diegomongelli

El talento cristiano. El talento borgiano. Mi pobre talento.

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Mateo XXV, 30

El talento, según Wikipedia, puede referir a tres cosas; según la RAE, a cuatro. Desde el punto de vista de la primera, talento remite al potencial de una persona en relación con un conjunto de habilidades o competencias; a la habilidad efectiva para desarrollar ésas –u otras- competencias y a una nomenclatura monetaria de la antigüedad griega. Por su parte, la academia real nos enseña que el talento es la inteligencia (la capacidad de entender); la aptitud (la capacidad para el desempeño o ejercicio de x); la moneda pretérita (a la que suma, además, el gentilicio “romana”) o –salvedad festejada- la persona inteligente o apta para determinada ocupación (verbigracia: “¡Ese chico es un talento, don Gaitán!”).

Por supuesto, cualquiera de las acepciones que se emparejan con los adjetivos o con el epíteto se desprenden, sin duda, de la definición originaria en tanto y en cuanto el talento como unidad de medida monetaria. Resulta interesante mirar con más atención qué era, entonces, un talento durante todo el período alejandrino, más o menos, unos trescientos años del nacimiento de Jesús.

Así que el talento como unidad monetaria surge en Babilonia; y es desde allí, su uso se vuelve corriente en todo el mundo mediterráneo. En sí mismo, un talento no refería a una moneda específica, sino a un conjunto (en términos cuantitativos) de diverso material metálico con valor de cambio. En un comienzo, éste respondía a la equivalencia con 34 kg.; pero luego -y definiéndose, hoy, de esta segunda manera más ampliamente- se estableció su correspondencia con 6.000 dracmas; o 21,6 kg. de plata pura. La dimensión exacta de esta cantidad se desprende de la masa aproximada (de plata) necesaria para colmar una ánfora promedio en la Grecia clásica.

Athina449BC-Moneda Griega

De cualquier manera y como es de suponer, las medidas y los pesos exactos de aquello en lo que se convenía fijar un talento, fue variando y ajustándose en función de los diferentes espacios geográficos y de los diferentes períodos históricos sobre los que se ponga la mirada. No fue lo mismo un talento griego, que uno romano, que uno egipcio, que uno babilónico o que aquel –se entiende- que se trata en el nuevo testamento; es decir, un Talento Pesado, o 58,9 kg. de metal de cambio. Eso por un lado.

Por otro, ayer topé (el verbo es un lugar común, pero a la vez es una descripción más o menos fiel) con un poema de J. L. Borges llamado “Mateo XXV, 30”. En una primera lectura, el poema es bonito y pretende la epifanía. Según leí luego, es, además –o primeramente- una alegoría más o menos precisa del pasaje bíblico al que refiere, también conocido como “la parábola de los talentos”.

Brevemente (ja), esta parábola -que Jesús himself narra a sus discípulos con el fin de instruirlos en las artes de un buen cristiano- refiere a la historia de un pastor que debe ausentarse por un tiempo de sus tierras y deja, en consignación, algunos talentos a tres de sus siervos. (No queda claro en una primera instancia cuál es el objetivo de esta acción: con el fin de potenciar su carácter moralizante, el propósito ha sido deliberadamente dejado oculto hasta el final del relato.) Así, según las capacidades de cada quien, este terrateniente deja cinco talentos a uno, dos a otro y sólo uno a otro; y los insta a cuidar el dinero con el uso de su razón y la tenacidad de su fe. Como sea, en el tiempo de su ausencia los dos siervos que obtuvieron la mejor parte conceden préstamos, invierten dracmas, adquieren bienes de capital y, consecuentemente, incrementan sus pequeñas fortunas –prestadas. El tercero, atento a las represalias de su amo y a las contingencias propias de la vida hace dos mil años, hace lo lógico: entierra su talento en un lugar secreto y se dedica a labrar la tierra.

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La moraleja de todo esto es que, a su regreso, el amo felicita y “hace ingresar en el gozo de sí mismo” a los dos capitalistas; mientras que insulta y despoja de sus bienes a quien desde el comienzo lo había supuesto suficiente autoridad como para no arriesgar a los azares de la fortuna algo que no le pertenecía. Es significativo transcribir algunas líneas de este momento:

Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Por supuesto, mi desconocimiento en relación con los libros de la Biblia no es ninguna novedad; y suponer que mis opiniones tienen algún tipo de importancia, más no sea formal, sería desmedido e imprudente. Pero aun así, no puedo dejar de pensar que la “enseñanza” de este pasaje raya, para usar terminología acorde, lo diabólico.

Creo que los motivos de mi perspectiva se ven a las claras.

Dentro de las maneras de interpretación (o justificación) que encontré para esta parábola de los talentos, leo que uno debería pensar en ese amo como en Nuestro Señor; en los talento (el dinero), como en los dones que ese Nuestro Señor nos ha dado y en los actos de inversión y usura (literalmente “debías haber dado mi dinero a los banqueros”) como en nuestro deber en la tierra, utilizando los dones que poseemos para servir a Nuestro Señor e incrementar su riqueza. Mmm…

A mí, me resulta curioso o sospechoso imaginar que ése es el objetivo de este pasaje. Me cuesta propender a considerar declaraciones como “sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí” o “al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” en tanto consejos de un padre amoroso, de un hombre justo, de un cristiano consecuente. Y eso sin siquiera evaluar qué cosa tiene de reprobable el trabajar la tierra y sostener la medida de la riqueza en un ahorro prudente; en fin.

Como sea, del otro lado de esta parábola está, como dijimos, el poema, la alegoría Borgiana. En Mateo XXV, 30 (Borges edition), el narrador (presumiblemente J.L.B.) se encuentra en el primer puente a la salida de la estación Constitución, por la noche. Bajo sus pies pasan los trenes en el estruendo metálico típico de la ciudad y a su alrededor hay humo y silbidos. De pronto, desde el interior de su ser, manando de sí, surge una “voz infinita” que enumera los dones que le han sido dados (estrellas, pan, bibliotecas, sótanos, música, álgebra, caballos, el azar…) y que, se descubre en el último verso, él ha desaprovechado:

“todavía no has escrito el poema”.

Se ve, entonces, cuál es la relación de ambos textos y se explica, por lo tanto, el porqué de la elección del título. Eso está claro. También es claro la sensación de reclamo –de un reclamo celestial– respecto de la utilidad (y pienso en este concepto en términos estrictamente capitalista) que se ha dejado de obtener de aquello con que Dios ha invertido en el poeta. Lo que no está tan claro acá, creo, es la posición de Borges frente a este reclamo.

Desde mi perspectiva, confío –espero- que Borges haya estado en desacuerdo con ese carácter coercitivo de la utilización obligada de aquello que se supone es nuestro talento. Confío que el poema, más que una afirmación, más que una reivindicación de la parábola sagrada, una aliteración de esa supuesta enseñanza en el eco infinito de la literatura, sea una manera del desacato. Un desacato, por un lado, que, para referir al talento, explícitamente intercambia el contante dinero por marcas, signos y emblemas metafísicos; un alejamiento teórico que, por el otro, ubica al humilde siervo de frente a la cósmica voz interior y se niega a aceptar su mandato en tanto y en cuanto contará con algún sentido verdadero.

Así, el siervo, el poeta, pasa sus noches viendo los trenes pasar, pensando más en los dones que le han sido obsequiados, que en la irrefutable inversión de los mismos. Después de todo, -y aquí puede reprochárseme, claro, mi falta total de talento-al final de nuestra lectura no tenemos motivos para suponer que el poeta está arrepentido. Después de todo, la vida más vale vivirla que aprovecharla.

En su larga vida, Borges escribió muchos poemas; gracias a Dios, todavía no ha escrito el poema.

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