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Archive for the ‘Personales’ Category

El hombre es una esperanza lentamente perdida

In Personales on 2 julio, 2014 at 10:25

El insoportable

De la grandísima cantidad de situaciones y contingencias complejas a las que, con el correr del tiempo y la salvedad de mi oficio, he ido acostumbrándome, la única que todavía vivo con gran zozobra –y a veces hasta con desesperación– es la del encuentro casual con S.

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Porque si al menos la entrevista con él ha sido planeada, en tal caso cuento con algo de ventaja, con un período –no importa cuán breve– en el que el anticipo me permite la estrategia y la disposición de ánimo para soportarlo. Pero si sucede que estoy aburrido esperando el Mitre, y desde el final del anden veo avanzar hacia mí esa cabeza flequilluda, en cadencia bamboleante, coronando el típico andar soso y desabrido de todo su cuerpo (cuerpo que, digamos, a una inclinación tan torpe como la de S. no hace menos que quedarle grande), y entonces ya concluyo que el encuentro será inevitable y que de un instante a otro lo veré llegar –a él con su ímpetu cansino– y lanzarme esa sonrisa que ninguno de los dos deseamos, y comprendo también que irá a sentarse a mi lado con la convicción de que me está tomando de sorpresa y que ya no habrá nada por hacer más que resignarse… en esas circunstancias, lo admito, su encuentro es, sí, desesperante. Pero no menos cierto sería admitir que la resignación es mutua: S. debe actuar como actúa y yo debo permitirle hacerlo: así son las cosas.

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Aunque con esto no quiero sugerir que S. actúa con malas intenciones. Estoy seguro –o casi– que él desconoce su carácter, lo que lo demás perciben de su carácter y de su modo de ser.

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A mano

In Cuentos, Hallazgos, Personales on 25 junio, 2014 at 10:29

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Escribir / No corregir

Aunque suene raro, debo admitir que hay algo particularmente seductor en el ejercicio de escribir a mano. Quizá se deba a lo recientemente extraordinario del hecho; quizá, a su carácter de inmediato inmutable. Particularmente, hoy lo disfruto por varios motivos, dos de los cuales: el hermoso bolígrafo de que me hice (inversión inaudita) en un viaje reciente; el más que hermoso anotador (Smythson) que recibí como obsequio de cumpleaños de mi gran amigo Juan.

También debo admitir que no los uso (ni el bolígrafo, ni el anotador), lo que se dice, recurrentemente. Por una parte cuido esa experiencia dosificándola en planeadas dosis de placer. (Lo mismo que vamos haciendo durar una novela que nos fascina; lo mismo que saboreamos lentamente los chocolates en Pascua.) Pero por otra parte es claro que lo hago consciente de mi impericia a la hora de escribir sin la posibilidad de la edición.

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Como sea, ayer o antes de ayer volví a usar el bolígrafo y volví a abrir el anotador y descubrí, entre un rimero de burradas y desparpajos puramente subjetivos, una especie de relato coherente. No sé cómo, no sé por qué (ya que es el único) tomé la decisión de escribir así con un bolígrafo o un anotador. Y no sé cómo ni porqué inmediatamente lo olvidé.

Hoy que todavía no lo recuerdo, desdoblo el misterio, y transcribo lo que estaba en papel. Paso de la admiración de mi cuaderno, a la confianza del ciberespacio.  A lo mejor, no sea una decisión afortunada. Pero de decisiones es de lo que se trata.

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Un Instante

Fue sólo un instante; que alcanzó para tomar la decisión más trascendental de su vida.

Un instante demoró ese hombre en abrir la puerta, impetuosamente, e ingresar en el bar. Mientras que él, desde su silla, en su lugar y en su rincón del bar, con el café con leche ya servido y algo bebido, demoró también un instante en observar al hombre que llegaba. 

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Vieja la juventud

In Cuentos, Personales on 14 mayo, 2014 at 11:57

Cómo pasa el tiempo

Los ejemplos, aunque extraordinarios en términos absolutos, son copiosos.

Luis XIV, el famoso “Roi Soleil”, asciende al trono de Francia y Navarra a los cinco años. En 1870 Rimbaud consigue editar su primer poema: tiene 15. (La misma edad contaba Picasso cuando su padre decide que La Primera Comunión es lo suficientemente buena como para exhibirse en público.) Yesterday, la canción más versionada en la historia de la música, se le ocurre en sueños a un incrédulo Paul McCartney unas semanas antes de cumplir 23. Un poco mayor era Einstein cuando concluyó en la ecuación más famosa en la historia de la ciencia y sentó las bases de la física moderna. Ernesto Guevara todavía no llega a los 29 cuando se embarca en el Granma y se lanza en dirección a cambiar la historia del mundo. Etc.

Arturito

Arturito

Sé qué que el pasado ya no existe y el futuro es sólo una vaga conjetura. Se que el tiempo no es más que la percepción que tenemos de él y que no debería preocuparme, realmente, su paso y utilización… Sobre todo, esa utilización ridículamente productivista que hacemos de él. Y sin embargo, el tiempo y su obra es un tema al que vuelvo frecuentemente.

Albertito

Albertito

¿Qué hicimos y qué hacemos de nuestros días? ¿Cómo contamos (enumeramos y narramos) nuestros años? ¿Cuándo debiéramos ser niños y cuándo adultos? ¿Hasta qué momento se extiende la creatividad? ¿Qué está bien y qué está mal? No sé. Hoy tengo 35 años y –no sin miedo y ansiosamente- escribo preguntándomelo. Escribo, en todo caso, con la ilusión de conjurar alguna respuesta.

Ernestito

Ernestito

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                                  Bajón

 –Dale, boludo, pasame la bolsa –dijo Martín dejándose caer sobre la silla, arrastrándola hacia atrás provocando un chirrido estridente sobre el piso de parqué y riendo con sorna– dale, andá mear, hacé lo que quieras, pero pasame la bolsa que me muero de hambre.

Mariano lo observó indeciso.

–Tomá, tomá –accedió finalmente, deslizando sobre la mesa la bolsa con las hamburguesas y las papas fritas en dirección a Martín–. Pero ¿podés bajar un toque el volumen, boludo? ¡Son las seis menos cuarto de la matina! Qué te parió, un poc… (¡PLAM!)

El portazo tapó las palabras de Mariano, que ya se había desabrochado el cinturón y ahora se desabotonaba el jean enfilando hacia el baño. Durante unos breves segundos el silencio que siguió al estruendo endureció las expresiones de todos; y todos dirigieron una mirada réproba hacia la puerta de entrada. Allí había quedado Darío, petrificado, consciente de que, de alguna manera, había cruzado un límite. Esperaba, rendido, el desenlace de la situación o el veredicto del dueño de casa. Encogió los hombros y acercó el mentón al pecho.

 

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Escritura que rebota

In Cuentos, Personales on 27 marzo, 2014 at 12:14
Elenco de "Juan Moreira" Cia. de los Hnos. Podestá (c. 1890).

Elenco de “Juan Moreira” Cia. de los Hnos. Podestá (c. 1890).

Él último acto

Entre las numerosas ventajas que se desprenden de convivir con la literatura como primera actividad, la más “productiva”, diríamos, es la de la escritura como reacción. Así, sucede (ahora me sucede) que voy mirando la tele y pasa algo; que preparo la comida y huelo algo; que lijo una mesa y recuerdo algo; que leo un libro y descubro… algo que me insta a la escritura. Entonces, ahora (no como antes) miro hacia un costado y ahí veo a mi compu (esta compu), siempre con el Word expectante y puedo salir (y puedo y lo hago) corriendo (ok, es una exageración pensar que efectivamente corro) hacia ella y empiezo a escribir.

Específicamente, en este caso el enlace de acontecimientos a que me refiero se dio en relación con un libro que desconocía (Memorias de un hombre de teatro) de un autor que nunca había leído (Enrique García Velloso, hombre fundacional del teatro y cine argentino).

Enrique García Velloso

Enrique García Velloso

Es fenomenal –y de alguna manera cósmicamente esperanzador- cuando pasa que nos encontramos frente a algo –un libro, un texto, una idea- tan inesperado como fantástico. Y este fue el caso.

Mastiqué el librito saboreándolo con la fruición propia de esos placeres que -aunque sabemos iremos a repetir de allí en más en muchas oportunidades- sólo se experimenta con esa intensidad mesiánica en la primera vez. Fue fantástico.

Teatro Apolo, La Plata, Buenos Aires1885.

Teatro Apolo, La Plata, Buenos Aires1885.

Es mucho lo que podría decir al respecto de los valores, de la gente, del teatro, de los datos, de las sorpresa de ese librito que me mostró la Buenos Aires del cambio de siglo (XIX a XX) de una forma tan nítida y alegre como nunca antes había visto… pero ahora (en este posteo) no viene al caso.

Me limito simplemente a recomendarlo y a marcarlo, consecuentemente, como uno de esos “algos” que me instó a reaccionar y escribir.

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El último acto

La despedida de Don Adolfo Bedalvés había anticipado, en el imaginario de la compañía y del empresariado del Jovellano, tres funciones a sala llena. Sin embargo, en esta segunda y anteúltima gala, más de la mitad de las butacas estaban vacías. El teatro parecía un terreno sin gracia que por algún motivo hubiera sido primero invadido por una multitud desorientada y luego, lentamente se hubiese ido vaciando, dejando manchones de humanidad que sólo esperaban su turno para escapar. 

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El talento cristiano. El talento borgiano. Mi pobre talento.

In Ensayos, Hallazgos, Personales on 25 marzo, 2014 at 13:11

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Mateo XXV, 30

El talento, según Wikipedia, puede referir a tres cosas; según la RAE, a cuatro. Desde el punto de vista de la primera, talento remite al potencial de una persona en relación con un conjunto de habilidades o competencias; a la habilidad efectiva para desarrollar ésas –u otras- competencias y a una nomenclatura monetaria de la antigüedad griega. Por su parte, la academia real nos enseña que el talento es la inteligencia (la capacidad de entender); la aptitud (la capacidad para el desempeño o ejercicio de x); la moneda pretérita (a la que suma, además, el gentilicio “romana”) o –salvedad festejada- la persona inteligente o apta para determinada ocupación (verbigracia: “¡Ese chico es un talento, don Gaitán!”).

Por supuesto, cualquiera de las acepciones que se emparejan con los adjetivos o con el epíteto se desprenden, sin duda, de la definición originaria en tanto y en cuanto el talento como unidad de medida monetaria. Resulta interesante mirar con más atención qué era, entonces, un talento durante todo el período alejandrino, más o menos, unos trescientos años del nacimiento de Jesús.

Veamos. El talento como unidad monetaria surge en Babilonia; y desde allí su uso se vuelve corriente en todo el mundo mediterráneo. En sí mismo, un talento no refería a una moneda específica, sino a un conjunto (en términos cuantitativos) de diverso material metálico con valor de cambio. En un comienzo, éste respondía a la equivalencia con 34 kg.; pero luego -y definiéndose, hoy, de esta segunda manera más ampliamente- se estableció su correspondencia con 6.000 dracmas; o 21,6 kg. de plata pura. La dimensión exacta de esta cantidad se desprende de la masa aproximada (de plata) necesaria para colmar una ánfora promedio en la Grecia clásica.

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Anacronismos, psicoanálisis y reacción

In Cuentos, Personales on 19 marzo, 2014 at 12:20

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Mi terapia del NO

Entre los muchos rasgos que distinguen la corta historia de los humanos, uno de los más importantes (tanto en su singularidad intrínseca a la luz de cada época; como en su relevancia cultural evolutiva) es el de la reiteración de ciertos anacronismos de tradición.

Así, por ejemplo, se ha buscado comprobar la posesión diabólica obligando al acusado a introducir un brazo en agua hirviendo -bajo el pretexto de que si no carecía de pecado, Dios protegería su piel-; o se ha buscado refrenar las afecciones nerviosas haciendo un agujero en la cabeza del sufriente, etc. Cosas que pasan…

Hoy, pienso en tres ejemplos de estas circunstancias que harán sonreír y avergonzarse a las gentes del futuro:

1)   Lavamos nuestros trastos y cuerpos; desechamos nuestras heces con agua potable.

2)   Intentamos curar nuestro cáncer (y muchas de nuestras enfermedades cualesquiera) con veneno.

3)   Hacemos terapia.

Por supuesto, reconocer (o suponer el reconocimiento de) este tipo de anacronismos, siendo contemporáneo a ellos puede, por un lado, ser un atrevimiento demasiado arriesgado; y no implica, por otro, la eximición ni de la culpa, ni de la práctica. Es decir, me ducho todos los días, tiro la cadena todos los días, lavo los platos cada tanto, consumo medicamentos cuando me enfermo y, sí, hago terapia.

Mi relación con la terapia –con el Psicoanálisis en general- es ambigua. Tuve una etapa extensa de análisis -alrededor de seis años- a mediados de los años 2000; luego algunos otros intentos breves; y ahora, hace seis meses, nuevamente. Cada vez recurro con las mismas dudas intrínsecas y el mismo sentimiento de estar haciendo algo que no está del todo “bien”, que será observado con sorna en el futuro. Pero sin embargo sigo recurriendo a ella.

Imagino que lo que sucede, lo que me sucede, es algo parecido a lo que me sucede con respecto a la democracia: por supuesto no es perfecta y –si nos ponemos quisquillosos- es decididamente execrable; pero es, también, lo menos peor que tenemos… Ergo, voy a terapia confiando que, dadas las circunstancias y el momento histórico en el que vivo, es lo mejor con lo que cuento.

Como sea, en medio de mis muchas dudas en relación con el psicoanálisis, hace unas semanas le encontré un rasgo –a la terapia- incuestionablemente positivo; y de eso trata este post.

Así, resulta que finalizando una sesión como cualquier otra, más o menos, mi terapeuta se incorporó en su sillón y, mientras se ponía de pie y alargaba un brazo extendiendo la mano para que depositara sobre ésta la ridícula cantidad de dinero de cada martes, postuló su –notoriamente, históricamente trillada- intervención de cierre: “Habría que ver qué rol cumple ese NO en tu vida; qué significa para vos…”. Y tras el primer escalofrío que me produjo (que siempre me producen las frases hechas y cursis) decidí reaccionar escribiendo.

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Atrapado

–Lo que nos estamos proponiendo descubrir, verá… aquello sobre lo que estamos indagando, humildemente, podría decirse, es el verdadero significado del NO –explicó con naturalidad el caballero más próximo a mi izquierda. Y, flequillo engominado y chaleco de raso, sentado en un taburete tapizado en cuero exhibiendo una postura señorial muy siglo XIX, con una pierna cruzada sobre la otra y la mano derecha posando, enguantada, en el regazo, me invitó inclinando la cabeza a tomar asiento entre los demás.

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Los recuerdos de la convalecencia

In Cuentos, Personales on 13 marzo, 2014 at 15:59

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Tante Ressie

En 2009 me operaron de la nariz. Más específicamente y para evadir el riesgo de una declaración vanidosa y banal, diré que se trató de una operación de carácter médico y cuya decisión me tomó algún tiempo procesar. (Resulta que sufría de un crecimiento excesivo de cierto pólipos -sobre todo en el seno derecho- y cada vez se me dificultaba más, por un lado oler; y por el otro, pasar dos o tres días sin sufrir una congestión desesperante.) Como sea, una tarde de abril, creo, me interné y me operaron.

Recuero que cuando apenas desperté de la anestesia había dos sensaciones sobresalientes. Primero, me apremiaba la necesidad suprema de agradecer a los médicos el haber sobrevivido; y luego, moría de frío. No sentía en ese momento nada de lo que más tarde iría a convertirse en lo único en mi mente durante esa primera noche de insomnio. Sólo estaba contento de que la operación hubiera terminado… bien.

Más o menos inmediatamente me llevaron a una piecita en donde estaba mi madre y al rato me quedé dormido. Esa noche, mi novia permaneció en la habitación junto a mí. Por momentos, ella me tomaba de la mano, y por momentos dormitaba en un sillón seguramente incómodo.

Yo, por mi parte, tampoco pude descansar. Tenía dos rollos de algodón -hirvientes, ensangrentados- metidos en la nariz, y con cada respiración mi cabeza entera se inflaba como un globo. Sin embargo debo a esa noche en vela -boca arriba en una cama de hospital, en esa penumbra imperfecta de cualquier habitación de Capital-, uno de mis textos que más quiero.

Repitiendo la escena que tantas veces se ha repetido y tantas veces se irá a repetir, como alguna vez le pasó a W.H. Hudson, yo, recién operado y campeón de los olvidos, me pasé aquella noche evocando esa parte de mi infancia que se asocia, intensa y exclusivamente, con mi Tante Teresa.

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Ressie

Cada cosa cambia para adaptarse a alguna otra cosa, que a su vez habrá cambiado antes respondiendo a esta misma circunstancia. Hace algunos años, las hojas para impresión no se habían visto –aún– en la necesidad de adecuarse a las modernas y compactas impresoras de hoy en día. Por lo tanto, no se parecían en mucho (con excepción de la funcionalidad) a las actuales.

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Déjà vu, Guillermo Martínez, bloqueos y posibilidades

In Descategoría, Personales on 19 febrero, 2014 at 12:12

Un mes y medio sin déjà vus

Hace un mes y medio que -para no usar la patética expresión “patié el tablero”- diríamos, metí el bochazo y cambié de frente.

Hasta diciembre trabajaba en una agencia de publicidad (diez años, más o menos, en el rubro); y desde enero ya no. Ahora escribo… Escribo más que antes, en todo caso.

Como sea, en este mes y medio logré componer una rutina mañanera que, aunque no completamente nítida, empieza a consolidarse. Así, me levanto, enciendo la radio en la computadora, abro el procesador de texto, el navegador de Internet y luego, a mano, apunto una lista de objetivos a perseguir durante el día. A partir de entonces, de a ratos escribo, de a ratos leo, de a ratos me arrastro por el tedioso y necesario oficio de darle bola a las redes sociales…

En relación con esto último es que, por ejemplo, ahora existe este blog; o que también por ejemplo y de pronto, todas esas “herramientas” 2.0 empiezan a relacionarse entre ellas, como con vida propia, y uno va recibiendo alertas, mensajes, correos electrónicos y sugerencias. Así, hoy temprano llegué al blog de Guillermo Martínez.

La entrada más reciente enlazaba con un cuento publicado en Página12: Déjà vu, o los reinos de la posición horizontal. El cuento es breve y realmente admirable. Los temas, como el autor mismo explica y como yo arriesgo, son el contraste del frenesí en el acto sexual frente al letargo de la ancianidad senil; el principio cartesiano; las relaciones de familia; y, por supuesto, el Déjà vu.

Mientras lo leía, en la radio (@nadie951) comentaban el éxito editorial de Contarlo Todo, de Jeremías Gamboa. Es un libro que no leí, por lo que no puedo estar completamente seguro respecto de qué va en un sentido amplio; pero de acuerdo con los locutores, se trata de una novela de iniciación, fresca, literariamente “novedosa” cuyo tema es “romper el bloqueo”, dejar de hacer aquello que se hacía patética y tediosamente y animarse a… escribir. Qué sé yo.

La cosa, es que en ese momento en que empezaba mi día, inesperadamente se congregaban diferentes aspectos que me parecieron estar hablando de mí. Diríamos, el fin del bloqueo, un blog literario, un escritor incipiente / un escritor eximio, el dedicarse a escribir, mis propias ideas del déjà vu, mi literatura, pienso, o escribo, o babebo luego existo…

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Y entonces, sucede que entre otras ideas, siempre creí que el déjà vu era algo así como un volantazo del destino, un bochazo que, en un momento de lucidez cósmica, cambia de frente el rumbo que veníamos tomando en la vida. Algo así como un permiso celestial para frenar el devenir y retomarlo desde un punto determinado, pasado. Por supuesto, EL momento desde el que retomamos es un momento que vivimos por segunda vez. Superponemos un instante universal con el mismo instante universal y cambiamos la dirección de nuestras decisiones: es ese acto el que nos provoca la sensación de cosa ya vivida; puesto que efectivamente lo es.

Hoy, blogs, redes, desbloqueos, lecturas y literaturas de por medio, no recuerdo cuando fue la última vez que tuve un déjà vu; y eso me preocupa. De cierta manera, esperaba que el déjà vu viniese, que fuera una comprobación del cambio; pero ya va un mes y medio, y nada.

En el cuento de G. Martínez, al final, el protagonista comprende la realidad en la que vive, o transcurre. Por mí parte, yo todavía no estoy seguro. Las posibilidades son dos. O que el último déjà vu de mi vida vino hace tiempo y no tiene nada que ver con las letras; o que este sea, sin más vueltas, mi único destino.

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