diegomongelli

El terco

trapped

 

La realidad es que él está atrapado. Intenta girar hacia un lateral, trata de desprenderse hacia el otro; pero consigue poca cosa. De frente, un granadero lo cierra con su espalda inflexible como trapecio; por atrás una pareja de adolescentes se besa a boca llena; en los costados, candidatos a algún puesto de jerarquía en empresa de primer nivel refuerzan su rigidez como si en eso fuera la posibilidad de un ascenso. Con los años, él ha madurado retacón y, en medio de ese grupo, es poco lo que logra ver más allá de puro hombros y cuellos. Sabe –porque la naturaleza del vagón no pudo cambiar– que hacia su izquierda debería hallarse la salida más cercana; pero desconoce cuántos metros hacia su izquierda lo aguarda esa salida. El tren vuelve a detenerse. Densamente, lentamente, como una formación de rugbiers, su grupo de pasajeros contiguos chapucea dos o tres pasitos hacia delante, y luego dos o tres pasitos negativos hacia atrás, arrastrándolo. Con el desplazamiento, distingue o imagina una tenue brisa de aire puro que sobrevuela la multitud y que se pierde rápido sin reponer a nadie de ningún modo. El tren vuelve a ponerse en marcha; y todos se inmovilizan en sus lugares, custodiando esos centímetros cuadrados de tierra (de suelo de goma) que ocupan en el vagón. Entonces, una vez más, él se dice que –una vez más– debe intentar la emancipación de su brazo derecho. Cree, acaso consecuentemente, que con ese instrumento en plena capacidad de uso, esta vez –otra más– conseguirá hacerse paso entre la gente. Lo intenta y lo consigue. Libera su brazo, lo encaja en la axila del granadero y pide permiso. De reojo, el granadero lo observa con repulsión. Finalmente gira sobre su eje y abre una rendija humana por la que él se desliza, esforzado. En el mismo acto, los cuerpos de ambos se contorsionan como en un paso de baile para que cada quien tome el lugar del otro. Éxito. Aunque sin pausa, comparecen más tribulaciones. Ahora, por atrás lo limita el granadero, claro, pero por el frente (si es que esa masa aparentemente infinita de cuerpos apretujados puede tener un frente) le llega el olor a ajo y cuero cabelludo y cera de mueble y zapatos viejos que se desprende de un grupo de mariachis o gaiteros, gallegos o irlandeses, o violinistas –no sabe– que, encajados entre sus instrumentos forman una muralla semihumana de negación. Ese olor lo alcanza y lo chupa como una lengua chuparía una estampilla, adhiriéndolo a su anterior congregación de fieles compañeros de vagón, y le asegura que por ahí no va a poder pasar. Entonces, la opción que queda es sencilla. O izquierda, o derecha. Reflexiona: ninguno de los dos caminos lo acerca directamente a la salida (y su estación de destino ya tendría que estar próxima; sería extrañísimo si no fuera así); pero, también, en su casa, su mujer podría comenzar a sentirse preocupada. Concluye: en estas circunstancias, cualquier desplazamiento es un avance. Y casi sin detenerse a evaluar qué dirección le conviene; intenta girar hacia su diestra. El giro se ejecuta exclusivamente con el torso, mientras sus pies apenas si se deslizan unos milímetros. Es el lamento de una señora gorda, de florida cofia y tímidos ruleros, lo que lo detiene en seco. ¡Qué pretende usted de mí! le reprocha en silencio. Él no contesta, pues no ve el punto en refirmar lo obvio. Insiste. Haciéndose lugar con las bolsas de las compras, que cuelgan de sus brazos rechonchos, la señora gorda da medio paso atrás y le señala con el mentón el camino a seguir. Él arquea las cejas. Lógicamente, por allí no cabe; pero igual pasará. Con un empeño y un afán que rozan el heroísmo, levanta y flexiona una rodilla. Le duele todo. Adelanta el pie en el aire, se inclina (más bien se deja caer) y aterriza en un mismo acto. De inmediato comprende que ha pisado a alguien. Ruega disculpas, aunque no aborta su intención: la pierna rezagada llega hasta donde la primera. Entonces, junta valor y mira abajo. Aunque ahí, entre sombras, casi no hay espacio para nada, ve cómo se escapa –como un pez, como un humo; de bajo de su zapato de cuero– la mancha blanca de una zapatilla de lona. Levanta la cabeza, comienza a repetir sus disculpas; pero no hay nadie que las acepte o las condene. Sólo hay nucas, masculinas y pulcramente recortadas. Quizá, ahora tenga en frente a un grupo de pastores evangélicos; o quizá no se traté más que de una camarilla sindicalista. De cualquier manera, la indiferencia ante el pisotón lo conmueve. Se reconoce extenuado y, sin más propósito que recuperar el aliento, se agacha un poco, a la expectativa de hallar un bombo o una bandera o una caja de biblias. Pero este ejercicio le depara la ocasión de una sorpresa. Entre dos caderas casi siamesas y algunos antebrazos casi en camisa le parece otear, a lo lejos e intermitentemente, una pincelada azul opaco propio de la marca de la empresa de trenes. Él considera arriesgado asumir esperanzas, pero aun así reconoce la posibilidad de que aquello sea una puerta. Es la primera vez en horas que logra divisar una salida. Se agita. Coloca una mano en el pecho, desatiende las palpitaciones y está dispuesto a mendigar el consentimiento de un permiso implorado… cuando, de pronto, el tren vuelve a detenerse en medio de un barullo de chirridos y silbidos que aturden. Viendo una oportunidad providencial antes que otro disparate de su fortuna, él se abandona al arrastre: nuevamente hacia delante y hacia atrás; aunque ahora admitiendo el peso muerto. Tiene suerte. La inercia lo ayuda a atravesar la columna síndico-evangelista y aparece del otro lado. Busca sin paciencia; ejercita la angustia; pero ya no observa ningún trazo azul. Ahora, primordialmente, le cierran el paso unos ojos saltones, redondos como plato. Pestañean en la primera línea de un rostro morochón y pecoso. No son tantos los centímetros que separan su nariz de la nariz del moreno. Él sacrifica todavía un poco más de su vigor y empuja hacia atrás tan intensamente como puede. Genera un pequeño círculo de aire libre. Suspira. Más sereno, vuelve a pasar revista del (nuevo) contexto. El moreno; a las doce; y desde allí, evolucionando en el sentido de las agujas del reloj: una anciana flaquísima aunque de apariencia compacta y sólida; un joven en ropa de párroco; dos bolsas de arpillera llenas de choclos –una sobre la otra–; tres turistas brasileños; el anterior grupo de nucas recortadas; un vendedor de pirulines con su mástil desierto y de nuevo, el morocho. El panorama no es de lo más desafiante. Con disimulo, va dejándose caer en dirección a las bolsas; y entonces ¡vuelve a verlo! Es un rectángulo entero; es azul; lo corta el reflejo del vidrio; es una puerta. Si tuviera energía para sonreír, lo haría. Calcula unos tres metros (y unas doce personas) desde su lugar hasta allí. A lo mejor, optando por la impetuosidad… piensa. Y se lanza. Con el codo como pica ahuyenta al falso párroco y desestima a dos niños –tarea fácil–; añade la rodilla y deja atrás a un policía, a un oficinista, a una quinceañera; arriesgando su cabeza tal que un ariete, supera un complot de jubilados, un nuevo granadero –chance improbable–, un montón de otras sardinas y cuando ya tiene la salida al alcance de su mano, el tren vuelve a frenar. Frena abruptísimamente; como no lo había hecho nunca antes desde que él subiera. Frena cobardemente. Frena despiadadamente, considera, mientras todos sus esfuerzos son en vano y, como un muñeco de trapo o una bala, va hendiendo capa tras capa de cuerpos insultantes hasta dar con algo que percibe similar a una pared; y queda sin aire. Nuevamente, se reconoce tan apretado que no puede liberar los brazos. Levanta la mirada y ahí se yergue la espalda del primer granadero. No es necesario voltearse para comprobar que lo que escucha detrás es el continuo y aguachento beso adolescente. Ahora, otra vez, las luces del vagón se encienden. Igual que ayer y antes de ayer, afuera ocurrió la noche. Los pasajeros a su lado encajan los mentones en el pecho y entrecierran los párpados. Como el canto de las ranas, se escuchan bostezos intermitentemente. Él se resigna: quizá mañana tenga más suerte. Al cabo de un momento, clausura los ojos y trata de dormir.

subte-lleno

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