diegomongelli

El tren se fue

2

Deliciosamente. Así era la manera en que sentía los dedos del desconocido ése recorrerle los dedos de sus pies, presionarle justo sobre los comienzos de las fantasías que nunca le había contado a nadie, metérsele entre el cansancio del día y, además de limpiarlo, de alguna manera también llevárselo. Deliciosamente iba la mano derecha del flaco pasando por sobre su empeine y tanteando casi hasta llegar a la planta de su pie, en busca de la otra mano del mismo flaco, que lo sostenía –a su pie derecho- y la sostenía –a toda ella- desde debajo, como San Francisco debía haber sostenido los pies de algún santo algún día. Deliciosa…, tan deliciosamente, sí, que abrir los ojos en ese momento habría significado casi un crimen. Pero, ¿para qué abrir los ojos? Si las dos manos de ese hombre desconocido al que había invitado a meterse en su casa un jueves cualquiera sólo estaban ocupadas en ella, en ahí, en esa especie de trabajo apasionado, agónico y vívido, la clase de trabajo que solo le toca a algunos muy pocos y muy afortunados en la vida, y de la que ella, hoy, aquella noche, era su producto resultante, sin manchas, sin imperfecciones, sin miedos. ¿Para que abrirlos…? Si de haber querido golpearla o robarla, él ya habría podido hacerlo mil veces desde que subieron y se sirvieron el vino de la noche anterior y se desplomaron en el sillón, con la tele apagada. No. No había la necesidad, no existía la urgencia de amenazas o arrepentimientos –ni morales ni éticos ni puramente femeninos- en ese instante largo, en esa única y total experiencia redundante de placer en la que se hundía –ella, por culpa de ella- consoladoramente, tan desvergonzadamente que de no haber estado ronroneando como una tonta, se habría echado a reír. Sí. Eso era lo único importante. Porque ni siquiera importaba lo que él flaco ése pudiera estar pensando, o haciendo, o incluso viendo, mientras ella, desplomada y despatarrada como una cualquiera, todavía con la pollera puesta y ya sin medias (¿dónde había dejado las medias?), quizá y a la par de su disfrute, estuviese permitiendo ver parte de su tanga (lo que no sería nada) y, a lo mejor, hasta dejando expuesta alguna comprobación empírica e irrefutable de que ya tenía que volver a depilarse. Por lo tanto, preferible era no arrepentirse, no arriesgarse, preferible era concluir lo preferible e imaginarse que él podría, efectivamente, estar mirándole la bombacha, estar excitándose por anticipado, o no por anticipado sino con justa causa y en el momento justo, por cosas que ella ya no estaba tan segura que no fueran a pasar, como acaso sí lo había estado antes -¿hacía cuánto?-, cuando Mica le insistió por teléfono que saliera, que fuese con ellas, que por una puta vez dejara de ser tan mala onda y fuera un poco más puta, que qué importaba si era jueves. ¡Qué importaba! Exacto. ¡Qué importaba todo! ¡Que importaba nada! Qué importaba lo que se había hecho rogar y lo que había jurado y se había jurado antes (voy un rato y me vuelvo), si ahora el flaco este se acercaba otro poco, al mismo tiempo que sus manos se acercaban a sus rodillas, y su cabeza a su vientre, y hasta ¡olía! bien el muy turro. Entonces, ella volvía a dejarse vencer, volvía a permitir que su nuca se aflojara como las rodillitas de una quinceañera, como si nunca antes -¿antes cuándo?-, se le hubiera aflojado nada de esa forma, tan verdaderamente, tan maduramente, así como drenándola, como quitándole las fuerzas y obligándola a descansar la cabeza contra el lateral del sillón como una diva despreocupada y luminosa; y sus pelos (podía sentirse los pelos pendulando quizá hasta rozar el parquet), sus pelos que había lavado y encremado y dejado sueltos con resuelta displicencia tres horas atrás, ahora pendulaban como la cola de un gato, casi hasta rozar el parquet, deliciosamente. Deliciosa, deliciosamente: estaba segura. Así era la manera en que sentía el contacto de los dedos de ese desconocido, mientras al mismo tiempo también era desconocido -o más bien se mantenía olvidado- aquello otro que sólo conseguía entrever como desde abajo, flotando arriba, en la superficie de la realidad, y provocando que el deleite fuera doble –el deleite de la carne y el de dejar de ver, el de por fin no ver- pues poco era lo que veía desde el fondo de ese océano de goce y en el que se había ahogado… Y creyéndose ahogada, de pronto abrió los ojos y lo que vio, en el segundo de un segundo, como una aparición, fue la ventana y a través de la ventana. Y el contraste entre la suciedad del andén, allá abajo a lo lejos, y las capas y capas de grasa y hollín en las vías, y la luminosidad anaranjada de sus carteles, y el recorte de esa especie de cuadro colorado, más acá, contra la pared blanquísima, el pedazo de escritorio, y los reflejos del vidrio de la ventana, y los listones de madera lustrada de la baranda de su balcón, todo eso, esa ensalada que percibió sin entender, le parecía como algo irreal, como un invento que aún nadie hubiese logrado inventar y que solo estuviera en la cabeza de equis borracho o equis soñador, y como consecuencia le dio miedo y placer, más placer que otra cosa, imaginarse –ella- parte del sueño de otra persona; y volvió a cerrar los ojos.

Por la mañana, la realidad recobró su forma. Ella se levantó antes de que sonara el despertador y se dirigió al living antes de pasar al baño. Tranquilamente recogió los almohadones del piso, los cacheteó y los esponjó con palmaditas firmes y volvió a acomodarlos en el sillón, recomponiéndolo, como si nunca nada hubiera pasado. Luego tomó asiento cuidadosamente, en un extremo.

Aquél era otro día, un días más sin Fabián como cualquier otro, sí, pero no era lo mismo. De cierta manera, no podía ser lo mismo, porque habría sido imposible admitir que ese día pudiera agregarse, así como así, sumarse, a la cantidad, a la torre, a la montaña de tiempo que se había ido acumulando desde su partida. Porque lo cierto era que desde que él se había ido –o desde que ella lo había echado, ya no sabía- y desde que ese había dejado de ser su sillón –el sillón de ellos- y ese otro había dejado de ser su cuerpo –el cuerpo compartido-, y habían pasado a ser, únicamente, el sillón y el cuerpo de ella sola, lo cierto era que ningún otro día, ninguna otra mañana, se había despertado sintiendo cambio alguno… Pero esa mañana, sí.

Un rectángulo finito de luz alcanzó a tocarle la punta del pie derecho. La persiana había quedado levantada durante toda la noche; y en ese momento, la segunda claridad del día iba entrando en la casa indiscriminadamente, exponiendo la suciedad de los vidrios a su paso, clareando las pelotitas de mugre en la alfombra y encajando –directamente, ignorándola a ella por completo-, las piezas de todo lo que era esperable y normal. Abajo, a lo lejos –podía verlas con claridad- las personas de todos los días se arrimaban a sus posiciones estratégicas sobre el andén. Había poca gente, casi nadie, es decir el tren había pasado hacía unos segundos.

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