diegomongelli

Atrapado

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Atrapado

–Lo que nos estamos proponiendo descubrir, verá… aquello sobre lo que estamos indagando, humildemente, podría decirse, es el verdadero significado del NO –explicó con naturalidad el caballero más próximo a mi izquierda. Y, flequillo engominado y chaleco de raso, sentado en un taburete tapizado en cuero exhibiendo una postura señorial muy siglo XIX, con una pierna cruzada sobre la otra y la mano derecha posando, enguantada, en el regazo, me invitó inclinando la cabeza a tomar asiento entre los demás–. Venga. Quédese y escuche. Quizá hasta pueda contribuir con su propio parecer al respecto –agregó mientras se atusaba uno de los extremos de su bigote con el movimiento lánguido de su índice sobando el pulgar–. Venga, venga. No sea tímido.

Todo aquello era sorprendente. Más que sorprendente. Yo había llegado en un estado cercano a la desesperación, aterrado, mal dormido y escapando. Y ahora me encontraba allí, sumido en esa atmósfera atemperada por el humo dulce del tabaco aristocrático, tenue, la atmósfera, y necesariamente despreocupada a fuerza del poder implícito y el peso de un magnetismo que sólo confieren al hombre el hecho inestimable de ser gente bien. Por eso mismo, en ese inmenso contraste, mi apariencia, coherente con mi oficio –el humilde chambergo, las botas que se me deshacían en los pies maltrechos, la alforja y el chaleco sobre la única blusa–, mi inconfundible perfume a sal, aceite y pescado, hacían que la presencia de un marinero allí pasara las fronteras de lo inverosímil, imposibilitando cualquier desenlace e impidiendo, a la vez, que yo pudiera escaparme o huir. Y sin embargo era tan extraño…

Porque, además, del lado de afuera de aquél lugar habría sido imposible adivinar la sustancia –interior– de la habitación en la que ahora me encontraba. Por un lado, el recinto de techos altos y ornamentados, de tapices del más fino hilo, de taburetes de madera de naranjo y pieles de zorro, de caballeros de frack y monóculo, no se condecía en absoluto con la decadencia oscura y roída de su fachada de madera en la calle; pero por otro lado, también estaba el hecho de qué cosa era aquello, de su naturaleza o nomenclatura (¿un salón de fiestas? ¿un club de caballeros?); y me era imposible encontrar una respuesta; hecho que también hacía que no pudiera marcharme.

Si mal no recordaba (de pronto la realidad y las memorias inmediatas se habían como diluido en mí) me hallaba en un distrito pobre y portuario. Yo había desembarcado y había caminado, un poco sin rumbo, en dirección opuesta al casco del puerto, en busca de alguna taberna de pescadores… Rápidamente, la noche y la bruma me rodearon y medio empujaron hacia una parte de la ciudad en la que, con excepción de algunos gatos y perros vagabundos, no se veía ningún alma en la calle. Fue en ese momento, cuando ya evaluaba dar media vuelta y desandar mis pasos, que dos sombras tétricas se cruzaron en mi camino, exigiendo el contenido de mi bolso.

Si me hubiera detenido a pensar con claridad, debería haber entregado a esos hombres sin rostro, no sólo su contenido, sino mi bolso entero. (Para qué negarme, si después de todo es poco lo que poseo en el mundo; y, como buen hijo de mi madre, siempre guardo mi paga en el costal de los calzoncillos.) Sin embargo, impulsado por la voluntad del diablo, arrojé un puñetazo azaroso a lo que me pareció el punto más denso de la oscuridad que tenía delante y salí corriendo en dirección opuesta. Durante algunos metros pude percibir el jadeo animal de esas dos bestias persiguiéndome, acercándose progresivamente a mí, listas ya no para sólo robarme, sino algo mucho peor… Y entonces, cuando creía todo perdido, distinguí aquel resquicio de luz bajo la puerta de lo que –recordé de pronto– me pareció una venta antigua y abandonada.

–Vamos, hombre, siéntese –me indicó una vez más, sobresaltándome, el mismo caballero de bigote esmerado.

Inclinándome, casi haciendo una venia, obedecí y ocupé una poltrona aterciopelada que se encontraba a mi derecha. Conmigo en esa posición, se cerraba una especie de círculo de contertulios. Todos los presentes me dirigieron una mirada fugaz –que interpreté gentil aunque compasiva– y que retribuí con un movimiento de las cejas, pretendiendo distinción.

–Muy bien, muy bien –dijo entonces otro caballero, de aspecto no muy diferente del que me había recibido–. Insistía usted en la postura de la negación del ser… ¿Correcto, señor Muslim?

–¡Exactamente! –respondió irguiéndose en su asiento un hombre rollizo y pequeño, de expresión preocupada, al otro lado de la habitación–. Como explicaba antes de la forzada interrupción –y me observó a los ojos por un segundo–, desde mi perspectiva el no supone la negación de un estado presente. Algo es de cierta manera; y al negar… lo, esa manera cambia, se resignifica.

–¡Pero qué atrocidad! –reaccionó otro de los hombres a su derecha, al mismo tiempo que abría su cajita de rapé y aspiraba a toda velocidad, sonriendo como un bebé y volviendo a componer un gesto serio antes de seguir hablando–. Postular tal extravagancia nos llevaría indefectiblemente a pensar en el NO aplicado a cosas materiales… –y tras reflexionar unos segundos, entrecerrando los párpados– al fin o cambio de la existencia de esas cosas; y por supuesto, aquello sería una hipótesis cuando menos parcial. Por lo tanto, usted es un desmedido…

El ser pequeño que estaba siendo objeto de esas imprecaciones levantó una mano en gesto de pedir silencio.

–Entiendo, señor conde, que mis palabras puedan interpretarse como usted lo explica; sin embargo, el cambio al que me refiero, puede incluso ser potencial –y luego masajeó su mentón unos instantes–. Quizá un ejemplo concreto sirva para aclarar mi punto de vista…

Todos en la habitación asintieron en silencio, mirándose el uno al otro como si en aquella propuesta existiera algún motivo oculto para la felicitación mutua.

– Si yo tuviera hambre y deseara comer algo, lo que fuere, me dirigiría a la antesala y pediría un refrigerio al maitre. En mi demanda y desde mi voluntad (puesto que si esto no fuera así, no habría motivos para realizar el pedido en absoluto), yo asumiría la posibilidad primordial de que el amable maitre aceptaría y concedería a prepárame algo para comer. Potencialmente y desde el momento de mi solicitud, la escena de estar colmando mi deseo de alimento ya estaría sucediendo en un futuro cercano, ya sería, para mí, una realidad si bien potencial, esencialmente, tangible. Ya sería. ¿Verdad? –preguntó levantando la vista y paseándola de rostro absorto en rostro absorto–. Entonces, caso contrario, si el maitre se negara, es decir, si me dijera que NO, en ese mismo instante, en ese mismo acto, se estaría negando el hecho de mi alimentación inmediata. Yo ya no sería quién, un segundo antes, esencial y potencialmente como vimos, estuviera saciando su deseo de comida… se habría negado ese estado de mi ser.

–¡Bah! –protestó el caballero que me había recibido, sacudiéndose un polvo inexistente de sobre las piernas–. Reflexionar de esa manera… No sé si se trata de algo parcial o desmedido; pero sobreentiendo que usted, mi pequeño Muslim, intenta sin dudas convencernos de la idea de que sí se trata de algo deplorable…

Muslim frunció el entrecejo y se retrepó en su lugar, acaso buscando ganar algunos centímetros. Se podía notar que le había molestado el epíteto con el que se habían referido a su persona, pero al mismo tiempo era notorio que lo intrigaba hacia dónde se dirigiría la conversación. Con la mirada, indicó que el otro profundizara en su razonamiento.

–Y, déjeme asegurarle –acató aquél entonces–, que esa negación del ser, como usted dice, no tiene por qué remitir a una estado de la cuestión que implique ningún carácter despectivo, más bien todo lo contrario… Puesto que la acepción del NO que yo les propongo, podría incluir, sí, cierto carácter de disolución del ser, aunque más que como eliminación de algo… como ¡evolución! del todo –hizo una breve pausa, y repitió–: Como evolución del todo, justamente.

–Interesante, interesante… –murmuró un anciano a mi derecha, al mismo tiempo que arrugaba la nariz en movimientos roedores, como si acabara de oler pimienta.

–Así, la imposición de lo negativo, de lo contrario en la vida humana, vendría a ocupar un rol muy similar al de la, hoy tan mentada, Selección Natural. Aquello que se nos niega, que al final del cúmulo de pedidos y decisiones e intenciones a que propendemos día a día y año a año se nos niega, queda relegado a un rasgo de sociedad destinado a desaparecer –dijo el primer caballero; y ante la mirada de asombro de la mayoría, agregó–: Por supuesto, este carácter evolutivo del NO trasciende y excede a la explicación geno y fenotípica de la Selección Natural y refiere a la marea psicológica del humano en sociedad, claro… Pero esto no quiere decir que no intervenga, también, en las decisiones más angostas y personales; aquellas de la vida íntima y que de ninguna manera atraviesan la muralla de nuestros secretos… –y luego, como una sentencia novedosa e inamovible–. La sociedad es la sumatoria de individuos; y cada individuo es uno en sí mismo. El NO es la herramienta máxima de la evolución humana; el final del azar mutante, y la conclus…

–¡Creo…! –exclamó de pronto una voz ronca y tabacosa interrumpiendo la conclusión del caballero de bigotes–. Creo que nuestra voluntad, admirable por cierto, de transformar opiniones en premisas científicas nos está forzando a errar en el objetivo de esta velada.

El dueño de aquella frase confusa era la persona más notable del lugar. Se trataba de un caballero imponente, de una distinción precaria pero conmovedora. Su traje estaba confeccionado de retazos de diferentes tonos de azul marino y su profusa barba ocultaba el cuello de la camisa como la espuma del océano oculta las rocas en la escollera. Llevaba el cabello (rizado y denso) recogido en un coleta que nacía del extremo superior trasero de su cabeza.

–Al sentarnos hoy aquí –siguió–, nos propusimos indagar sobre el verdadero significado del NO. Y, a pesar de que esa misma asunción, la de una posibilidad de que exista algo naturalmente verdadero, es, desde su inicio ridícula; creo, repito, que me parece pertinente no alejarnos de nuestro objetivo. Por lo tanto, entiendo mi deber apartarme, sí, de razonamientos de pretensión tan filosófica, e intentar un aproximamiento un poco más sensato. El NO, señores, es ni más ni menos que el complemento del SÍ. La negación como anverso de la afirmación, o viceversa; que tan sencillamente como nos es factible dirimir, viene a marcar el final de esa moneda declarante de lo positivo –compuso un silencio y exclamó–: ¡NO! ¡SÍ! ¡Ying! ¡Yang! –y luego de esas cuatro interjecciones largó a reír en estrepitosas carcajadas.

Todos en la habitación, incluyéndome, acompañamos la risa uniéndonos a ella con nuestras propias inflexiones de gozo. Debo admitir que, por mi parte, mucho no había entendido; pero igual reía. Ahora, creo que entonces comprendí que no tendría muchos otros puntos de contacto a través de los cuales mi limitada inteligencia permitiría acercarme a esos avezados caballeros; y tenía que aprovecharlo. Sin embargo, me equivocaba; porque de inmediato el notable sujeto de traje remedado suspendió sus carcajadas y, tomándose de las rodilla, giró la cabeza y lanzó una mirada helada hacia mi persona. Sobre el final del eco de regocijo de los demás, me preguntó ¿lo encuentra gracioso?; y esas tres simples palabras culminaron –como tres etapas sucesivas e inevitables– en la total interrupción de cualquier sonido. Uno después de otro, los presentes giraron sus cabezas y helaron sus miradas sobre mí.

No podría asegurar si alguna de las preguntas que me vinieron a la mente salieron efectivamente de mi boca. A lo mejor, sí; no lo sé. Pero, ante lo que con seguridad era el epítome de los gestos aturdidos e imbéciles de un pobre marinero cualquiera (yo había abierto los ojos como un estúpido y dejado caer la mandíbula con torpeza y enlazado y desenlazado mis dedos achacosos) mi inquisidor dedujo que iba a necesitar un pequeño empujón, y deshizo el silencio con nuevas palabras, quizá no carentes de un tinte de piedad.

–Decía –dijo, sosteniendo todavía su mirada en la mía–, que si lo encuentra usted gracioso. Esta última reflexión, o quizá las anteriores. O, tal vez, ría usted como un síntoma de sus nervios o a raíz de las propias ansias de exponer su personal punto de vista –la postura y los gestos de los demás comenzaron a distenderse progresivamente–. Diga, diga entonces. ¿Qué cree usted acerca del NO? ¿Cuál es su opinión? ¿Se aproxima más a la interpretación de la negación del Ser o a la de la dictadura evolutiva de nuestro carácter psicológico? ¿Considera la negación, simplemente, como la contrapartida de la afirmación? ¿O acaso coincide con el doctor Cambridge, respecto del NO en tanto y en cuanto se trata de un límite semántico que nuestro pensamiento impone al carecer de las palabras –y compuso el gesto de comillas en el aire– adecuadas o suficientes para elaborar una nueva estructura intelectual? ¿Ve usted en el NO un recurso más, quizá el más eficiente, dentro del arcón de las herramientas clasificatorias del entendimiento del mundo? ¿Qué puede decirnos, amigo? ¿Qué tiene para decir? Díganos, díganos, vamos. Creo que hablo por todos cuando le aseguro que estamos ¡ansiosos! por escuchar su punto de vista… –hizo una pausa para respirar y volver a dibujar una enorme sonrisa en su rostro y, viendo que yo aún NO respondía, agregó–: Tan ansiosos como usted, seguramente… pues de lo contrario ¿para qué otra cosa ha venido?

Por supuesto, me encontraba azorado. Había una docena de pares de ojos escudriñándome lo mismo que a un horizonte desconocido; y cada uno de ellos esperaba por el hallazgo de ese punto de distinción, por ese detalle que corta la perfecta línea en la que se encuentran el cielo y el mar y que anuncia el fin de un viaje. Yo mismo y por mi parte, tenía delante una docena de habitantes singulares de un país al que nunca había visitado; y estaba seguro que si no daba con las palabras justas, se abalanzarían sobre mí, para capturarme y comerme luego, en sangriento ritual caníbal. Aturdidamente, febrilmente traté de imaginar un concepto, ya no una frase, una idea, algo, que sirviera para evadirme de ese extraordinario trance en que me había metido; pero nada se me ocurría. Busqué en los recuerdos de mi infancia, en las infrecuentes charlas con mi padre, en la magra educación que recibí y abandoné, en los primeros capitanes a los que sometí mi fuerza de voluntad, en las mujeres que nunca tuve; y todo seguía en blanco… Pero entonces, cuando ya iba a rendirme a la desesperación, vinieron a mi memoria las leñosas siluetas, oscuras e informes, de los dos delincuentes que un rato antes se habían cruzado en mi camino; y encontré la salida. Mirándome las manos, avergonzado y con la certeza de que aquello era no más que un intento sin convicción, no más que las primeras palabras que le cruzaban la mente a un hombre ignorante y llano, balbuceé:

–El NO… es escapar.

La dimensión exacta de las reacciones, o las propias reacciones de esos hombres distinguidos, aquella noche en que todo comenzó, no tienen importancia. Y al caso, tampoco las recuerdo precisamente. Basta decir que, ante todo, mis interlocutores parecieron muy sorprendidos y alarmados. Inmediatamente, continuaron con su conversación, interrumpiéndose uno al otro, indagándome cada tanto con algún cuestionamiento que no entendía y al que yo contestaba, indefectiblemente, haciendo un leve movimiento de la cabeza, provocando una sonrisa endurecida. Al final de la noche, varios de ellos se acercaron y me dieron las gracias y me palmearon los hombros y me invitaron a pasar a las habitaciones en los pisos superiores.

            A la mañana siguiente y sin que fuera posible negarme, los caballeros que habían pasado la noche allí me obligaron a deshacerme de mi atuendo y a cambio, me entregaron una levita morada y una chistera de terciopelo. Inmediatamente después anunciaron su deseo –inamovible– de que permaneciese allí de modo indefinido…

Hoy, este edificio al que arribé hace casi un año se ha convertido, más o menos, en todo mi hogar. La levita y la chistera son incómodas y me provocan picazón; pero al mismo tiempo puedo cenar con vino por las noches, y el servicio siempre se dirige a mí con una sonrisa. Cada viernes, aquellos hombres vuelven a reunirse en la inmensa habitación principal y cada viernes vuelven a hacerme las mismas preguntas confusas e inexplicables. Yo las respondo tan bien y tan ampliamente como me es posible, y bajo la vista hasta que las exclamaciones hayan pasado.

A veces, es cierto, pienso con nostalgia en el manto de estrellas en el cielo azul de altamar, en el aroma a desolación del océano en invierno; pero entonces alguien toca mi hombro y me observa anhelante y en busca de respuestas y yo no puedo sino inventar alguna frase que me ayude a escapar –nuevamente, como en un ejercicio– de aquel dilema y cierro los ojos un instante y olvido todo lo demás.

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