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Vieja la juventud

In Cuentos, Personales on 14 mayo, 2014 at 11:57

Cómo pasa el tiempo

Los ejemplos, aunque extraordinarios en términos absolutos, son copiosos.

Luis XIV, el famoso “Roi Soleil”, asciende al trono de Francia y Navarra a los cinco años. En 1870 Rimbaud consigue editar su primer poema: tiene 15. (La misma edad contaba Picasso cuando su padre decide que La Primera Comunión es lo suficientemente buena como para exhibirse en público.) Yesterday, la canción más versionada en la historia de la música, se le ocurre en sueños a un incrédulo Paul McCartney unas semanas antes de cumplir 23. Un poco mayor era Einstein cuando concluyó en la ecuación más famosa en la historia de la ciencia y sentó las bases de la física moderna. Ernesto Guevara todavía no llega a los 29 cuando se embarca en el Granma y se lanza en dirección a cambiar la historia del mundo. Etc.

Arturito

Arturito

Sé qué que el pasado ya no existe y el futuro es sólo una vaga conjetura. Se que el tiempo no es más que la percepción que tenemos de él y que no debería preocuparme, realmente, su paso y utilización… Sobre todo, esa utilización ridículamente productivista que hacemos de él. Y sin embargo, el tiempo y su obra es un tema al que vuelvo frecuentemente.

Albertito

Albertito

¿Qué hicimos y qué hacemos de nuestros días? ¿Cómo contamos (enumeramos y narramos) nuestros años? ¿Cuándo debiéramos ser niños y cuándo adultos? ¿Hasta qué momento se extiende la creatividad? ¿Qué está bien y qué está mal? No sé. Hoy tengo 35 años y –no sin miedo y ansiosamente- escribo preguntándomelo. Escribo, en todo caso, con la ilusión de conjurar alguna respuesta.

Ernestito

Ernestito

separador

                                  Bajón

 –Dale, boludo, pasame la bolsa –dijo Martín dejándose caer sobre la silla, arrastrándola hacia atrás provocando un chirrido estridente sobre el piso de parqué y riendo con sorna– dale, andá mear, hacé lo que quieras, pero pasame la bolsa que me muero de hambre.

Mariano lo observó indeciso.

–Tomá, tomá –accedió finalmente, deslizando sobre la mesa la bolsa con las hamburguesas y las papas fritas en dirección a Martín–. Pero ¿podés bajar un toque el volumen, boludo? ¡Son las seis menos cuarto de la matina! Qué te parió, un poc… (¡PLAM!)

El portazo tapó las palabras de Mariano, que ya se había desabrochado el cinturón y ahora se desabotonaba el jean enfilando hacia el baño. Durante unos breves segundos el silencio que siguió al estruendo endureció las expresiones de todos; y todos dirigieron una mirada réproba hacia la puerta de entrada. Allí había quedado Darío, petrificado, consciente de que, de alguna manera, había cruzado un límite. Esperaba, rendido, el desenlace de la situación o el veredicto del dueño de casa. Encogió los hombros y acercó el mentón al pecho.

 

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