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Archive for the ‘Ensayos’ Category

Jugar por jugar

In Ensayos, Hallazgos on 10 abril, 2014 at 17:51

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Tomás Felipe “el Trinche” Carlovich

Me gusta el fútbol. Me gusta, sobre todo, jugarlo.

Hay algo en el fútbol, en el acto del fútbol, que más allá de lo físico, propone, también y sin dudas, un componente intelectual; algo emotivo intelectual, reactivo intelectual. Y me gusta, me encanta, ese lugar al que me lleva el fútbol. Un lugar en el que tengo que pensar rápidamente y correr rápidamente y arriesgarme rápidamente, todo con el objetivo de que una esfera de cuero se mueva, más o menos, de la manera y en la dirección más bella posible. Hay arte en el fútbol, hay verdad en el fútbol… Y eso me encanta.

Me gusta el fútbol… Pero ojo, me gusta sin la pasión de la tribuna ni la remera puesta (eso ya pasó). Me gusta mucho más carnalmente, mucho más humanamente, mucho más espiritualmente. Me gusta desde el cansancio de los músculos agotados y la picazón de los dientes y los pulmones que se recuperan y la gloria epifánica de un amague y una salida limpia hacia la izquierda. Así me gusta; por eso me gusta. Y será por eso, a lo mejor, que me emocionó tanto la historia de Tomás Felipe “el Triche” Carlovich.

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Tengo que admitir que, hasta hace muy poco, no había escuchado nada respecto del Trinche. Nada de ningún jugador mítico que pudiera igualar a Maradona y a Messi y del cual (¡qué conveniencia!) no hubiera quedado un solo archivo de video. De hecho, de habérmelo presentado así, sin más, yo habría respondido quizá con alguna de las inflexiones usuales en las que se propone sardónicamente que en algún caserío del Chaco hay un pibe escribiendo “À la recherche…” del cual nunca oiremos, claro. Pero lo cierto es que el trinche existió; y –según parece- lo no menos cierto es que ese “un tal Carlovich”, como se refirió Maradona a él en su llegada a Newel’s en ’92, se trató de un futbolista como no se haya visto ninguno jamás.

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El talento cristiano. El talento borgiano. Mi pobre talento.

In Ensayos, Hallazgos, Personales on 25 marzo, 2014 at 13:11

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Mateo XXV, 30

El talento, según Wikipedia, puede referir a tres cosas; según la RAE, a cuatro. Desde el punto de vista de la primera, talento remite al potencial de una persona en relación con un conjunto de habilidades o competencias; a la habilidad efectiva para desarrollar ésas –u otras- competencias y a una nomenclatura monetaria de la antigüedad griega. Por su parte, la academia real nos enseña que el talento es la inteligencia (la capacidad de entender); la aptitud (la capacidad para el desempeño o ejercicio de x); la moneda pretérita (a la que suma, además, el gentilicio “romana”) o –salvedad festejada- la persona inteligente o apta para determinada ocupación (verbigracia: “¡Ese chico es un talento, don Gaitán!”).

Por supuesto, cualquiera de las acepciones que se emparejan con los adjetivos o con el epíteto se desprenden, sin duda, de la definición originaria en tanto y en cuanto el talento como unidad de medida monetaria. Resulta interesante mirar con más atención qué era, entonces, un talento durante todo el período alejandrino, más o menos, unos trescientos años del nacimiento de Jesús.

Veamos. El talento como unidad monetaria surge en Babilonia; y desde allí su uso se vuelve corriente en todo el mundo mediterráneo. En sí mismo, un talento no refería a una moneda específica, sino a un conjunto (en términos cuantitativos) de diverso material metálico con valor de cambio. En un comienzo, éste respondía a la equivalencia con 34 kg.; pero luego -y definiéndose, hoy, de esta segunda manera más ampliamente- se estableció su correspondencia con 6.000 dracmas; o 21,6 kg. de plata pura. La dimensión exacta de esta cantidad se desprende de la masa aproximada (de plata) necesaria para colmar una ánfora promedio en la Grecia clásica.

Athina449BC-Moneda Griega

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La primera fotografía de un hombre

In Ensayos on 11 febrero, 2014 at 16:10
Boulevard Du Temple. 1838

Boulevard Du Temple. 1838


La ausencia del más apto

La primera fotografía de un hombre fue tomada hacia finales de 1838 por Louis Daguerre. Particularmente, habría preferido que los laureles de tal hazaña se los llevara alguien menos presente en el imaginario de los triunfadores de lo humano; alguien que, alejado de los límites de aquello que alcanza la popularidad a fuerza de la reproducción, hubiera contribuido al desarrollo de la fotografía, sino tan profundamente, al menos sí de manera más discreta; pero no fue el caso. Ni Joseph Nicéphore Niépce, ni Robert Cornelius (quién alrededor de un año después lograría la no menos loable proeza del primer retrato fotográfico de la historia), incuestionables ancestros en la artesanía de capturar y congelar las escenas de la vida en movimiento, ni uno ni otro consiguieron adscribirse aquél galardón. Cosas que pasan…

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