nuevo, los temores y las angustias y las desesperanzas que, por lo visto, se fueron acostumbrado a vivir en mí (o de mí).

Fue así:

De otro lado de la reja (yo, un perro confundido, ladrando mecánicamente: la encarnación rabiosa del miedo) se fueron agolpando, con el paso de las horas, los pequeños maleducados. El espástico Niño Academia; el repugnante Niño Dinero; el soberbioso Niño Profesión; el distraído Niño Compromiso; el chueco Niño Editorial; el sumiso Niño Talento; el oloroso Niño Deber; el patotero Niño Ignorancia… etc. etc; y, por turnos, fueron aproximándose a mí –lo suficientemente cerca para que pudiera verlos en detalles, sentirlos, casi tocarlos- y realizaban sus muecas y sus burlas y me increpaban, en lo evidente y despiadado de sus acusaciones, el mismo hecho de seguir vivo…

Es decir que, otra vez, anoche, todo fue aterrador. Doloroso. Cierto. Inevitable.

Hoy, sin embargo, desperté menos desmontado de lo que esperaba. Desesperanzado, sí; pero menos deshecho de lo que hubiera supuesto. Sé que no debo confundir esta sensación con un rasgo de buenaventura ni nada por el estilo. Es simplemente la claridad del sol que ahuyenta, a medias, a los niños esos que prefieren las sombras. Pero también sé que no debo ignorarlo. Y es debido a esto que hoy escribo, de nuevo, acá.

Aunque… en realidad; no escribo igual que antes. Escribo más bien como una reacción a una noche de semi-insomnio que provocó mis miedos, que atormentó mi singularidad y que, por sobre todo, me expuso a una verdad específica, especialmente: NADIE lee esto.

Nadie (casi casi casi nadie) lee lo que escribo. Nadie. Y consecuentemente, no hay un punto en la preocupación de la confección de mi literatura. Da lo mismo lo qué escriba, cómo lo escriba, para quién (¡bah!) lo escriba. Da lo mismo, entonces, que escriba. Lo mismo.

Lo mismo da la composición de un cuento y el cuidado de los puntos de vista de sus personajes; lo mismo da su estructura, la economía de sus detalles, la puntuación, la semántica, la forma y el fondo y la mar en coche. Todo es nada. Pues nada se lee.

Nada se lee. Nada es leído. Estoy seguro que estas letras son viento.

Arriesgarse siempre es perder. Algo

In Cuentos on 12 septiembre, 2014 at 13:22

Voy dejando cosas atrás. 

Me gustaría no sólo reconocer cuáles son esos temas recurrentes de la literatura (de la expresión estética, original, humana en general)… Me gustaría, además de reconocerlos, poder evadirlos consecuentemente, en busca de nuevas perspectivas sino desconocidas, aunque sea, inexploradas. Pero soy torpe y limitado; y me emocionan y me siguen emocionando las mismas sandeces, los mismos lugares comunes sobre los que ya se ha escrito mil y una vez antes y sobre los que se escribirá, de acá hasta el fin de las letras.

vias tren ninas

Y en este sentido, mi diálogo con la tradición no discute; o si lo hace, lo hace calladamente, exhibiendo una sumisión y un respeto tan puro (y por eso mismo tan impuro) como el que sólo debiera profesarse (erradamente, claro) por un Dios o por una madre.

No estoy orgulloso. No me enorgullece escribir y volver a escribir con la intención repetida de hacer las mismas preguntas, de excavar los mismos miedos -que todos tiene, que todos hacen- sin éxito, o acaso con el magro y  sólo éxito de despertar unas inquietudes más o menos correctas.

Pero así me sale.

Mi única esperanza es que todo esto sea (tal que un rimero de ladrillos amarillos) parte de un recorrido necesario para llegar a las respuestas. Me arriesgo, me arriesgo.

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El tren se fue

 Deliciosamente. Así era la manera en que sentía los dedos del desconocido ése recorrerle los dedos de sus pies, presionarle justo sobre los comienzos de las fantasías que nunca le había contado a nadie, metérsele entre el cansancio del día y, además de limpiarlo, de alguna manera también llevárselo. Deliciosamente iba la mano derecha del flaco pasando por sobre su empeine y tanteando casi hasta llegar a la planta de su pie, en busca de la otra mano del mismo flaco, que lo sostenía –a su pie derecho- y la sostenía –a toda ella- desde debajo, como San Francisco debía haber sostenido los pies de algún santo algún día.

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Las mismas ideas, las mismas historias

In Cuentos on 26 agosto, 2014 at 12:58

Estar atrapado

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La idea no es original ni escasa: nos sentimos atrapados, no encontramos salidas, creemos estar confinados en lo más reducido de una existencia que -realmente- nos ignora. Y luego hay las aplicaciones prácticas (y fantásticas) de esta percepción: el grupo de comensales que no puede salir del comedor, la puerta ante la que no se anima avanzar F.K., la casa en la que durante veinte años Wakefield no puede volver a ingresar etc.

En este sentido, ni en la idea ni en su puesta en marcha estoy siendo original. Hay un hombre (el arquetipo de mi yo y de cualquier yo) rodeado de muchos hombres (los arquetipos de las personas que me rodean y entre las que me inmiscuyo y me conforman) hay un espacio finito (que es infinito y cotidiano) y una intención (llegar, salir, sobrevivir, etc.) En todo caso, me tranquiliza la certeza de que en la historia de la humanidad, todos repetimos los mismos suspiros. Desde el comienzo de los tiempos.

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El terco

La realidad es que él está atrapado. Intenta girar hacia un lateral, trata de desprenderse hacia el otro; pero consigue poca cosa. De frente, un granadero lo cierra con su espalda inflexible como trapecio; por atrás una pareja de adolescentes se besa a boca llena; en los costados, candidatos a algún puesto de jerarquía en empresa de primer nivel refuerzan su rigidez como si en eso fuera la posibilidad de un ascenso. Con los años, él ha madurado retacón y, en medio de ese grupo, es poco lo que logra ver más allá de puro hombros y cuellos.

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