diegomongelli

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El hombre invisible

In Cuentos on 29 abril, 2014 at 11:35

Terapia Literaria

No era mi intención (calculo que sigue no siéndola) centrar mis esfuerzos o mi interés en temas relacionados con la Psicología. Sin embargo, en los últimos meses sucedió que el universo de la inspección de la personalidad empezó a rodearme. O quizá, deba decir que yo empecé a inmiscuirme en él, no lo sé. Como sea, el hecho concreto es que, gracias a mi novia (Lic. en Psicología; actualmente cursando su maestría en Psicoanálisis) tuve un acercamiento a textos, temas, conferencias e incluso clases acerca del tema. Y fue justamente en unas de esas clases que la idea de este texto comenzó a inquietarme.

S. Freud: de jovencito.

S. Freud: de jovencito.

Ahora bien, más allá del texto literario por un lado, y en lo que respecta a este posteo específico por el otro, me encuentro en la disyuntiva que enfrenta al bloguero con el escritor. Entiéndase: primero pienso en explicar las circunstancias a que refiere el relato (bloguero); y segundo considero que eso confrontaría con el efecto dramático de la composición.

Entonces, decido limitarme a los temas amplios sobre los que aquella clase me instó a reflexionar: la privacidad; la niñez; el reconocimiento; el anonimato; el análisis; la fama; los veredictos inapelables.

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El nacimiento del hombre invisible

Ahora, anciano, de alguna manera podría admitir que aquello es cierto: todo, o casi todo, se lo debo a mi padre. Miro mis manos que son viejas pero que adolecen de la firmeza del trabajo duro, y no me costaría mucho relacionar cada acontecimiento de mi vida con la gravitación de la vida de él. Mi madre, que fue lo admirablemente ingenua como para darse a la ciencia en cuerpo y alma, aparece a mi lado tal que la sombra de un sueño. Si de alguna manera obró sobre mí, siempre lo hizo a través del rayo de mi padre. Fue ese rayo que nacía de sus ojos tremendamente vieneses y atravesaba los gruesos vidrios de sus lentes, que hablaba en silencio y que hablaba con ensalzados términos, el que me formó. El mismo rayo que solía despertarme por la mañana, que me ataba a la poltrona de la sala de estar, que me obligaba a partir a Gmunden a pesar de todo. Ese rayo familiar, que a veces menguaba en intensidad y era, simplemente, como un tibio halo de cariño y reparación… Sí, mi padre fue un hombre extraordinario, podría declarar.

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Jugar por jugar

In Ensayos, Hallazgos on 10 abril, 2014 at 17:51

informe robinson

Tomás Felipe “el Trinche” Carlovich

Me gusta el fútbol. Me gusta, sobre todo, jugarlo.

Hay algo en el fútbol, en el acto del fútbol, que más allá de lo físico, propone, también y sin dudas, un componente intelectual; algo emotivo intelectual, reactivo intelectual. Y me gusta, me encanta, ese lugar al que me lleva el fútbol. Un lugar en el que tengo que pensar rápidamente y correr rápidamente y arriesgarme rápidamente, todo con el objetivo de que una esfera de cuero se mueva, más o menos, de la manera y en la dirección más bella posible. Hay arte en el fútbol, hay verdad en el fútbol… Y eso me encanta.

Me gusta el fútbol… Pero ojo, me gusta sin la pasión de la tribuna ni la remera puesta (eso ya pasó). Me gusta mucho más carnalmente, mucho más humanamente, mucho más espiritualmente. Me gusta desde el cansancio de los músculos agotados y la picazón de los dientes y los pulmones que se recuperan y la gloria epifánica de un amague y una salida limpia hacia la izquierda. Así me gusta; por eso me gusta. Y será por eso, a lo mejor, que me emocionó tanto la historia de Tomás Felipe “el Triche” Carlovich.

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Tengo que admitir que, hasta hace muy poco, no había escuchado nada respecto del Trinche. Nada de ningún jugador mítico que pudiera igualar a Maradona y a Messi y del cual (¡qué conveniencia!) no hubiera quedado un solo archivo de video. De hecho, de habérmelo presentado así, sin más, yo habría respondido quizá con alguna de las inflexiones usuales en las que se propone sardónicamente que en algún caserío del Chaco hay un pibe escribiendo “À la recherche…” del cual nunca oiremos, claro. Pero lo cierto es que el trinche existió; y –según parece- lo no menos cierto es que ese “un tal Carlovich”, como se refirió Maradona a él en su llegada a Newel’s en ’92, se trató de un futbolista como no se haya visto ninguno jamás.

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