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Archive for the ‘Cuentos’ Category

Estas letras son viento

In Cuentos on 30 marzo, 2015 at 10:59

Otra vez, anoche no pude dormir bien. Es un lugar común, pero un lugar usual, ése en el que la oscuridad predomina y provoca los temores y las angustias… Pero ayer a la noche, esa oscuridad –y el silencio de la oscuridad y el bochorno de la oscuridad- provocó, de nuevo, los temores y las angustias y las desesperanzas que, por lo visto, se fueron acostumbrado a vivir en mí (o de mí).

Fue así:

De otro lado de la reja (yo, un perro confundido, ladrando mecánicamente: la encarnación rabiosa del miedo) se fueron agolpando, con el paso de las horas, los pequeños maleducados. El espástico Niño Academia; el repugnante Niño Dinero; el soberbioso Niño Profesión; el distraído Niño Compromiso; el chueco Niño Editorial; el sumiso Niño Talento; el oloroso Niño Deber; el patotero Niño Ignorancia… etc. etc; y, por turnos, fueron aproximándose a mí –lo suficientemente cerca para que pudiera verlos en detalles, sentirlos, casi tocarlos- y realizaban sus muecas y sus burlas y me increpaban, en lo evidente y despiadado de sus acusaciones, el mismo hecho de seguir vivo…

Es decir que, otra vez, anoche, todo fue aterrador. Doloroso. Cierto. Inevitable.

Hoy, sin embargo, desperté menos desmontado de lo que esperaba. Desesperanzado, sí; pero menos deshecho de lo que hubiera supuesto. Sé que no debo confundir esta sensación con un rasgo de buenaventura ni nada por el estilo. Es simplemente la claridad del sol que ahuyenta, a medias, a los niños esos que prefieren las sombras. Pero también sé que no debo ignorarlo. Y es debido a esto que hoy escribo, de nuevo, acá.

Aunque… en realidad; no escribo igual que antes. Escribo más bien como una reacción a una noche de semi-insomnio que provocó mis miedos, que atormentó mi singularidad y que, por sobre todo, me expuso a una verdad específica, especialmente: NADIE lee esto.

Nadie (casi casi casi nadie) lee lo que escribo. Nadie. Y consecuentemente, no hay un punto en la preocupación de la confección de mi literatura. Da lo mismo lo qué escriba, cómo lo escriba, para quién (¡bah!) lo escriba. Da lo mismo, entonces, que escriba. Lo mismo.

Lo mismo da la composición de un cuento y el cuidado de los puntos de vista de sus personajes; lo mismo da su estructura, la economía de sus detalles, la puntuación, la semántica, la forma y el fondo y la mar en coche. Todo es nada. Pues nada se lee.

Nada se lee. Nada es leído. Estoy seguro que estas letras son viento.

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Arriesgarse siempre es perder. Algo

In Cuentos on 12 septiembre, 2014 at 13:22

Voy dejando cosas atrás. 

Me gustaría no sólo reconocer cuáles son esos temas recurrentes de la literatura (de la expresión estética, original, humana en general)… Me gustaría, además de reconocerlos, poder evadirlos consecuentemente, en busca de nuevas perspectivas sino desconocidas, aunque sea, inexploradas. Pero soy torpe y limitado; y me emocionan y me siguen emocionando las mismas sandeces, los mismos lugares comunes sobre los que ya se ha escrito mil y una vez antes y sobre los que se escribirá, de acá hasta el fin de las letras.

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Y en este sentido, mi diálogo con la tradición no discute; o si lo hace, lo hace calladamente, exhibiendo una sumisión y un respeto tan puro (y por eso mismo tan impuro) como el que sólo debiera profesarse (erradamente, claro) por un Dios o por una madre.

No estoy orgulloso. No me enorgullece escribir y volver a escribir con la intención repetida de hacer las mismas preguntas, de excavar los mismos miedos -que todos tiene, que todos hacen- sin éxito, o acaso con el magro y  sólo éxito de despertar unas inquietudes más o menos correctas.

Pero así me sale.

Mi única esperanza es que todo esto sea (tal que un rimero de ladrillos amarillos) parte de un recorrido necesario para llegar a las respuestas. Me arriesgo, me arriesgo.

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El tren se fue

 Deliciosamente. Así era la manera en que sentía los dedos del desconocido ése recorrerle los dedos de sus pies, presionarle justo sobre los comienzos de las fantasías que nunca le había contado a nadie, metérsele entre el cansancio del día y, además de limpiarlo, de alguna manera también llevárselo. Deliciosamente iba la mano derecha del flaco pasando por sobre su empeine y tanteando casi hasta llegar a la planta de su pie, en busca de la otra mano del mismo flaco, que lo sostenía –a su pie derecho- y la sostenía –a toda ella- desde debajo, como San Francisco debía haber sostenido los pies de algún santo algún día.

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Las mismas ideas, las mismas historias

In Cuentos on 26 agosto, 2014 at 12:58

Estar atrapado

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La idea no es original ni escasa: nos sentimos atrapados, no encontramos salidas, creemos estar confinados en lo más reducido de una existencia que -realmente- nos ignora. Y luego hay las aplicaciones prácticas (y fantásticas) de esta percepción: el grupo de comensales que no puede salir del comedor, la puerta ante la que no se anima avanzar F.K., la casa en la que durante veinte años Wakefield no puede volver a ingresar etc.

En este sentido, ni en la idea ni en su puesta en marcha estoy siendo original. Hay un hombre (el arquetipo de mi yo y de cualquier yo) rodeado de muchos hombres (los arquetipos de las personas que me rodean y entre las que me inmiscuyo y me conforman) hay un espacio finito (que es infinito y cotidiano) y una intención (llegar, salir, sobrevivir, etc.) En todo caso, me tranquiliza la certeza de que en la historia de la humanidad, todos repetimos los mismos suspiros. Desde el comienzo de los tiempos.

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El terco

La realidad es que él está atrapado. Intenta girar hacia un lateral, trata de desprenderse hacia el otro; pero consigue poca cosa. De frente, un granadero lo cierra con su espalda inflexible como trapecio; por atrás una pareja de adolescentes se besa a boca llena; en los costados, candidatos a algún puesto de jerarquía en empresa de primer nivel refuerzan su rigidez como si en eso fuera la posibilidad de un ascenso. Con los años, él ha madurado retacón y, en medio de ese grupo, es poco lo que logra ver más allá de puro hombros y cuellos.

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Todo es Infierno

In Cuentos on 12 agosto, 2014 at 13:46

Los héroes anónimos

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Decía Calvino que decía Marco Polo -que le decía al Gran Kan (en Las ciudades invisibles)- que el infierno de los vivos no es algo que será; que hay uno y que es aquel que existe ya aquí, que es el infierno que habitamos todos los días y que formamos estando juntos.

Yo coincido. De alguna manera, todo es infierno…

Pero al mismo tiempo, Calvino también decía que Marco Polo decía que existe la posibilidad de no sufrirlo completamente. Y aquí se nos ofrecían dos opciones.

La primera era (es) la más sencilla y la más frecuente: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más.

La segunda, es mucho más peligrosa y requiere atención y aprendizajes continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Me pregunto cuántos más y en cuántos otros contextos, como Elvira estarán salvándonos de este infierno.

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Cancerbera

UNO

–Neumonía. Va a la cincuenta y tres –sentenció Elvira, mirando a Fernanda a los ojos; y arrojó la planilla sobre la mesada de fórmica; y como una advertencia, el golpe resonó por los corredores desiertos a través de las camillas y contra las puertas cerradas que contenían el sufrimiento anónimo. En sus actitud había rigor e intransigencia; ella sabía, pera así era su temperamento. No se trataba de vana crueldad, sino más bien de una especie de pulsión irrevocable, propia de su naturaleza, que le indicaba la manera en que debía actuar, que le daba fuerzas para cumplir con sus deberes.

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A mano

In Cuentos, Hallazgos, Personales on 25 junio, 2014 at 10:29

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Escribir / No corregir

Aunque suene raro, debo admitir que hay algo particularmente seductor en el ejercicio de escribir a mano. Quizá se deba a lo recientemente extraordinario del hecho; quizá, a su carácter de inmediato inmutable. Particularmente, hoy lo disfruto por varios motivos, dos de los cuales: el hermoso bolígrafo de que me hice (inversión inaudita) en un viaje reciente; el más que hermoso anotador (Smythson) que recibí como obsequio de cumpleaños de mi gran amigo Juan.

También debo admitir que no los uso (ni el bolígrafo, ni el anotador), lo que se dice, recurrentemente. Por una parte cuido esa experiencia dosificándola en planeadas dosis de placer. (Lo mismo que vamos haciendo durar una novela que nos fascina; lo mismo que saboreamos lentamente los chocolates en Pascua.) Pero por otra parte es claro que lo hago consciente de mi impericia a la hora de escribir sin la posibilidad de la edición.

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Como sea, ayer o antes de ayer volví a usar el bolígrafo y volví a abrir el anotador y descubrí, entre un rimero de burradas y desparpajos puramente subjetivos, una especie de relato coherente. No sé cómo, no sé por qué (ya que es el único) tomé la decisión de escribir así con un bolígrafo o un anotador. Y no sé cómo ni porqué inmediatamente lo olvidé.

Hoy que todavía no lo recuerdo, desdoblo el misterio, y transcribo lo que estaba en papel. Paso de la admiración de mi cuaderno, a la confianza del ciberespacio.  A lo mejor, no sea una decisión afortunada. Pero de decisiones es de lo que se trata.

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Un Instante

Fue sólo un instante; que alcanzó para tomar la decisión más trascendental de su vida.

Un instante demoró ese hombre en abrir la puerta, impetuosamente, e ingresar en el bar. Mientras que él, desde su silla, en su lugar y en su rincón del bar, con el café con leche ya servido y algo bebido, demoró también un instante en observar al hombre que llegaba. 

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Vieja la juventud

In Cuentos, Personales on 14 mayo, 2014 at 11:57

Cómo pasa el tiempo

Los ejemplos, aunque extraordinarios en términos absolutos, son copiosos.

Luis XIV, el famoso “Roi Soleil”, asciende al trono de Francia y Navarra a los cinco años. En 1870 Rimbaud consigue editar su primer poema: tiene 15. (La misma edad contaba Picasso cuando su padre decide que La Primera Comunión es lo suficientemente buena como para exhibirse en público.) Yesterday, la canción más versionada en la historia de la música, se le ocurre en sueños a un incrédulo Paul McCartney unas semanas antes de cumplir 23. Un poco mayor era Einstein cuando concluyó en la ecuación más famosa en la historia de la ciencia y sentó las bases de la física moderna. Ernesto Guevara todavía no llega a los 29 cuando se embarca en el Granma y se lanza en dirección a cambiar la historia del mundo. Etc.

Arturito

Arturito

Sé qué que el pasado ya no existe y el futuro es sólo una vaga conjetura. Se que el tiempo no es más que la percepción que tenemos de él y que no debería preocuparme, realmente, su paso y utilización… Sobre todo, esa utilización ridículamente productivista que hacemos de él. Y sin embargo, el tiempo y su obra es un tema al que vuelvo frecuentemente.

Albertito

Albertito

¿Qué hicimos y qué hacemos de nuestros días? ¿Cómo contamos (enumeramos y narramos) nuestros años? ¿Cuándo debiéramos ser niños y cuándo adultos? ¿Hasta qué momento se extiende la creatividad? ¿Qué está bien y qué está mal? No sé. Hoy tengo 35 años y –no sin miedo y ansiosamente- escribo preguntándomelo. Escribo, en todo caso, con la ilusión de conjurar alguna respuesta.

Ernestito

Ernestito

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                                  Bajón

 –Dale, boludo, pasame la bolsa –dijo Martín dejándose caer sobre la silla, arrastrándola hacia atrás provocando un chirrido estridente sobre el piso de parqué y riendo con sorna– dale, andá mear, hacé lo que quieras, pero pasame la bolsa que me muero de hambre.

Mariano lo observó indeciso.

–Tomá, tomá –accedió finalmente, deslizando sobre la mesa la bolsa con las hamburguesas y las papas fritas en dirección a Martín–. Pero ¿podés bajar un toque el volumen, boludo? ¡Son las seis menos cuarto de la matina! Qué te parió, un poc… (¡PLAM!)

El portazo tapó las palabras de Mariano, que ya se había desabrochado el cinturón y ahora se desabotonaba el jean enfilando hacia el baño. Durante unos breves segundos el silencio que siguió al estruendo endureció las expresiones de todos; y todos dirigieron una mirada réproba hacia la puerta de entrada. Allí había quedado Darío, petrificado, consciente de que, de alguna manera, había cruzado un límite. Esperaba, rendido, el desenlace de la situación o el veredicto del dueño de casa. Encogió los hombros y acercó el mentón al pecho.

 

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El hombre invisible

In Cuentos on 29 abril, 2014 at 11:35

Terapia Literaria

No era mi intención (calculo que sigue no siéndola) centrar mis esfuerzos o mi interés en temas relacionados con la Psicología. Sin embargo, en los últimos meses sucedió que el universo de la inspección de la personalidad empezó a rodearme. O quizá, deba decir que yo empecé a inmiscuirme en él, no lo sé. Como sea, el hecho concreto es que, gracias a mi novia (Lic. en Psicología; actualmente cursando su maestría en Psicoanálisis) tuve un acercamiento a textos, temas, conferencias e incluso clases acerca del tema. Y fue justamente en unas de esas clases que la idea de este texto comenzó a inquietarme.

S. Freud: de jovencito.

S. Freud: de jovencito.

Ahora bien, más allá del texto literario por un lado, y en lo que respecta a este posteo específico por el otro, me encuentro en la disyuntiva que enfrenta al bloguero con el escritor. Entiéndase: primero pienso en explicar las circunstancias a que refiere el relato (bloguero); y segundo considero que eso confrontaría con el efecto dramático de la composición.

Entonces, decido limitarme a los temas amplios sobre los que aquella clase me instó a reflexionar: la privacidad; la niñez; el reconocimiento; el anonimato; el análisis; la fama; los veredictos inapelables.

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El nacimiento del hombre invisible

Ahora, anciano, de alguna manera podría admitir que aquello es cierto: todo, o casi todo, se lo debo a mi padre. Miro mis manos que son viejas pero que adolecen de la firmeza del trabajo duro, y no me costaría mucho relacionar cada acontecimiento de mi vida con la gravitación de la vida de él. Mi madre, que fue lo admirablemente ingenua como para darse a la ciencia en cuerpo y alma, aparece a mi lado tal que la sombra de un sueño. Si de alguna manera obró sobre mí, siempre lo hizo a través del rayo de mi padre. Fue ese rayo que nacía de sus ojos tremendamente vieneses y atravesaba los gruesos vidrios de sus lentes, que hablaba en silencio y que hablaba con ensalzados términos, el que me formó. El mismo rayo que solía despertarme por la mañana, que me ataba a la poltrona de la sala de estar, que me obligaba a partir a Gmunden a pesar de todo. Ese rayo familiar, que a veces menguaba en intensidad y era, simplemente, como un tibio halo de cariño y reparación… Sí, mi padre fue un hombre extraordinario, podría declarar.

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Escritura que rebota

In Cuentos, Personales on 27 marzo, 2014 at 12:14
Elenco de "Juan Moreira" Cia. de los Hnos. Podestá (c. 1890).

Elenco de “Juan Moreira” Cia. de los Hnos. Podestá (c. 1890).

Él último acto

Entre las numerosas ventajas que se desprenden de convivir con la literatura como primera actividad, la más “productiva”, diríamos, es la de la escritura como reacción. Así, sucede (ahora me sucede) que voy mirando la tele y pasa algo; que preparo la comida y huelo algo; que lijo una mesa y recuerdo algo; que leo un libro y descubro… algo que me insta a la escritura. Entonces, ahora (no como antes) miro hacia un costado y ahí veo a mi compu (esta compu), siempre con el Word expectante y puedo salir (y puedo y lo hago) corriendo (ok, es una exageración pensar que efectivamente corro) hacia ella y empiezo a escribir.

Específicamente, en este caso el enlace de acontecimientos a que me refiero se dio en relación con un libro que desconocía (Memorias de un hombre de teatro) de un autor que nunca había leído (Enrique García Velloso, hombre fundacional del teatro y cine argentino).

Enrique García Velloso

Enrique García Velloso

Es fenomenal –y de alguna manera cósmicamente esperanzador- cuando pasa que nos encontramos frente a algo –un libro, un texto, una idea- tan inesperado como fantástico. Y este fue el caso.

Mastiqué el librito saboreándolo con la fruición propia de esos placeres que -aunque sabemos iremos a repetir de allí en más en muchas oportunidades- sólo se experimenta con esa intensidad mesiánica en la primera vez. Fue fantástico.

Teatro Apolo, La Plata, Buenos Aires1885.

Teatro Apolo, La Plata, Buenos Aires1885.

Es mucho lo que podría decir al respecto de los valores, de la gente, del teatro, de los datos, de las sorpresa de ese librito que me mostró la Buenos Aires del cambio de siglo (XIX a XX) de una forma tan nítida y alegre como nunca antes había visto… pero ahora (en este posteo) no viene al caso.

Me limito simplemente a recomendarlo y a marcarlo, consecuentemente, como uno de esos “algos” que me instó a reaccionar y escribir.

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El último acto

La despedida de Don Adolfo Bedalvés había anticipado, en el imaginario de la compañía y del empresariado del Jovellano, tres funciones a sala llena. Sin embargo, en esta segunda y anteúltima gala, más de la mitad de las butacas estaban vacías. El teatro parecía un terreno sin gracia que por algún motivo hubiera sido primero invadido por una multitud desorientada y luego, lentamente se hubiese ido vaciando, dejando manchones de humanidad que sólo esperaban su turno para escapar. 

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Anacronismos, psicoanálisis y reacción

In Cuentos, Personales on 19 marzo, 2014 at 12:20

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Mi terapia del NO

Entre los muchos rasgos que distinguen la corta historia de los humanos, uno de los más importantes (tanto en su singularidad intrínseca a la luz de cada época; como en su relevancia cultural evolutiva) es el de la reiteración de ciertos anacronismos de tradición.

Así, por ejemplo, se ha buscado comprobar la posesión diabólica obligando al acusado a introducir un brazo en agua hirviendo -bajo el pretexto de que si no carecía de pecado, Dios protegería su piel-; o se ha buscado refrenar las afecciones nerviosas haciendo un agujero en la cabeza del sufriente, etc. Cosas que pasan…

Hoy, pienso en tres ejemplos de estas circunstancias que harán sonreír y avergonzarse a las gentes del futuro:

1)   Lavamos nuestros trastos y cuerpos; desechamos nuestras heces con agua potable.

2)   Intentamos curar nuestro cáncer (y muchas de nuestras enfermedades cualesquiera) con veneno.

3)   Hacemos terapia.

Por supuesto, reconocer (o suponer el reconocimiento de) este tipo de anacronismos, siendo contemporáneo a ellos puede, por un lado, ser un atrevimiento demasiado arriesgado; y no implica, por otro, la eximición ni de la culpa, ni de la práctica. Es decir, me ducho todos los días, tiro la cadena todos los días, lavo los platos cada tanto, consumo medicamentos cuando me enfermo y, sí, hago terapia.

Mi relación con la terapia –con el Psicoanálisis en general- es ambigua. Tuve una etapa extensa de análisis -alrededor de seis años- a mediados de los años 2000; luego algunos otros intentos breves; y ahora, hace seis meses, nuevamente. Cada vez recurro con las mismas dudas intrínsecas y el mismo sentimiento de estar haciendo algo que no está del todo “bien”, que será observado con sorna en el futuro. Pero sin embargo sigo recurriendo a ella.

Imagino que lo que sucede, lo que me sucede, es algo parecido a lo que me sucede con respecto a la democracia: por supuesto no es perfecta y –si nos ponemos quisquillosos- es decididamente execrable; pero es, también, lo menos peor que tenemos… Ergo, voy a terapia confiando que, dadas las circunstancias y el momento histórico en el que vivo, es lo mejor con lo que cuento.

Como sea, en medio de mis muchas dudas en relación con el psicoanálisis, hace unas semanas le encontré un rasgo –a la terapia- incuestionablemente positivo; y de eso trata este post.

Así, resulta que finalizando una sesión como cualquier otra, más o menos, mi terapeuta se incorporó en su sillón y, mientras se ponía de pie y alargaba un brazo extendiendo la mano para que depositara sobre ésta la ridícula cantidad de dinero de cada martes, postuló su –notoriamente, históricamente trillada- intervención de cierre: “Habría que ver qué rol cumple ese NO en tu vida; qué significa para vos…”. Y tras el primer escalofrío que me produjo (que siempre me producen las frases hechas y cursis) decidí reaccionar escribiendo.

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Atrapado

–Lo que nos estamos proponiendo descubrir, verá… aquello sobre lo que estamos indagando, humildemente, podría decirse, es el verdadero significado del NO –explicó con naturalidad el caballero más próximo a mi izquierda. Y, flequillo engominado y chaleco de raso, sentado en un taburete tapizado en cuero exhibiendo una postura señorial muy siglo XIX, con una pierna cruzada sobre la otra y la mano derecha posando, enguantada, en el regazo, me invitó inclinando la cabeza a tomar asiento entre los demás.

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Los recuerdos de la convalecencia

In Cuentos, Personales on 13 marzo, 2014 at 15:59

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Tante Ressie

En 2009 me operaron de la nariz. Más específicamente y para evadir el riesgo de una declaración vanidosa y banal, diré que se trató de una operación de carácter médico y cuya decisión me tomó algún tiempo procesar. (Resulta que sufría de un crecimiento excesivo de cierto pólipos -sobre todo en el seno derecho- y cada vez se me dificultaba más, por un lado oler; y por el otro, pasar dos o tres días sin sufrir una congestión desesperante.) Como sea, una tarde de abril, creo, me interné y me operaron.

Recuero que cuando apenas desperté de la anestesia había dos sensaciones sobresalientes. Primero, me apremiaba la necesidad suprema de agradecer a los médicos el haber sobrevivido; y luego, moría de frío. No sentía en ese momento nada de lo que más tarde iría a convertirse en lo único en mi mente durante esa primera noche de insomnio. Sólo estaba contento de que la operación hubiera terminado… bien.

Más o menos inmediatamente me llevaron a una piecita en donde estaba mi madre y al rato me quedé dormido. Esa noche, mi novia permaneció en la habitación junto a mí. Por momentos, ella me tomaba de la mano, y por momentos dormitaba en un sillón seguramente incómodo.

Yo, por mi parte, tampoco pude descansar. Tenía dos rollos de algodón -hirvientes, ensangrentados- metidos en la nariz, y con cada respiración mi cabeza entera se inflaba como un globo. Sin embargo debo a esa noche en vela -boca arriba en una cama de hospital, en esa penumbra imperfecta de cualquier habitación de Capital-, uno de mis textos que más quiero.

Repitiendo la escena que tantas veces se ha repetido y tantas veces se irá a repetir, como alguna vez le pasó a W.H. Hudson, yo, recién operado y campeón de los olvidos, me pasé aquella noche evocando esa parte de mi infancia que se asocia, intensa y exclusivamente, con mi Tante Teresa.

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Ressie

Cada cosa cambia para adaptarse a alguna otra cosa, que a su vez habrá cambiado antes respondiendo a esta misma circunstancia. Hace algunos años, las hojas para impresión no se habían visto –aún– en la necesidad de adecuarse a las modernas y compactas impresoras de hoy en día. Por lo tanto, no se parecían en mucho (con excepción de la funcionalidad) a las actuales.

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Últimas palabras…

In Cuentos on 5 marzo, 2014 at 11:23

Aquello que decimos, copiosamente, día a día, como nuestras últimas palabras puede resultar vano, y sin embargo jamás deja de definirnos frente a los demás.

A veces, esperamos que las últimas palabras sean dignas de la epifanía; otras veces esperamos que las últimas palabras no hayan sido realmente determinantes. Nada está bien y nada está mal.

Hay, lo sé, unas cuantas palabras que diré por última vez. Hoy no puedo imaginármelas… sólo sé que mi última última palabra se mantiene, por ahora, inalterable.

En este cuento refiero a diferentes variables de las últimas palabras, que, como todos estamos dispuestos a aceptar, siempre tienen más peso salidas de la boca de una mujer.

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La última palabra

Fernanda se asomó al pasillo, inclinando su cuerpecito hacia la izquierda, tomándose del marco de la cancel con sus manitos pecosas, y arrugó la frente en un gesto esforzado, imitando a su padre. Observó a lo lejos, a lo largo de la galería, cuya luz iba disipándose hasta llegar al cuarto del fondo. La puerta estaba abierta por la mitad, y las cortinitas blancas de crochet parecían dos pedazos de dientes flotando en la penumbra. Fernanda llevó su lengua al espacio vacío que había dejado una de sus propios dientes, regocijándose en la tibieza y la suavidad de esa encía que ya no le molestaba…

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Haciendo Patria

In Cuentos, Hallazgos on 17 febrero, 2014 at 12:51
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Entre otros, el Archivo General de la Nación reúne una copiosa cantidad de crónicas, libros y textos referidos a la, como suele decirse, hechura de la patria. Próceres, caudillos, soldados de la partida y gauchos de frontera se amontonan en miles de páginas extraídas de novelas y memorias, diarios personales y periódicos de esa época en que los límites de la nación latían encogiéndose y agrandándose al ritmo de los últimos alientos aborígenes. Hay textos más y menos ilustres; más teñidos de perspicacias ideológicas, y menos alejados de la sincera y llana descripción de esos primeros paisanos sujetos con alma y vida al campo y al sol.  De entre esos textos, quizá, no exista ninguno más curioso y estimulante que este que transcribo aquí.

            Poco es lo que puedo referir respecto de su autor, o de su lugar y período de composición. Lo encontré, suelto y escrito en caligrafía apretadísima, dentro de una primera edición de los “Cielitos…” de Bartolomé Hidalgo; aunque arriesgaría que es anterior a la época del montevideano. No estaba titulado, ni firmado; no tenía marcas de procedencia; no indicaba si se trataba de un artículo periodístico o de la invención inesperada de algún poeta del siglo XIX. El único atributo que me permití, fue inventarle un título.

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¡Viva la patria!

Don Ramón Rejuira desmontó con la gracia propia del jinete avezado. Tomó su daga con la diestra y espantó al overo con la siniestra. Quedó frente a ese invasor, cuya figura se agrandaba como en una sucesión de latidos de todo su cuerpo, casi imperceptibles, pero espantosos

–¡Oiga! –exclamó–. ¡Gringo! Ya le han cantado su hora… ¡Qué dice!

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Partiendo de lo que no conozco

In Cuentos on 12 febrero, 2014 at 10:02

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Escribo así, a veces

Es verdad, cuando me pongo a pensar en esto, que suelo volver a cierto esquema temático más o menos identificable una y otra vez. De tanto en tanto, escribo arrancando desde una premisa que no prevé su conclusión, pero que refiere a un suceso casi inverosímil a cuya reacción no tengo respuestas.

Pasa algo inaudito que me sorprende y que sorprende al protagonista del relato; y a partir de entonces, observo (asombrado a veces; aburrido otras) cómo se desdobla la acción.

Así, un hombre es amenazado a terminar un trabajo cuya naturaleza desentiende; otro joven cualquiera observa cómo una mujer desconocida se sienta frente a él en un bar y lo trata con una confianza de años; o, como ahora, alguien recibe una nota bajo la puerta de su departamento con un reclamo inusual.

Finalmente y para cerrar un círculo, ahora yo les ofrezco un texto, de mi autoría, y los insto a leerlo.

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¡Silencio!

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Una persona, un hombre, recibe un sobre bajo la puerta. En el sobre hay dinero; y una nota. La nota, pide, amablemente (y al mismo tiempo conlleva cierto tono de amenaza), que durante lo que reste de esa jornada y hasta la mañana siguiente, el o los ocupantes de ese departamento procuren hacer –y sólo en caso de una necesidad apremiante, “tal siquiera eso”– el menor ruido posible. La solicitud está firmada El vecino del 5to. D.

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