diegomongelli

El insoportable

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De la grandísima cantidad de situaciones y contingencias complejas a las que, con el correr del tiempo y la salvedad de mi oficio, he ido acostumbrándome, la única que todavía vivo con gran zozobra –y a veces hasta con desesperación– es la del encuentro casual con S. Porque si al menos la entrevista con él ha sido planeada, en tal caso cuento con algo de ventaja, con un período –no importa cuán breve– en el que el anticipo me permite la estrategia y la disposición de ánimo para soportarlo. Pero si sucede que estoy aburrido esperando el Mitre, y desde el final del anden veo avanzar hacia mí esa cabeza flequilluda, en cadencia bamboleante, coronando el típico andar soso y desabrido de todo su cuerpo (cuerpo que, digamos, a una inclinación tan torpe como la de S. no hace menos que quedarle grande), y entonces ya concluyo que el encuentro será inevitable y que de un instante a otro lo veré llegar –a él con su ímpetu cansino– y lanzarme esa sonrisa que ninguno de los dos deseamos, y comprendo también que irá a sentarse a mi lado con la convicción de que me está tomando de sorpresa y que ya no habrá nada por hacer más que resignarse… en esas circunstancias, lo admito, su encuentro es, sí, desesperante. Pero no menos cierto sería admitir que la resignación es mutua: S. debe actuar como actúa y yo debo permitirle hacerlo: así son las cosas.

Aunque con esto no quiero sugerir que S. actúa con malas intenciones. Estoy seguro –o casi– que él desconoce su carácter, lo que lo demás perciben de su carácter y de su modo de ser. S. es intolerable, por supuesto, pero no es consiente de esta adjetivación de sí mismo que todos (¡ay!, dudo incluso que hasta sus padres no opinen de la misma manera) hacemos cada vez que tenemos la oportunidad de tratarlo. Porque al instante –y para seguir con el mismo ejemplo– en que su desmedido cuerpo se desploma a mi lado en el banco del andén, el rimero de recuerdos de ocasiones pasadas surge de la nada y da la impresión de estar desprendiéndosele –como un hedor progresivo– de su cuerpo, de sus cabellos abundantes y de sus ojos oscuros; y me animo a dar fe que esos ojos me observan con buenas intenciones. Y uno –yo en este caso, pero cualquiera podría corroborar mis dichos– no puede más que aceptar y casi hasta condolerse por esa condición de S. que lo vuelve así de abusivo a la paciencia del hombre común, del tipo de jean y remera, de los que podemos, sí, cómo no, hacer foco en los rincones menos precisos y acaso más determinantes del mundo; pero que al fin y al cabo no somos tan insensatos como para negar (con un énfasis que en S. se convierte en atributo francamente insufrible) que todos los demás rincones, los más iluminados, los más placenteros, los más humanos, diríamos, son sin dudas los más importantes y sobre todo, los más reales. Pero S. no. No él. Él se sienta a mi lado y me observa (si es que no exagero en usar ese verbo, ya que lo más usual en él es una constante evasión de las miradas a los ojos) y se convence que en sus palabras de buenos augurios, de políticamente correctos reproches, de preocupación aplicada por el bienestar del prójimo, hay un aporte, hay un gesto de solidaridad que, aunque no solicitado, es beneficioso y necesario para mí. Y esto lo hace manifestando una convicción que él presenta, que enarbola, como un estandarte o un escudo, como si yo o él –pero sobre todo yo– debiera ser defendido de algo tan simple como una anécdota; defendido, por ejemplo de las implicancias de una escapada a Colonia o del precio de las figacitas de manteca. Qué sé yo.

Y sí: hubo un tiempo en que la reacción –mía, de todos, estimo– era más bien piadosa (si alguna vez lo fue admirativa, ya no lo recuero). Entonces yo solía girar el torso un poco, casi hasta enfrentarlo o casi hasta la posición en que sus ojos pudieran tener la oportunidad de los míos, y le sonreía, primordialmente imitando su sonrisa, y asentía ante sus afirmaciones –primordial y verdaderamente negando– y le decía que bueno, que qué va hacer, que uno tiene que tirar para no aflojar. Pero la paciencia no es infinita. Y ahora, si se da el caso de que me topo con S. a la espera del tren y S. llega sonriendo y se sienta a mi lado, trato, por sobre todo lo demás, de mantenerme callado y apenas si le respondo con monosílabos, o me obligo a un cabeceo en el aire, en silencio, con la mirada yendo hacia las texturas del kiosco de diarios. Pero, incluso así, incluso siendo consciente de esa demostración explícita de disenso, no logro sentirme ni más tranquilo ni más satisfecho. Porque, al mismo tiempo que con los años he ido esforzándome para que S. logre entender que ya pocos lo toleran, al mismo tiempo van creciendo mis sospechas respecto de la consecuencia contraria. Y así, de alguna manera, mis silencios (nuestros silencios, pues todos en el grupo coinciden conmigo) son interpretados –equivocadamente, claro– como un aval profundo, un reflexionar esmerado y meticuloso en relación con sus propias reflexiones (que, es cierto, no aborrecemos ni reprobamos del todo; sino que nos aburren casi hasta el punto de una sospecha pestilente), y S. continúa con lo suyo como si nada.

Es realmente irritante S. Es fastidioso, es cargoso. No podría afirmarse menos. Pero de cualquier manera, nuestros lugares y contextos en común y nuestras reuniones y encuentros van haciéndose más disímiles y más esporádicos respectivamente; y es un alivio. Aunque, nobleza obliga, creo que él también lo festeja. Y es que hoy no comprendo de qué forma podíamos, ni él ni yo, pasar tantas horas, tantos días juntos cuando más jóvenes. Me pregunto de qué cosas hablábamos, cómo nos divertíamos (si es que lo hacíamos), hasta dónde debíamos fingir nuestras predisposiciones. No lo sé. Sólo sé que hoy me cuesta horrores sobrellevar esos minutos en que demora en llegar el tren, sin inquietarme en el banco, sin comerme las uñas, sin sentir (trato de no pensar mucho a qué responderá esto) una vergüenza suprema que nos incluye a S., a mí y a la gente en el andén por igual, pero que se refiere principalmente a él. Una vergüenza ajena, diría; lo mismo que me es ajeno su mundo de actitudes que acaso él imagina como orgullosas o altruistas intensiones y que yo considero como agobiantes imposturas.

Ah… Sé que falta poco para que mi trato hacia él se endurezca. Entonces, lo que hoy tiene apariencia de subterfugio pasará a ser un acto absolutamente belicoso; una justificación para la ruptura. Sin embargo, no me hago ilusiones. Siempre fui de carácter blando y, lo más probable será que si lo insulto, S. no se muestre en absoluto herido o indignado o sorprendido. Más bien me pedirá disculpas vagas –¡él a mí!– en referencia a estructuras teóricas y percepciones de tal o cual ideología… ¡Dios! Es desesperante. A veces pienso que él morirá sin saber la clase de persona que fue, que ha sido el más necio de los desprevenidos. Mejor para él. En todo caso, también es una suerte que ya casi no me haga falta cavilar acerca de esas cosas, o acerca de él en lo más mínimo. Porque en lo normal de mis horas, la existencia de S. ha dejado de ser incluso, lo que se dice, algo de antes, un espectro. En estos días actuales de padre de familia y profesional reconocido, S. no gravita en mi estado de ánimo para nada. No lo tengo en cuenta a la hora de organizar un asado, no recuerdo su cumpleaños. Será debido a esto que cuando tropiezo casualmente con él, el peso de su tediosa personalidad cae con tanta fuerza sobre mi paciencia. O dicho de otra manera, dado que suele desaparecer por completo de mí, todo reencuentro con S. es un repaso total de su vida y una justificación de nuestra –aun me exaspera referirlo así– íntima amistad. Es ese ejercicio de balance tan absoluto lo que contribuye todavía más a hacer de nuestras entrevistas fortuitas algo tan agobiante…

Por eso, cuando se espera el Mitre y se está aburrido, mejor no pensar, mejor no tentar al diablo y no forzar la vista hacia el final del andén; mejor no torcer las ideas en absoluto y arriesgarnos a que S. aparezca, a que llegue avanzado con su cabeza flequilluda, su triste expresión de felicidad, y se muestre dichoso ante la coincidencia… No: mejor no pensar. No sea cosa que algo haya en nuestra mirada –algún magnetismo patético, acaso–, e inevitablemente invoquemos a S. a volver del pasado, a llegar a nosotros y a refregarnos su verdad en la cara y frente a eso no tener más opción que simular un interés ridículo por temas ridículos, cuando lo único que querríamos es que S. desapareciera, incluso a costa de la supresión de esa parte del pasado que sabemos que nos conforma y que a lo mejor hasta hayamos disfrutado en su momento… No. Mejor no. Siquiera la amenaza de su presencia ya me es insoportable.

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