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Escritura que rebota

In Cuentos, Personales on 27 marzo, 2014 at 12:14
Elenco de "Juan Moreira" Cia. de los Hnos. Podestá (c. 1890).

Elenco de “Juan Moreira” Cia. de los Hnos. Podestá (c. 1890).

Él último acto

Entre las numerosas ventajas que se desprenden de convivir con la literatura como primera actividad, la más “productiva”, diríamos, es la de la escritura como reacción. Así, sucede (ahora me sucede) que voy mirando la tele y pasa algo; que preparo la comida y huelo algo; que lijo una mesa y recuerdo algo; que leo un libro y descubro… algo que me insta a la escritura. Entonces, ahora (no como antes) miro hacia un costado y ahí veo a mi compu (esta compu), siempre con el Word expectante y puedo salir (y puedo y lo hago) corriendo (ok, es una exageración pensar que efectivamente corro) hacia ella y empiezo a escribir.

Específicamente, en este caso el enlace de acontecimientos a que me refiero se dio en relación con un libro que desconocía (Memorias de un hombre de teatro) de un autor que nunca había leído (Enrique García Velloso, hombre fundacional del teatro y cine argentino).

Enrique García Velloso

Enrique García Velloso

Es fenomenal –y de alguna manera cósmicamente esperanzador- cuando pasa que nos encontramos frente a algo –un libro, un texto, una idea- tan inesperado como fantástico. Y este fue el caso.

Mastiqué el librito saboreándolo con la fruición propia de esos placeres que -aunque sabemos iremos a repetir de allí en más en muchas oportunidades- sólo se experimenta con esa intensidad mesiánica en la primera vez. Fue fantástico.

Teatro Apolo, La Plata, Buenos Aires1885.

Teatro Apolo, La Plata, Buenos Aires1885.

Es mucho lo que podría decir al respecto de los valores, de la gente, del teatro, de los datos, de las sorpresa de ese librito que me mostró la Buenos Aires del cambio de siglo (XIX a XX) de una forma tan nítida y alegre como nunca antes había visto… pero ahora (en este posteo) no viene al caso.

Me limito simplemente a recomendarlo y a marcarlo, consecuentemente, como uno de esos “algos” que me instó a reaccionar y escribir.

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El último acto

La despedida de Don Adolfo Bedalvés había anticipado, en el imaginario de la compañía y del empresariado del Jovellano, tres funciones a sala llena. Sin embargo, en esta segunda y anteúltima gala, más de la mitad de las butacas estaban vacías. El teatro parecía un terreno sin gracia que por algún motivo hubiera sido primero invadido por una multitud desorientada y luego, lentamente se hubiese ido vaciando, dejando manchones de humanidad que sólo esperaban su turno para escapar. 

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El talento cristiano. El talento borgiano. Mi pobre talento.

In Ensayos, Hallazgos, Personales on 25 marzo, 2014 at 13:11

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Mateo XXV, 30

El talento, según Wikipedia, puede referir a tres cosas; según la RAE, a cuatro. Desde el punto de vista de la primera, talento remite al potencial de una persona en relación con un conjunto de habilidades o competencias; a la habilidad efectiva para desarrollar ésas –u otras- competencias y a una nomenclatura monetaria de la antigüedad griega. Por su parte, la academia real nos enseña que el talento es la inteligencia (la capacidad de entender); la aptitud (la capacidad para el desempeño o ejercicio de x); la moneda pretérita (a la que suma, además, el gentilicio “romana”) o –salvedad festejada- la persona inteligente o apta para determinada ocupación (verbigracia: “¡Ese chico es un talento, don Gaitán!”).

Por supuesto, cualquiera de las acepciones que se emparejan con los adjetivos o con el epíteto se desprenden, sin duda, de la definición originaria en tanto y en cuanto el talento como unidad de medida monetaria. Resulta interesante mirar con más atención qué era, entonces, un talento durante todo el período alejandrino, más o menos, unos trescientos años del nacimiento de Jesús.

Veamos. El talento como unidad monetaria surge en Babilonia; y desde allí su uso se vuelve corriente en todo el mundo mediterráneo. En sí mismo, un talento no refería a una moneda específica, sino a un conjunto (en términos cuantitativos) de diverso material metálico con valor de cambio. En un comienzo, éste respondía a la equivalencia con 34 kg.; pero luego -y definiéndose, hoy, de esta segunda manera más ampliamente- se estableció su correspondencia con 6.000 dracmas; o 21,6 kg. de plata pura. La dimensión exacta de esta cantidad se desprende de la masa aproximada (de plata) necesaria para colmar una ánfora promedio en la Grecia clásica.

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Anacronismos, psicoanálisis y reacción

In Cuentos, Personales on 19 marzo, 2014 at 12:20

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Mi terapia del NO

Entre los muchos rasgos que distinguen la corta historia de los humanos, uno de los más importantes (tanto en su singularidad intrínseca a la luz de cada época; como en su relevancia cultural evolutiva) es el de la reiteración de ciertos anacronismos de tradición.

Así, por ejemplo, se ha buscado comprobar la posesión diabólica obligando al acusado a introducir un brazo en agua hirviendo -bajo el pretexto de que si no carecía de pecado, Dios protegería su piel-; o se ha buscado refrenar las afecciones nerviosas haciendo un agujero en la cabeza del sufriente, etc. Cosas que pasan…

Hoy, pienso en tres ejemplos de estas circunstancias que harán sonreír y avergonzarse a las gentes del futuro:

1)   Lavamos nuestros trastos y cuerpos; desechamos nuestras heces con agua potable.

2)   Intentamos curar nuestro cáncer (y muchas de nuestras enfermedades cualesquiera) con veneno.

3)   Hacemos terapia.

Por supuesto, reconocer (o suponer el reconocimiento de) este tipo de anacronismos, siendo contemporáneo a ellos puede, por un lado, ser un atrevimiento demasiado arriesgado; y no implica, por otro, la eximición ni de la culpa, ni de la práctica. Es decir, me ducho todos los días, tiro la cadena todos los días, lavo los platos cada tanto, consumo medicamentos cuando me enfermo y, sí, hago terapia.

Mi relación con la terapia –con el Psicoanálisis en general- es ambigua. Tuve una etapa extensa de análisis -alrededor de seis años- a mediados de los años 2000; luego algunos otros intentos breves; y ahora, hace seis meses, nuevamente. Cada vez recurro con las mismas dudas intrínsecas y el mismo sentimiento de estar haciendo algo que no está del todo “bien”, que será observado con sorna en el futuro. Pero sin embargo sigo recurriendo a ella.

Imagino que lo que sucede, lo que me sucede, es algo parecido a lo que me sucede con respecto a la democracia: por supuesto no es perfecta y –si nos ponemos quisquillosos- es decididamente execrable; pero es, también, lo menos peor que tenemos… Ergo, voy a terapia confiando que, dadas las circunstancias y el momento histórico en el que vivo, es lo mejor con lo que cuento.

Como sea, en medio de mis muchas dudas en relación con el psicoanálisis, hace unas semanas le encontré un rasgo –a la terapia- incuestionablemente positivo; y de eso trata este post.

Así, resulta que finalizando una sesión como cualquier otra, más o menos, mi terapeuta se incorporó en su sillón y, mientras se ponía de pie y alargaba un brazo extendiendo la mano para que depositara sobre ésta la ridícula cantidad de dinero de cada martes, postuló su –notoriamente, históricamente trillada- intervención de cierre: “Habría que ver qué rol cumple ese NO en tu vida; qué significa para vos…”. Y tras el primer escalofrío que me produjo (que siempre me producen las frases hechas y cursis) decidí reaccionar escribiendo.

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Atrapado

–Lo que nos estamos proponiendo descubrir, verá… aquello sobre lo que estamos indagando, humildemente, podría decirse, es el verdadero significado del NO –explicó con naturalidad el caballero más próximo a mi izquierda. Y, flequillo engominado y chaleco de raso, sentado en un taburete tapizado en cuero exhibiendo una postura señorial muy siglo XIX, con una pierna cruzada sobre la otra y la mano derecha posando, enguantada, en el regazo, me invitó inclinando la cabeza a tomar asiento entre los demás.

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Los recuerdos de la convalecencia

In Cuentos, Personales on 13 marzo, 2014 at 15:59

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Tante Ressie

En 2009 me operaron de la nariz. Más específicamente y para evadir el riesgo de una declaración vanidosa y banal, diré que se trató de una operación de carácter médico y cuya decisión me tomó algún tiempo procesar. (Resulta que sufría de un crecimiento excesivo de cierto pólipos -sobre todo en el seno derecho- y cada vez se me dificultaba más, por un lado oler; y por el otro, pasar dos o tres días sin sufrir una congestión desesperante.) Como sea, una tarde de abril, creo, me interné y me operaron.

Recuero que cuando apenas desperté de la anestesia había dos sensaciones sobresalientes. Primero, me apremiaba la necesidad suprema de agradecer a los médicos el haber sobrevivido; y luego, moría de frío. No sentía en ese momento nada de lo que más tarde iría a convertirse en lo único en mi mente durante esa primera noche de insomnio. Sólo estaba contento de que la operación hubiera terminado… bien.

Más o menos inmediatamente me llevaron a una piecita en donde estaba mi madre y al rato me quedé dormido. Esa noche, mi novia permaneció en la habitación junto a mí. Por momentos, ella me tomaba de la mano, y por momentos dormitaba en un sillón seguramente incómodo.

Yo, por mi parte, tampoco pude descansar. Tenía dos rollos de algodón -hirvientes, ensangrentados- metidos en la nariz, y con cada respiración mi cabeza entera se inflaba como un globo. Sin embargo debo a esa noche en vela -boca arriba en una cama de hospital, en esa penumbra imperfecta de cualquier habitación de Capital-, uno de mis textos que más quiero.

Repitiendo la escena que tantas veces se ha repetido y tantas veces se irá a repetir, como alguna vez le pasó a W.H. Hudson, yo, recién operado y campeón de los olvidos, me pasé aquella noche evocando esa parte de mi infancia que se asocia, intensa y exclusivamente, con mi Tante Teresa.

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Ressie

Cada cosa cambia para adaptarse a alguna otra cosa, que a su vez habrá cambiado antes respondiendo a esta misma circunstancia. Hace algunos años, las hojas para impresión no se habían visto –aún– en la necesidad de adecuarse a las modernas y compactas impresoras de hoy en día. Por lo tanto, no se parecían en mucho (con excepción de la funcionalidad) a las actuales.

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Últimas palabras…

In Cuentos on 5 marzo, 2014 at 11:23

Aquello que decimos, copiosamente, día a día, como nuestras últimas palabras puede resultar vano, y sin embargo jamás deja de definirnos frente a los demás.

A veces, esperamos que las últimas palabras sean dignas de la epifanía; otras veces esperamos que las últimas palabras no hayan sido realmente determinantes. Nada está bien y nada está mal.

Hay, lo sé, unas cuantas palabras que diré por última vez. Hoy no puedo imaginármelas… sólo sé que mi última última palabra se mantiene, por ahora, inalterable.

En este cuento refiero a diferentes variables de las últimas palabras, que, como todos estamos dispuestos a aceptar, siempre tienen más peso salidas de la boca de una mujer.

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La última palabra

Fernanda se asomó al pasillo, inclinando su cuerpecito hacia la izquierda, tomándose del marco de la cancel con sus manitos pecosas, y arrugó la frente en un gesto esforzado, imitando a su padre. Observó a lo lejos, a lo largo de la galería, cuya luz iba disipándose hasta llegar al cuarto del fondo. La puerta estaba abierta por la mitad, y las cortinitas blancas de crochet parecían dos pedazos de dientes flotando en la penumbra. Fernanda llevó su lengua al espacio vacío que había dejado una de sus propios dientes, regocijándose en la tibieza y la suavidad de esa encía que ya no le molestaba…

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