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Archive for the ‘Hallazgos’ Category

A mano

In Cuentos, Hallazgos, Personales on 25 junio, 2014 at 10:29

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Escribir / No corregir

Aunque suene raro, debo admitir que hay algo particularmente seductor en el ejercicio de escribir a mano. Quizá se deba a lo recientemente extraordinario del hecho; quizá, a su carácter de inmediato inmutable. Particularmente, hoy lo disfruto por varios motivos, dos de los cuales: el hermoso bolígrafo de que me hice (inversión inaudita) en un viaje reciente; el más que hermoso anotador (Smythson) que recibí como obsequio de cumpleaños de mi gran amigo Juan.

También debo admitir que no los uso (ni el bolígrafo, ni el anotador), lo que se dice, recurrentemente. Por una parte cuido esa experiencia dosificándola en planeadas dosis de placer. (Lo mismo que vamos haciendo durar una novela que nos fascina; lo mismo que saboreamos lentamente los chocolates en Pascua.) Pero por otra parte es claro que lo hago consciente de mi impericia a la hora de escribir sin la posibilidad de la edición.

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Como sea, ayer o antes de ayer volví a usar el bolígrafo y volví a abrir el anotador y descubrí, entre un rimero de burradas y desparpajos puramente subjetivos, una especie de relato coherente. No sé cómo, no sé por qué (ya que es el único) tomé la decisión de escribir así con un bolígrafo o un anotador. Y no sé cómo ni porqué inmediatamente lo olvidé.

Hoy que todavía no lo recuerdo, desdoblo el misterio, y transcribo lo que estaba en papel. Paso de la admiración de mi cuaderno, a la confianza del ciberespacio.  A lo mejor, no sea una decisión afortunada. Pero de decisiones es de lo que se trata.

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Un Instante

Fue sólo un instante; que alcanzó para tomar la decisión más trascendental de su vida.

Un instante demoró ese hombre en abrir la puerta, impetuosamente, e ingresar en el bar. Mientras que él, desde su silla, en su lugar y en su rincón del bar, con el café con leche ya servido y algo bebido, demoró también un instante en observar al hombre que llegaba. 

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Jugar por jugar

In Ensayos, Hallazgos on 10 abril, 2014 at 17:51

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Tomás Felipe “el Trinche” Carlovich

Me gusta el fútbol. Me gusta, sobre todo, jugarlo.

Hay algo en el fútbol, en el acto del fútbol, que más allá de lo físico, propone, también y sin dudas, un componente intelectual; algo emotivo intelectual, reactivo intelectual. Y me gusta, me encanta, ese lugar al que me lleva el fútbol. Un lugar en el que tengo que pensar rápidamente y correr rápidamente y arriesgarme rápidamente, todo con el objetivo de que una esfera de cuero se mueva, más o menos, de la manera y en la dirección más bella posible. Hay arte en el fútbol, hay verdad en el fútbol… Y eso me encanta.

Me gusta el fútbol… Pero ojo, me gusta sin la pasión de la tribuna ni la remera puesta (eso ya pasó). Me gusta mucho más carnalmente, mucho más humanamente, mucho más espiritualmente. Me gusta desde el cansancio de los músculos agotados y la picazón de los dientes y los pulmones que se recuperan y la gloria epifánica de un amague y una salida limpia hacia la izquierda. Así me gusta; por eso me gusta. Y será por eso, a lo mejor, que me emocionó tanto la historia de Tomás Felipe “el Triche” Carlovich.

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Tengo que admitir que, hasta hace muy poco, no había escuchado nada respecto del Trinche. Nada de ningún jugador mítico que pudiera igualar a Maradona y a Messi y del cual (¡qué conveniencia!) no hubiera quedado un solo archivo de video. De hecho, de habérmelo presentado así, sin más, yo habría respondido quizá con alguna de las inflexiones usuales en las que se propone sardónicamente que en algún caserío del Chaco hay un pibe escribiendo “À la recherche…” del cual nunca oiremos, claro. Pero lo cierto es que el trinche existió; y –según parece- lo no menos cierto es que ese “un tal Carlovich”, como se refirió Maradona a él en su llegada a Newel’s en ’92, se trató de un futbolista como no se haya visto ninguno jamás.

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El talento cristiano. El talento borgiano. Mi pobre talento.

In Ensayos, Hallazgos, Personales on 25 marzo, 2014 at 13:11

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Mateo XXV, 30

El talento, según Wikipedia, puede referir a tres cosas; según la RAE, a cuatro. Desde el punto de vista de la primera, talento remite al potencial de una persona en relación con un conjunto de habilidades o competencias; a la habilidad efectiva para desarrollar ésas –u otras- competencias y a una nomenclatura monetaria de la antigüedad griega. Por su parte, la academia real nos enseña que el talento es la inteligencia (la capacidad de entender); la aptitud (la capacidad para el desempeño o ejercicio de x); la moneda pretérita (a la que suma, además, el gentilicio “romana”) o –salvedad festejada- la persona inteligente o apta para determinada ocupación (verbigracia: “¡Ese chico es un talento, don Gaitán!”).

Por supuesto, cualquiera de las acepciones que se emparejan con los adjetivos o con el epíteto se desprenden, sin duda, de la definición originaria en tanto y en cuanto el talento como unidad de medida monetaria. Resulta interesante mirar con más atención qué era, entonces, un talento durante todo el período alejandrino, más o menos, unos trescientos años del nacimiento de Jesús.

Veamos. El talento como unidad monetaria surge en Babilonia; y desde allí su uso se vuelve corriente en todo el mundo mediterráneo. En sí mismo, un talento no refería a una moneda específica, sino a un conjunto (en términos cuantitativos) de diverso material metálico con valor de cambio. En un comienzo, éste respondía a la equivalencia con 34 kg.; pero luego -y definiéndose, hoy, de esta segunda manera más ampliamente- se estableció su correspondencia con 6.000 dracmas; o 21,6 kg. de plata pura. La dimensión exacta de esta cantidad se desprende de la masa aproximada (de plata) necesaria para colmar una ánfora promedio en la Grecia clásica.

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Tomi Ungerer

In Hallazgos on 24 febrero, 2014 at 15:56

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Tomi, su caballo de Troya y nunca es demasiado lejos

A su llegada a Nueva York, en 1956, Tomi Ungerer contaba sesenta dólares en el bolsillo, algunas hojas en blanco, otras ya ilustradas y unos lápices. No queda claro dónde se instaló inmediatamente. Se sabe, porque así lo cuenta él, que a los pocos días pasó su mañana frente a un puesto de diarios, ojeando y tomando nota de las revistas en las cuales le habría gustado trabajar. Más tarde, se sentó en una cabina telefónica y pidió a la telefonista que lo comunicara directamente con el director de unas de esas revistas; y, tan sencillamente como eso, tan sencillamente como podían darse las cosas hace medio siglo, concordó una entrevista para mostrar su trabajo unos días después.

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Haciendo Patria

In Cuentos, Hallazgos on 17 febrero, 2014 at 12:51
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Entre otros, el Archivo General de la Nación reúne una copiosa cantidad de crónicas, libros y textos referidos a la, como suele decirse, hechura de la patria. Próceres, caudillos, soldados de la partida y gauchos de frontera se amontonan en miles de páginas extraídas de novelas y memorias, diarios personales y periódicos de esa época en que los límites de la nación latían encogiéndose y agrandándose al ritmo de los últimos alientos aborígenes. Hay textos más y menos ilustres; más teñidos de perspicacias ideológicas, y menos alejados de la sincera y llana descripción de esos primeros paisanos sujetos con alma y vida al campo y al sol.  De entre esos textos, quizá, no exista ninguno más curioso y estimulante que este que transcribo aquí.

            Poco es lo que puedo referir respecto de su autor, o de su lugar y período de composición. Lo encontré, suelto y escrito en caligrafía apretadísima, dentro de una primera edición de los “Cielitos…” de Bartolomé Hidalgo; aunque arriesgaría que es anterior a la época del montevideano. No estaba titulado, ni firmado; no tenía marcas de procedencia; no indicaba si se trataba de un artículo periodístico o de la invención inesperada de algún poeta del siglo XIX. El único atributo que me permití, fue inventarle un título.

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¡Viva la patria!

Don Ramón Rejuira desmontó con la gracia propia del jinete avezado. Tomó su daga con la diestra y espantó al overo con la siniestra. Quedó frente a ese invasor, cuya figura se agrandaba como en una sucesión de latidos de todo su cuerpo, casi imperceptibles, pero espantosos

–¡Oiga! –exclamó–. ¡Gringo! Ya le han cantado su hora… ¡Qué dice!

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