diegomongelli

Cancerbera

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UNO

–Neumonía. Va a la cincuenta y tres –sentenció Elvira, mirando a Fernanda a los ojos; y arrojó la planilla sobre la mesada de fórmica; y como una advertencia, el golpe resonó por los corredores desiertos a través de las camillas y contra las puertas cerradas que contenían el sufrimiento anónimo. En sus actitud había rigor e intransigencia; ella sabía, pera así era su temperamento. No se trataba de vana crueldad, sino más bien de una especie de pulsión irrevocable, propia de su naturaleza, que le indicaba la manera en que debía actuar, que le daba fuerzas para cumplir con sus deberes.

Fernanda recogió la planilla, comprobó que Elvira hubiera anotado lo mismo que le pedía y asintió en silencio, evadiendo aquella mirada que la amenazaba como un bisturí. El tono de la orden que había recibido destilaba la carga consciente de esa perpetua ventaja jerárquica, esa preeminencia de un superior sobre otro, de una vieja enfermera a cargo del piso, en este caso, sobre la residente de enfermería.

–Y rápido… –agregó Elvira con el ceño contraído.

            –Bien –dijo Fernanda. Pero entonces, en contra de su propia discreción, en contra de eso que desde recién llegada al hospital parecía haberse obligado a reprimir, esa necesidad inmadura de comunicar siempre lo que se considera oportuno, agregó–: Pero vio que la tres dos uno ya está lista… ¿no? Capaz que…

            Elvira sólo tuvo que refirmar su silencio para someter el afán de Fernanda. Sin embargo, hizo más. Con denodada aspereza, reacomodó su cofia de tres puntas, plisando todavía más la piel de su frente, y tras una mueca de desprecio y disgusto, alzó la mano temblorosa y señaló hacia algún punto entre los ojos de su residente a cargo.

Fernanda calló avergonzada y bajó la vista. Luego, ruborizándose, tildó sobre la planilla y la acomodó a un costado, dentro de un pequeño gabinete de plástico en el que se guardaban las planillas de todos los enfermos.

            –Es… está bien… –dijo, una vez repuesta del susto–. Ahora aviso abajo que lo suban. A la cinco tres. Sí. Perfecto… En media hora debería estar limpia. Doy la orden a maestranza y… –y tras un breve silencio en el que la angustia pareció que volvería a dominarla, agregó–: Lo único, que a esta hora…

            –Bien. Dale. Usá el verde –confirmó rápidamente Elvira, actuando otra vez de manera abrupta y arbitraria, señalando ahora uno de los dos intercomunicadores que Fernanda tenía delante y cortando de cabo cualquier demostración autocompasiva–. Yo, mientras, voy al cuartito y vengo en un rato. Te traigo dos gasas y la fisiológica…

Pero, imprevistamente, sin que aquello se reflejara de ninguna forma en su perruno semblante, o en el brillo de sus colmillos, ablandó la voz para continuar.

–Y no sé si… necesitás.. alguna otra cosa… –dijo–. ¿Necesitás algo más? ¿Querés un boldo o algo?

            Sorprendida, Fernanda volvió a ruborizarse.

            –Eh… no… Gracias –dijo–. No, gracias. Estoy bien. Después más tarde, desayuno directamente.

            –Bien –volvió a confirmar Elvira con un golpecito de la palma derecha, firme, sobre la mesada–. No te olvides de chequear en Ingresos y de reclamar el “I.C” de la obra social –y acto seguido, dio un cuarto de vuelta y se alejó más o menos raudamente.

DOS

En el silencio absoluto y estéril del hospital a esas horas, sus pasos se duplicaban con el eco de los tacos contra las paredes serenas. Muchas veces y de muchas maneras le habían tratado de explicar las ventajas de pasarse a los zuecos de goma, pero nunca lo había admitido. Durante toda su vida, durante toda su profesión, Elvira había usado los mismos zapatos negros y oficiosos sin ningún problema. Además, los dolores que la afligían eran propios de sus años (y los desinflamatorios los conseguía gratis); y estaba segura que el florecimiento continuo de sus várices seguiría ajeno a la mirada de cualquier hombre. Por eso, ahora caminaba lentamente: un poco para cuidar la salud y evitar el dolor, y otro poco para preservar la tranquilidad de los enfermos, junto con la suya propia.

Al llegar al final del pasillo, frente a la opción del giro a izquierda o derecha, Elvira se detuvo. Observó atrás, a lo lejos, hacia la recepción. Sólo consiguió advertir la presencia de Fernanda a través de los tenues cambios en la intensidad de la luz. Por supuesto, era muy improbable que la jovencita pudiera verla desde su lugar; pero de cualquier forma tenía que ser cuidadosa. Ya llegaría el día en que su legado pasara a manos ajenas; pero ese día todavía quedaba lejos… Como sea, aguzó la mirada durante unos instantes y esperó a que esos cambios de luminosidad se aquietaran. Finalmente, segura de poder realizar su maniobra disuasoria con el menor riesgo posible, volvió a ponerse en movimiento. Avanzó unos pasos más, al mismo ritmo con que lo había hecho antes; pero de pronto, con una gracia y una fluidez admirables para su cuerpo rollizo, giró hacia la izquierda, trotó unos metros casi en puntas de pie, y volvió a detenerse. Allí, agazapada contra un carrito de sábanas sucias, con el corazón martillándole en el pecho, se quitó los zapatos y encajó uno dentro del otro. Entonces, agitada pero decididamente, se reincorporó y desandó su camino, casi en cuclillas, internándose en el pasillo que originalmente quedaba a su derecha.

TRES

Elvira había acompañado la puerta en su recorrido –a esa puerta amiga, cuyo número era el 321– casi maternalmente, centímetro a centímetro, su mano izquierda apoyada a media altura, como asistiendo a un anciano. Otra vez sola y segura del lado de adentro de la habitación, tomada del pomo y apoyada contra aquella superficie plana y pura (ahora a su mano izquierda se habían agregado su hombro y el costado de su rostro), entrecerró los ojos y se propuso –a la vez sabiendo que en realidad aquello significaba una obligación– las recurrentes memorias.

Era común que todo empezase en el hospital, en sus primeras semanas, en sus primeros años allí, como siempre. Y también como siempre, era usual que aquello fuese desplazado –como con el rigor y la alegría de una ola– por el repaso difuso de ciertos momentos de su infancia, o más precisamente de su adolescencia. Y en ellos, –y de tan repetido, todo se percibía ya casi como un sonido o un sabor, más que como un recuerdo–, en efecto ella, la pequeña Elvira, era golpeada por una ola en las playas de Mar del Tuyú o de Mar Chiquita, y su hermano venía rápidamente a socorrerla, cuando todavía en el mundo no existían ni salvavidas ni cámaras de seguridad ni, mucho menos –y muchos menos todavía en su mundo– enfermeras de uniforme almidonado a las que acudir… Porque así eran esas evocaciones, incluso en sus ausencias, incluso en sus continuos regresos. Así, más o menos previsibles, pero nunca del todo familiares. Porque después, y tras distintas circunstancias gastronómicas y onomásticas, en menos de un suspiro, volvía a completarse el vacío de sus ojos con el impreciso cúmulo de detalles –cientos, miles de detalles: hoy eran la iluminación de dos habitaciones diferentes, la suela deteriorada en un zapato de taco, los labios pintados, agrietados, de una tía que jamás había vuelto a ver, las hojas rígidas de un potus de plástico, el brillo de los cirios, etc. etc…– del funeral de su padre. Sí; de esa manera empezaban los recuerdos: así. Pero así también la memoria de esa parte de su vida privada, ese falso preámbulo en el que se espera –como ella ingenuamente había esperado– que la aventura comience de un momento a otro, no solía prolongarse demasiado. Ya que, pronto, recurrentemente, también eso dejaba lugar a la evocación de la siguiente vida.

Y era en noches como ésas –noches en las que ella iba a la tres veintiuno y se proponía, resignándose, recordar– que esa otra vida, la vida de este momento, –una en la que se espera, aunque sin ansiedad ni optimismo, a que todo acabe–, siempre terminaba desplazando a su familia, a su hermano, a su padre muerto; lo mismo que al hombre y a los hijos que nunca supo conservar…

Y de esa manera, así, así, aquella rutina volvía a estacarla contra la puerta, en la misma posición, con el mismo asco siempre, aunque también con la misma esperanza.

CUATRO

Elvira abrió los ojos y giró en el lugar. Apoyó la espalda contra la puerta y cruzó los brazos bajo sus pechos en busca de abrigo. Siempre había sido muy estricta respecto de dar calefacción a las habitaciones desocupadas. Hacerlo, sería innecesario, ridículo. Pero a su vez, la tres veintiuno no era cualquier habitación. Inspiró hondamente. El aire frío se deslizó, entrando y cayendo, por sus fosas nasales y a través de la faringe y el esófago, e inundó sus pulmones. Sus ojos se aclararon y, sin moverse todavía, Elvira repasó la habitación. Todo seguía como debía estar. La cama, tendida y sin acolchado; la almohada, lisa y como esponjosa; el doblez de las sábanas, exacto, apenas demarcando la frazada color verde olivo. Contra la ventana, en esa especie de pasillito que formaban el lateral de la cama y el alfeizar sobredimensionado y superpoblado de revistas y vasitos y montones de paños blancos, se veía la mesa de noche (horrible y desalmada a pesar del crochet que ella misma había tejido) y sobre ésta, el florero y su exuberante ramo de margaritas amarillas. Las cortinas estaban cerradas y la puerta del baño, también.

Elvira se acercó hasta el costado más próximo de la cama, se inclinó hacia delante. Desde esa posición incomoda, con suavidad, deslizó una mano sobre la frazada. A pesar de la baja temperatura, la frazada se sentía cálida e invitadora, como si fuera el lomo de una mascota; como si fuera un mensaje en braile que volvía a describirle la hechura y calidad de aquél colchón, sus potencialidades, su realidad emergente. Una realidad fantástica pero verdadera, que impulsaba el torrente difuso de las experiencias pasadas (las experiencias propias de aquél lecho específico) y también el aroma, un aroma de anticipo, de las sensaciones que vendrían luego y que se contenían allí como en bouquet de dolores y de desdichas… Repentinamente, en el silencio estalló un trueno abismal. Elvira se incorporó, colgó su cofia del gotero que se erguía, raquítico y esplendoroso, y cruzó los brazos.

–Shhhh… –hizo, componiendo un botoncito reseco con sus labios, a la vez que observaba la almohada fijamente, como si hubiera alguien allí–. Shhh… –y subió una rodilla y luego la otra y se echó de lado y quedó acostada boca arriba.

En la parte superior de su frente, una marca colorada, una línea finísima pero ineludible, se revelaba como una especie de tiara torturante.

CINCO

El cielo raso era blanco como las paredes blancas. En cuatro sitios, cuatro lámparas empotradas (dos de ellas, encendidas) marcaban los vértices de una sub–habitación inexistente que contenía en su centro, únicamente la cama.

Elvira distendió los brazos y separó las piernas. De un instante a otro, juntaría sus párpados y volvería a repetir las instancias de aquél método que, lo mismo que el desvelado acepta al contar ovejas, ella había aprendido a aceptar sin pudor ni remordimiento… Pero no todavía. Todavía esperaría un poco más. Un momento más, hasta que el eco de los recuerdos de su vida anterior al hospital ya no pudiera distinguirse en la inmensidad de la madrugada; otro poco hasta que la patética y entendible actitud de Fernanda fuera no más que otra existencia en el olvido; hasta que lo improbable de su hallazgo, de su certidumbre y de su deber, dejara de fastidiarla con cuestiones del sentido común. Entonces, lentamente, iría extendiendo los dedos de sus manos y distendiendo los dedos de sus pies. Lentamente, dilatando las aletas de su nariz y obligándose a respirar con la boca cerrada. Lentamente, reconciliándose con la idea de que no había nada de malo en permitirse el egoísmo y la indulgencia a esa altura de su vida; y entonces cerraría, una vez más, los ojos.

SEIS

En esa oscuridad venal –que era una oscuridad imperfecta pero que aun así no dejaba de ser útil para el ejercicio de la imaginación–, Elvira volvió a sentirse moderada y capaz. Pronto fue relajándose, permitiendo que la urgencia de sus responsabilidades se hiciera carne en su alma. Pronto estuvo lista; y las imágenes en su mente comenzaron a sucederse.

Primero imaginó cada porción de su pie derecho y de su pie izquierdo. Imaginó cada dedo con cada uña, y los contempló en su versión saludable y lozana y también, dueños de las más sórdidas encarnaciones, de encendidos cardenales de pie de atleta, de dolorosos y afilados juanetes y de callos, durezas y verrugas. De ellos, pasó a las piernas –superando arcos caídos y tobillos esguinzados– y contempló, en un catálogo imperfecto, el sinnúmero de escamosos eczemas y nervosas várices –algunas superficiales, algunas enfundadas en la piel como ramitas raquíticas–, de tibias fracturadas, de infecciones internas, de rodillas sin calcio o sin cartílago o sin ambos, y percibió una vez más, también ella, esa pesadez y esos calambres y hormigueos que admite el hombre común. Pero no se detuvo entonces. Rápidamente, su imaginación ascendió por los muslos y apenas si reparó en las punzadas musculares y las caderas distendidas o sufrientes de bursitis u osteoporosis, y se concentró en la zona genital y en la ajena varicocele y la hidrocele importuna y en la orquitis, y también en el pesado y categórico cáncer que, ya de testículos, ya de útero, igualaba a todos e incluía a todos… Elvira inspiró y soltó el aire por la nariz. Tener cáncer es vivir continuamente el terror de un avión cayendo en picada. Eso le había dicho una paciente décadas atrás; y en su momento, ella lo había interpretado como una elaboración ingeniosa. Sin embargo, por último había entendido que su tarea no debía incluir hechos ni realidades específicas. Y es que en lo referente a la tres veintiuno; no importaba la personalización del sufrimiento. Lo que importaba, realmente, era su acumulación, su destino: cosas que nada tenían que ver con una mujer y que todo tenían que ver con la mujer, con todas las mujeres –y los hombres– que habían entrado en el hospital y que habían entregado sus cuerpos a camas similares, aunque ninguna equiparable… Así, a lo anterior, volviendo a concentrarse, Elvira siguió enumerando infecciones urinarias y úlceras, prolapsos y cervicitis, pólipos y quistes ováricos. Así, continuó el recorrido siempre predecible y siempre creciente y fue agotando todas las dolencias y los cuadros clínicos en órganos inferiores, en los aparatos digestivo y respiratorio, en el rojo y metálico torrente de la eterna sangre y en el sistema nervioso.

La operación le demoró cerca de media hora.

SIETE

El frío en la habitación se había intensificado. De haber abierto los ojos, Elvira habría visto unas esporádicas bocanadas de vapor germinando desde sus labios resecos. Ahora, se reconocía acomodada sobre un costado, no en posición fetal, pero tampoco completamente extendida. Las palmas de sus manos reposaban abarcadoras, una sobre la almohada, la otra más abajo; y sus piernas, separadas, formaban un cono cuyo base sería el barral del pie de cama y cuyo vértice, su ombligo.

De pronto, como si fuera a despertar, volvió a inspirar larguísimamente y quedó paralizada en el pico más alto de aquél trance. Si alguien la hubiese visto (y en algún punto Elvira creía que alguien la estaba mirando), habría obtenido la impresión de que ella se encontraba tirando de sí misma, desde el interior de sí misma, con la fuerza de su alma y no la de sus músculos… pero aun así, yaciente e inmóvil, en esa posición tan inexplicable.

Progresivamente, un repiqueteo apagado se dejó oír detrás de la oscuridad. A los pocos minutos, Elvira dormía.

OCHO

La lluvia caía con ferocidad contra la ventana. Iba encalando los paños de vidrio con pústulas blancas y copiosas. El estruendo de la tormenta indicaba, además, el granizo; aunque desde su posición Elvira no podía estar segura. Tras unos instantes, volvió a ubicarse boca arriba. Brazos y piernas leventemente separadas. Pasó la lengua sobre los labios e intentó tragar saliva. Estaba exhausta y muerta de hambre… Pero todavía debía dedicar unos momentos más a su tarea.

–Shhh… –hizo igual que antes, acariciando la cama como si fuera el lomo de una mascota–. Shh… shh… –e intentó recordar la instancia de su descubrimiento.

El hallazgo había sucedido una tarde de verano de calor horrendo. Alguien la había mandado a repasar la ocupación para recibir tres nuevos pacientes y, apostada frente a las planillas, lo había comprendido: haciendo un simple aunque minucioso cruce entre altas y bajas, recepciones y ubicaciones, se podía saber con precisión, quiénes y cuántos habrían muerto en cuántas y cuáles camas del hospital…

Así se había dado todo, imprevista y súbitamente. Y fue esa misma noche también que, aterrada y atormentada por la falta en sí misma y por sus potenciales consecuencias, antes de salir había escondido las planillas en su cartera y las llevó a su casa.

Con esfuerzo, recuperando poco a poco el uso de sus extremidades, Elvira hundió los codos en la cama, encogiendo lo brazos, y se arrastró hacia atrás. Quedó sentada con la cola casi sobre la cabecera. Su cuerpo, que hasta ese momento había oficiado de una suerte de dique que contenía las miserias (todas despiadadas aunque ninguna mortal) que aquél lecho acumulara año tras año, volvía a ser de ella, tan afectado y tan sano. Una lágrima se escurrió sobre su mejilla. Al fin y al cabo, nunca había conseguido perder cierta esperanza complaciente; y quizás, al mismo tiempo que ella le entregaba lo mejor de sí a la cama, ésta le devolvía la fortuna de la salud. No lo sabía. Sólo sabía que aquella lejana noche de verano, aislada en su cocina frente a las planillas repletas de números y fechas y apellidos condenados, había hallado algo que la sentenciaba tan inexplicable como ineludiblemente. Porque su hallazgo imprevisto de la tres veintiuno, la única cama en los nueve pisos de ese helado hospital, la última restante en la que nunca, nadie, de ninguna manera había muerto jamás, la había enfrentado a la certidumbre de actuar. Pues tal debía ser el deber de cualquiera que poseyese aquel conocimiento; y lo mismo tenía que ser su deber…

–El hallazgo, la certidumbre y el deber… –susurró, mirando hacia la ventana y hacia la claridad naciente.

Hallazgo, certidumbre y deber. Los tres conceptos la habían atravesado sin dejar espacio –ni piel ni corazón– para la duda. Y desde entonces, a través de otoños y otoños, y más allá de miles de enfermos y cientos de ataques y emergencias, ella había evitado la muerte sobre aquel lecho y había custodiado, no tanto el ingreso al infierno que esa cama extraordinaria significaba; sino más bien, la emergencia de ese infierno hacia el exterior.

NUEVE

Elvira giró hacia un lado y sus piernas quedaron colgando. Por supuesto, le preocupaba qué sería de aquél mueble y de aquél colchón cuando ella ya no estuviera. Pero más le preocupaba el día a día. Miró hacia la puerta. Por debajo, ya no refulgía la grieta de luz artificial proveniente del pasillo, que se formaba con la noche. Elvira refregó las yemas de sus dedos sobre sus párpados. No: no había tiempo para ese orden de preocupaciones. Su deber exigía labores más inmediatas. Por ejemplo, ahora debía salir, regresar a la recepción y despedir a Fernanda. Luego dejaría clarísimas órdenes de no ocupar habitación alguna sin su consentimiento, y se iría a descansar. Más luego, una cena rápida, un programa en la televisión, un sueño intermitente…

Elvira se puso de pie, se calzó y abrió la puerta. Antes de salir, dedicó una última mirada compasiva a las tres veintiuno.

–Shhh…. –hizo mientras cerraba–. Shhh… –repitió, resignada y conforme con su destino y su deber.

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