diegomongelli

Bajón

el-grito-munch

–Dale, boludo, pasame la bolsa –dijo Martín dejándose caer sobre la silla, arrastrándola hacia atrás provocando un chirrido estridente sobre el piso de parqué y riendo con sorna– dale, andá mear, hacé lo que quieras, pero pasame la bolsa que me muero de hambre.

Mariano lo observó indeciso.

–Tomá, tomá –accedió finalmente, deslizando sobre la mesa la bolsa con las hamburguesas y las papas fritas en dirección a Martín–. Pero ¿podés bajar un toque el volumen, boludo? ¡Son las seis menos cuarto de la matina! Qué te parió, un poc… (¡PLAM!)

El portazo tapó las palabras de Mariano, que ya se había desabrochado el cinturón y ahora se desabotonaba el jean enfilando hacia el baño. Durante unos breves segundos el silencio que siguió al estruendo endureció las expresiones de todos; y todos dirigieron una mirada réproba hacia la puerta de entrada. Allí había quedado Darío, petrificado, consciente de que, de alguna manera, había cruzado un límite. Esperaba, rendido, el desenlace de la situación o el veredicto del dueño de casa. Encogió los hombros y acercó el mentón al pecho.

–Fue… el viento… –dijo sonando como un niño pequeño que rogaba disculpas a sus padres.

Mariano –los pantalones ya del todo desabrochados, descalzo y contorsionándose levemente hacia delante– abrió la boca, desorientado; pero antes de que pudiera decir algo, todos los demás rompieron en carcajadas estertóreas que agregaron al ambiente un tufo rancio a cerveza.

–Dale forro, sentate y cerrá el orto –dijo por fin Mariano (el dueño de casa), compuso un gesto de resignación y entró definitivamente en el baño.

Darío relajó sus expresiones y se quitó el abrigo. Lo tiró hacia un costado, sobre el sillón en el que ya se habían desplomado Javier y Román. Ambos, como en un movimiento sincronizado y artístico accionado por el abrigo que caía a su lado, levantaron las piernas, las cruzaron en el aire y las depositaron sobre la mesa baja delante de ellos.

–Daro, pasame el control –dijo Javier estirando un brazo.

Darío eructó, sonrió y tomó el control remoto de sobre el reproductor de DVD. Sin hacer caso al pedido de Javier, dio un paso al frente (obstruyendo la visión de los dos en el sillón) y encendió el televisor. De pie delante del aparato, a menos de un metro del mismo, pasaba los canales uno tras otro, continuamente, sin siquiera observar con detenimiento qué cosa transmitía cada uno.

–Che, boludo, pasame el control te dije –le recordó Javier elevando la voz sin cambiar su posición en lo más mínimo y todavía con el brazo extendido en el aire–. No que te pongas a hacer zapping como un zombi… Además, salí de ahí, gordo, que justamente no sos lo más atlético que digamos.

–No, Daro, mejor pasanos el control de la Play –dijo Román.

Automáticamente, Darío se estiró hasta el control inalámbrico de la consola de juegos; lo agarró y lo tiró hacia atrás en un solo movimiento. El aparato casi golpea a Román en la cabeza.

–¡Guarda, chabón!

–Dale, gordo, correte de adelante –elevó la voz Javier– y pásame el otro control… y ya que estás, traenos nuestros combos.

Elevando una ceja sobre sus ojos vidriosos después de toda una noche de alcohol y marihuna y bar y humo de cigarrillo, Darío giró y obsequió una mirada de reproche a sus dos amigos, que ahora, más que sentados, parecían estar desparramados sobre el sillón.

–¿Algo, más? –preguntó en un tono que exponía, lamentablemente, lo que era su máximo esfuerzo por un sarcasmo declarativo.

Román y Javier le dedicaron un segundo de su atención, se miraron entre ellos, y negaron con la cabeza, sonriendo. Darío bufó, arrojó el control remoto del televisor en medio de los dos y siguió su camino a la cocina.

En la cocina (desde la que se podía ver el televisor en el living y parte de la mesa baja frente a éste y ahora los dos pares de zapatillas que se acomodaba uno junto al otro frotando sus empeines), Martín ya había devorado la primera mitad de su primera hamburguesa. Sobre la mesa, había una montaña de papel y empaques de cartón con más hamburguesas que era custodiada por seis vasos gigantes de gaseosa. Darío llegó junto a Martín sonándose los mocos directamente en su mano.

–Hssssshhh… ¿Y las papas? –dijo al mismo tiempo que se sentaba a la mesa.

Oeh… –indicó Martín con un cabeceo en dirección a la bolsa contenedora que había quedado sobre una silla.

Darío prácticamente se asomó dentro de la bolsa. Desde el fondo, se amontonaba un chiquero de papas fritas húmedas y grasosas que se le hizo agua la boca. Metió una mano y sacó tantas como pudo. Luego, con la otra mano, empezó a llevarse, papa por papa, su cosecha a la boca. Observó hacia un costado y comprobó que Román y Javier ya habían encendido la Playstation y jugaban un partido entre lo que le pareció serían el Milan y el Barcelona. Finalmente se compuso un estado próximo a la tranquilidad… pero de pronto, con el mismo efecto de estridente sorpresa que el portazo de hacía unos minutos, sonó el timbre. Sonó una primera y tímida vez; después dos veces más, con insistencia. Darío y Javier se miraron abúlicamente mientras masticaban y convinieron –en silencio– que no sería ninguno de ellos quien reaccionaría. El retintín zumbón volvió a escucharse ahora más prolongada y agresivamente; y una vez más todos lo ignoraron. Entonces, la puerta del baño se abrió a toda velocidad y Mariano salió corriendo (en medias y con el jean desabrochado) hacia la entrada. Pasó por delante del televisor generando las quejas conjuntas de Román y Javier, y abrió.

–Chabón, ¿no podrías mandar un mensajito de Whatsapp? Hay gente durmiendo en casa…

En lo que parecía ser sorpresa genuina, con una expresión de calma inocencia, Nicolás respondió de pie en el rellano de puerta:

–¡Pero si mandé! ¡Le mandé a Fede! –y tras un segundo de silencio en el que observó por sobre Mariano en dirección a Javier, sin hacer contacto visual, agregó–: Hace como diez minutos que estoy parado en la puerta, qué querés que haga… –y con esas palabras, se escabulló en la grieta que quedaba entre el dueño de casa y el marco de la puerta.

Un rato después, los seis amigos estaban sentados a la mesa. Unos metros a la derecha, se apilaban sus zapatos. Bajo las sillas se iban juntando papas fritas que escapaban de sus dedos, servilletas usadas, charquitos de gaseosa. Todavía faltaba bastante para que amaneciera; y todas las luces de los dos ambientes (living y cocina) estaban encendidas y exponían un humo condensado que se mecía en el aire tibio. De fondo, detrás de la conversación animada y los eructos y las carcajadas que se elevaban intermitentemente como géiseres de adolescencia, el sonido ambiente a cancha y tribuna –que había quedado en loop y venía desde el juego de video en pausa– bajaba un telón indiscutiblemente masculino a la situación del final de la noche. Después de acabar con su segunda hamburguesa, Martín había consultado respecto de la posibilidad de que a alguno le hubiera sobrado algún “charutito” y había tenido éxito. Así, ahora, mientras terminaban de comer y hundían las últimas papas fritas en mini lodazales de kétchup y mayonesa, todos iban pasando el porro hacia su derecha. Por turnos aspiraban una, dos veces, y exhalaban en dirección a la lámpara colgante en el centro del círculo que ellos formaban.

–Che… –dijo de pronto Darío, escudriñando el ascua del porro como si fuera un jeroglífico que tuviera que descifrar–. ¿No querés que vayamos afuera mejor…? –y quitando la atención de ese puntito rojo que le parecía maravilloso, lo elevó un poco en dirección a Mariano.

Durante un segundo, la alegría y la indolencia predominantes en el ambiente se atemperaron. Mariano terminó de tragar lo que masticaba y alargando el brazo (saltándose su turno) en dirección al porro dijo:

–Naaah… están re dormidos.

Un asentimiento simultáneo, lento e insistente de los otros cinco coincidió con ese argumento. Sin embargo, tras unos segundos:

–Pero igual, dormido se huele… –reflexionó Javier.

–¡Callaaaate, boludo! –reaccionó Nicolás, como si lo hubieran increpado respecto de algún atributo personal por el que debía dar la vida en pelea; y al instante endureció sus gestos profundamente–. Dormido no se huele… olvídate.

La seriedad y la convicción (fuera impostada o no) con que Nicolás había sentenciado la inhabilidad del olfato durante el sueño provocó las carcajadas de todos, incluido él mismo. Rieron y rieron hasta que poco a poco fueron calmándose.

–A lo mejor –dijo Martín–, no se huele, qué se yo, habría que probar.

–Sí. Guarda. Ahora que lo pienso… ¿qué? –preguntó Javier haciendo un bollo con su cajita de hamburguesa y tirándola a través de la mesa hacia la bacha de la cocina–. Si estás durmiendo con alguien y te rajás un silencioso… Digo… ni vos te despertás, ni la mina se despierta ¿o qué?

Hubo un breve intervalo de silencio reflexivo que se cortó por el gorjeo mocoso de Darío aclarándose la garganta:

Grhjhahj… Eso a menos… –dijo con el índice en el aire mientras se inclinaba apenas hacia la izquierda, apoyando un codo sobre la mesa–. A menos qué… –y soltó un pedo rotundo, pletórico, estridente, casi perfecto.

Una vez más, las carcajadas cubrieron el eco a ambiente de cancha que llegaba de la televisión. Mariano intentó acallar los gritos con un gesto de sus brazos, pero el impulso de su propia risa lo dobló a la mitad. Apoyó la frente sobre la mesa (parecía que marcaba un ritmo con su frente sobre el mantel) y se tomó de la barriga a la vez que se dejaba dominar por ese impulso reconfortante en medio de la alegría de todos los demás. Cuando esta nueva explosión de histrionismo volvió a serenarse, se reincorporó y dijo:

–¡Qué gordo desagradable…!

Ante el agravio, Darío se limitó a encoger los hombros y asentir dando una nueva pitada al porro que ya casi se había consumido.

–¡Chabón! –exclamó Román–. Hacete ver… te morfaste un muerto o qué mierda –y alargó el brazo en dirección a Darío–. Dale, pasalo, loco. ¡Y no la… no lo chupes todo, che!

Darío cedió la tuca a Román, arrastró la silla hacia atrás, adelantó la cola en la silla, apoyó la cabeza en el final del respaldo y entrelazó las manos sobre el abdomen.

–Murió… –susurró Román, señalando con la vista el último puchito del porro–. ¿Apago?

Algo amargamente, Martín se hizo cargo de la decisión de final y le acercó a Román un cartoncito con mayonesa.

–Sí, apágalo, ya fue –dijo.

Román hundió la tuca en la salsa amarillenta y elevó la mirada hacia la alacena.

–Che, Nanito, ¿un tintillo no te quedará pa’ los pibes? No te hagás…

Por primera vez en un rato largo, Mariano deshizo cualquier rastro de una sonrisa en su cara. Y como si hubiera algún ritual que cumplir antes de responder a esa pregunta, adelantó la silla hacia la mesa y comenzó a juntar servilletas, acumulándolas una sobre la otra. Finalmente, bajo una de las servilletas dio con su celular. En un mismo acto desbloqueó la pantalla y comprobó la hora. Luego frunció los labios, elevó su mirada hasta la mirada, suplicante e irritada, de Román y suspiró.

–Oquey, ahí me fijo que tengo –y se levantó dando media vuelta.

–¿Sabés qué pasa? –preguntó Martín al instante y sin destinatario específico–. Cuando dormís se te apagan una parte de las cosas… y otra parte quedan ahí funcionando, pero a media máquina.

–Claaaro –coincidió Nicolás–. Vos podés estar durmiendo y si te arriman la canastita ¿me vas a decir que no se te abuchona el castor…?

–Jajaja… Sí, claro, obvio –rió y estuvo de acuerdo Román–. Pero ahí ya te están tocando. Y si te tocan, ya es otra historia viejo…

–¡Qué putas son las minas, qué lo parió! –sentenció Javier dando rienda suelta a sus capacidades relacionales–. Boludo, posta que te bailan como si te las estuvieras cogiendo con los lompa puestos.

Darío pareció recobrar interés en la charla y se retrepó en su asiento, inclinándose hacia delante.

–¿Qué onda, Nano? –preguntó–. ¿Al final te comiste a la rubia ésa que estaba con la tetona?

Mariano, que volvía a ocupar su lugar, tomó un sorbo de vino directamente de la botella antes de responder:

–Tshc… naaa… la pendeja me dejó el Whatsapp, qué sé yo… le tiré la boca y se hizo la boluda…

–¡Pero…! –lo interrumpió Martín–. Te estuvo refregando el bulto toda la noche; eso sí.

En una primera reacción, Mariano arrugó el entrecejo y observó a Martín como ofendido; pero inmediatamente distendió sus facciones y sonrió encogiendo los hombros.

–Y eeeh… un poco sí. Sí –y le alcanzó el vino a Román.

–A ver. ¿Tenés una foto de la mina? –preguntó Darío–. O la del perfil del Whatsapp…

–Buen, ¿ves? –dijo Román por sobre pedido de Darío y empinando la botella–. Ya si te tocan es otra cosa. Estás durmiendo, sonámbulo, en pedo, haciendo la vertical, lo que sea y… ¡Qué putas son las minas!

–Ah… sí –dijo Javier–. Pero bueno, volviendo al tema, yo, ojo, yooo, creo que dormido se huele. Menos, pero se huele… Vas a ver; si ahora se levanta…

–¡Boludo! Es obvio que no se huele –dijo Nicolás confrontándolo–. Si no, ¿cómo mierda hay tantos que la quedan por escapes de gas y eso?

–Che, Mariano –insistió Darío–. Foto… de la pendeja de recién… ¿te pasó alguna?

–Sí… qué sé yo –dijo Mariano, mirando fijamente su celular, a la vez que deslizaba su pulgar derecho, en movimientos continuos, de izquierda a derecha sobre la pantallita–. Da lo mismo, igual ahora abro la ventana y se airea. Tampoco es que hace dos horas que estamos fumando, che… Relájenla, también es mi casa… Ahí –se interrumpió a sí mismo y giró el celular hacia Darío–. Ahí tenés, fijate: linda, qué sé yo.

Darío le arrancó el teléfono de las manos y lo llevó hasta su lugar haciendo espacio entre los restos de su comida. Nicolás y Javier, por izquierda y por derecha, se arrimaron a él. Los tres observaban las fotos de perfil de la rubia que habían conocido unas horas atrás como si hubiese en ellas (las fotos) y en ella (la mina) algo maravilloso por descubrir; en el mejor de los casos, alguna situación de playa y bikini y churros y amigas.

–Apetecible… muy apetecible la petisa –sentenció Darío.

–Dale, boludo, no es whisky; es vino: pasalo –dijo Martín reclamando la botella a Román.

Román se desprendió de la botella y bostezó ruidosamente, extendiendo los brazos por detrás de la cabeza, arqueando la espada.

–Che, gordo –dijo de pronto–. ¿No me dejás grabarte un pedo como el de recién para usar de ringtone?

Darío levantó la vista del celular y, sin haber decidido cómo tomar aquella propuesta exactamente, preguntó:

–¿Ah?

–Jajaja… –Nicolás se desarmó en carcajadas olvidando automáticamente a la rubia o sus tetas, y abrazó a Darío por el cuello–. Jajaja… dale, dale, dale. ¿Te queda alguno ya amasadito por ahí? Lo grabamos y lo pongo de alerta al grupo de Whatsapp. Dale…

–Pará… tampoco es que puedo tirarme pedos así como así… –explicó Darío y se soltó, de alguna manera agresivamente, del abrazo de Nicolás. Devolvió el celular a Mariano y se estiró en busca de la botella de vino–. No es que soy el hazmerreír de ustedes tampoco… –dijo, como atragantado y bebió un trago largo de vino.

Mariano bloqueó la pantalla del celular y lo guardó en el bolsillo.

–Ay, dale gordo. ¡¿Qué te hacés?! Tirate uno y lo grabamos… Nos terminamos el vino y nos vamos a dormir.

–Jajaja. Dale, Daro –lo instó Martín.

–Chicos, chicos, chicos… –repitió Javier, poniéndose de pie y apoyando las palmas de las manos sobre la mesa. Hablaba en tono solemne y didáctico–. No lo presionemos al artista del intestino delgado. Si lo saben llevar, él va a saber darles lo mejor…

Algunos aplausos festejaron su exposición.

–Sos vos, Darío. Sos vos. Dejá fluir tu talento –agregó Román.

–Grande, gordo. No te hagas rogar…

Como si la perspectiva de tener que seguir oponiéndose a esas súplicas lo agotara de antemano, Darío dejó caer los hombros y suspiró exagerando su fastidio.

–Buen –dijo–. Pruebo una vez y chau. Probamos una y no me joden más.

–Graaaande, gordooo –exclamó Javier desordenándole los rulos en un cariñoso masaje de cuero cabelludo–. Vos sí que sabés.

–¡Genial! Jajaja –rió Román con ganas y se puso de pie, pasando entre Martín y Mariano–. Parame que voy para ahí, jajaja, pará, pará, pará.

Junto con Román, los demás también se levantaron y rodearon a Darío por detrás. Cada uno de ellos blandía su celular en el aire y buscaba, ya con el pulgar, ya con el índice, la aplicación de grabación de audio.

–¡Vamos, capo! –lo alentaba uno palmeándole la espalda–. Dale, genio, Mozart, Beethoven… –lo ensalzaba otro–. Usted puede, Sánchez –le aseguraba un tercero, que apuraba un trago de vino.

Darío hizo más espacio sobre la mesa, arrastrando los restos de cajas, servilletas, papas fritas y pan y liberando un semicírculo de blancura imperfecta en el mantel. Entrelazó los dedos, juntó los codos contra las costillas, se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre la mesa. De esta manera, su cuerpo componía un angosto espacio entre su trasero y la silla. Hacía allí se dirigieron los cinco jóvenes, los cinco brazos, los cinco celulares. Era como si el trasero de Darío estuviera por realizar una declaración de importancia radical y ellos conformaran un grupo de obstinados periodistas a la busca de la novedad.

–Shhh… shhh… Ya. Cállense –ordenó Mariano; y por sobre las risitas y los jadeos, un silencio expectante empezó a hacerse más y más denso. Las miradas de los cinco se estacionaron en el culo de Darío, en lo azul oscuro de sus pantalones y en lo categórico del tamaño de sus nalgas. De repente, cuando el sonido de videojuego volvió a ser lo único que se escuchaba en la cocina, un susurro monocorde y constante nació y empezó a deslizarse en contra de la quietud:

–Da/ri, Da/ri, Da/ri… –cantaba Mariano, suavemente.

Darío apretaba los puños y los párpados. Se sonrojaba progresivamente.

–Da/ri, Da/ri, Da/ri… –sumó Martín sus propios esfuerzos a los del dueño de casa–. Da/ri, Da/ri, Da/ri…

Ahora, a Darío le temblaban las piernas; respiraba pesadamente.

–Da/ri, Da/ri, Da/ri –se agregaron las voces de los otros tres; y el canto ya se aproximaba a ovación–. DA/RI, DA/RI, DA/RI… –gritaban todos en conjunto, tapando los gemidos esforzados de su actor principal–. DA/RI, DA/RI, DA/RI…

Entonces, en el momento en que el ímpetu de unos y otro ya estaba llegando al máximo de su calidad expresiva; el desenlace previsible se desencadenó majestuosamente.

(…PRRRAPAPÁ PRRRAAAAPAPRRA PAPAPARRRRÁHH…)

El pedo, el volumen del pedo de Darío, su duración, su alcance, su homogeneidad, su tono y cadencia, todo en aquél pedo magnífico, estruendoso, inigualable, alcanzó y superó las expectativas del grupo dejándolo sin habla. Los seis amigos quedaron absortos en ese hechizo de hidrógeno intestinal, prodigio de la naturaleza, y mantuvieron sus posiciones relativas sin moverse, como a la espera de una confirmación de veracidad, de ratificación del hecho consciente, cierto e inapelable, que nada tuviera que ver con el transcurso de una noche de escabio y boliche y marihuana. Pasaron dos, tres segundos; y cuando lo sucedido ya no tenía margen para la duda y las carcajadas empezaba a formarse en los estómagos, una voz helada se escuchó detrás:

–Nano…

Todos giraron sus cabezas sin desarmar completamente esa especie de medio scrum que habían formado. A dos metros de ellos, descalza, en pijamas y con Tomy en Brazos, Ivana observaba al grupo abúlicamente. Mariano fue el primero en incorporarse. Se llevó una mano a la espalda (escondiendo el celular) y con la otra rascó su cabeza.

–Ivi –dijo–. ¿Estás despierta…?

Ivana arqueó una ceja; y su expresión fue virando de la apatía al desprecio y luego a una tristeza resignada en la que ya casi no había espacio para el reclamo.

–Tomy está despierto. ¿Qué hora es? –preguntó.

Mariano dio un paso al frente y los demás fueron adoptando, también, una postura de normalidad distante alejándose de la mesa, introduciendo sus manos en los bolsillos. Al mismo tiempo, aparecieron los primeros rayos del sol, e iluminaron los restos del desayuno de comida rápida y el charquito de mayonesa que había hecho las veces de cenicero. La tuca, que se erguía en ese montoncito brillante y amarillo de salsa, daba la sensación de ser el mástil de una bandera que declamara la independencia de una causa vacía y sin sentido.

–Nn… no sé… las seis y pico. No sé –respondió Mariano.

–Lloró toda la noche –dijo Ivana. En su cara, junto con las marcas nervosas de la almohada, resaltaban las arrugas, todavía jóvenes, de los costados de los ojos y de cerca de las sienes–. Tomá –agregó entonces, sosteniendo a Tomy de las axilas y acercándoselo a Mariano como si se tratara de una ofrenda.

Tomy observó a su padre con indiferencia. Sus bracitos colgaban al costado de su cuerpo rechoncho, respiraba con suavidad y su piel lucía rosada y fresca.

Mariano hundió su teléfono en el bolsillo y se acercó a su mujer. Intentó tomar a su hijo, pero de pronto Ivana lo apartó con violencia.

–Mariano, hedés… –declaró con una expresión de asco suprema; y escondió a Tomy sobre el pecho. El bebé quedó dándole la espalda a su padre, que se limitó a recoger los brazos y volver a rascarse la cabeza–. Voy a darle la teta –continuó Ivana–. En un rato me levanto… Ordená un poco –dijo y dio media vuelta.

En derredor de la mesa, los otros cinco amigos juntaban los desperdicios y encajaban los vasos unos dentro de otros. Ivana comenzó a alejarse del grupo en dirección a su cuarto. Pero antes de cerrar la puerta tras de sí y sin darse vuelta, agregó en voz alta:

–Y… Marto, tengo mil mensajes de Andrea, que te está buscando hace como cuatro horas. Fiorella tiene fiebre… Dice que no le respondés…

Desde su lugar, Martín hundió el mentón en el pecho y examinó su teléfono con una fingida expresión de asombro

–Ah… sí… acá veo que… –dijo a nadie, como en un susurro, la vista clavada en el celular; y el golpe del portazo tapó sus palabras.

Otra vez solos, los seis amigos volvieron a ralentizar sus movimientos hasta quedar como esculpidos en el silencio de la mañana. Sosteniendo alguna botella, algún bollo de papel, algunos sobrecitos de kétchup, sus miradas se pasearon de unos a otros y confluyeron finalmente en los ojos de Mariano. Éste apartó su vista de las demás y sonrió tímidamente, mirando sus pies.

–Qué buen pedo, chabón… –dijo entonces; y todo volvió a ser carcajadas y jolgorio.

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