diegomongelli

El último acto

Paris_Comedie-Francaise

La despedida de Don Adolfo Bedalvés había anticipado, en el imaginario de la compañía y del empresariado del Jovellano, tres funciones a sala llena. Sin embargo, en esta segunda y anteúltima gala, más de la mitad de las butacas estaban vacías. El teatro parecía un terreno sin gracia que por algún motivo hubiera sido primero invadido por una multitud desorientada y luego, lentamente se hubiese ido vaciando, dejando manchones de humanidad que sólo esperaban su turno para escapar.

Había concluido el tercer acto de la primera obra, y Don Adolfo se cambiaba afanosamente. Desde el confinamiento del camarín era casi imposible distinguir el rumor del público. Tal su costumbre, no había fuego en el pequeño cuarto: únicamente la puerta entreabierta permitía que se filtrase una luz amarillenta y titilante. Por entre ese resquicio asomó Francisco Fernández Fernández.

El legendario comediante dio la bienvenida al avezado poeta y viejo amigo con un movimiento de la cabeza y una mirada penetrante y fugaz a los ojos. Comprendiendo el mensaje y deteniéndose, Fernández Fernandez se dispuso a escudriñar los movimientos de Beldavez desde el umbral de la puerta. El actor se cambiaba sin ayuda de ningún suplente, en soledad y con la misma eficacia y el mismo oficio con que lo había hecho durante cuarenta años. Era reconocido por su respeto absoluto hacia el público; y en la presteza de sus movimientos se traslucía el objetivo de no hacer esperar a la audiencia. Fascinado como siempre, Fernández Fernández sabía que no correspondía interrumpirle en esos momentos. Él también era parte de ese público magro de esa noche de despedida, y también esperaba que el gran Don Adolfo sostuviera hasta el final el talante de profesionalismo que lo había caracterizado en toda su carrera…

-¡Ah… el Estupendo de Matanzas! –dijo en un susurro, casi un suspiro que el otro no escuchó, y sonrió al reparo de la penumbra, tímidamente. Al mismo tiempo que ahora contemplaba a ese intérprete marchito ponerse las calzas de seda, acudían a su mente todas las otras formas del Actor de las que él había sido testigo. Desde su primera aparición en el proscenio allá por el ´31 ó el ´32 en la misma Madrid en la que se encontraban hoy, hasta los días de función doble o triple en el Apolo, de Buenos Aires; cada etapa de la vida actoral de su amigo se unía con cada anécdota de una amistad compartida que siempre habían vivido intensamente, a pesar de la diferencia de edad… Ese pensamiento, el pensamiento insoslayable del paso del tiempo, lo extrajo de la melancolía en la que se estaba hundiendo. Entonces, en busca de la realidad, avanzó un paso y luego otro; y con el atrevimiento propio de una confianza de años, observó con detalle al anciano. Vio la piel arrugada en el rostro familiar, esa boca desdentada, los ojos casi del todo despestañados cubiertos de maquillaje blanquísimo, y le costó encontrar una vez más –la anteúltima–, a su amigo; un amigo ilustre que había conocido la gloria y que hoy se apagaba en esa tristeza de viejos, esa especie única de miseria desbordante que sólo llegan a experimentar, cabalmente, los verdaderos comediantes. Se le nubló la mirada y tuvo que esforzarse por no largar a llorar a lágrima viva.

Beldavez, que había intuido los sentimientos del poeta, terminó de calzarse los guantes y, todavía desde sentado y sin levantar la vista, se dirigió a su amigo:

–No haga caso, don Pancho. Tal es la vida.

Fernández Fernández no fue capaz de contestar. Mantuvo el silencio en una pausa que ahora sirvió para evitar el llanto de ambos. Al cabo de esos instantes, todo lo que hizo fue asentir con la cabeza.

–Vea –continuó entonces el anciano–. Quiero despedirme con algunos versos de los pocos morenos que me quedan fieles –Francisco volvió a asentir en silencio–. Sólo tu podrías escribirlos –agregó, tuteándolo como había hecho en contadas y graves ocasiones–. Tú y nadie más debe escribirlos.

La ultima sentencia, que era la reiteración de una orden pero que también era la súplica de una aceptación, penetró con agudeza en la voluntad del poeta. Enardecido, inmediatamente preguntó:

–¿Esta noche?

El actor lo tomó de las muñecas y acercó su rostro al del escritor.

–No –sentenció–. Mañana. Tú no sabes improvisar.

Fernández Fernández no durmió en toda la noche. Aunque le hubiera tomado menos horas de las que le tomó, el trabajo al que había sido asignado, su importancia, le habría impedido descansar en absoluto. Como hostigado por un encantamiento (se diría, tal vez, un hechizo desesperante), sopesó la carga y la sonaridad de miles de palabras, ensayó rimas usuales y nuevas, y repasó una cronología de las obras de Beldavez, proponiéndose extraer datos de todas ellas… En vistas de su experiencia y de -¿por qué no?- su talento, esos versos no habrían supuesto un verdadero desafío; pero más allá del fruto de su oficio, aquello se trataba de la últimas palabras de un comediante como ningún otro. ¿Y cuáles serían esas palabras…? ¿Cuáles…? Así, debatiéndose entre la incertidumbre y la severidad, trabajó a destajo, concienzudamente, durante horas. Finalmente, consiguió componer unas quintillas que, por supuesto, no consideraba a la altura del prestigio de Beldavez, pero que entendía ser lo suficientemente sentidas sino para que los cronistas las recordaran de manera especial en el vespertino del lunes, tal vez sí para que su amigo encontrara en ellas el sincero mensaje de cariño que se había propuesto.

Las llevó al teatro luego de almorzar. Le confió el paquete al jefe de boletería diciéndole que se trataba de un encargo especial de la primera figura, y que debía ser entregado, en mano, lo antes posible. Pasó la tarde caminando por los Jardines del Buen Retiro, admirándose de la gravitación del paso del tiempo, de los edificios que hacía sólo unos cuantos años no existían, de la persistencia del aroma de la ciudad, a pesar de todo; y tras un café, volvió al teatro. Estuvo allí aun antes que muchas de las personas de la tertulia o la galería; y fue de los primeros en ocupar su butaca en el palco de invitados. Lo acuciaba la idea de que llegaría el momento –¡inverosímil!– de escuchar sus versos en boca del saliente prócer de la comedia. Se debatía entre la jactancia orgullosa de sí mismo y la vergüenza reprochable de permitirse creer que algo tan banal como su obra pudiera equipararse a la trascendencia de Don Adolfo Beldavez, y sin embargo…

Aquella velada la compañía de los hermanos Sánchez Bermejo interpretó dos obras. En ambas, Beldavez hizo el rol principal; en una de ellas mucho más logradamente que en la otra. Pero poco importaba su desempeño. No había, entre la mayoría de los presentes, las ansias de disfrutar de la capacidad escénica del actor: todo lo que querían –le parecía a Fernández Fernández– era ser parte del ocaso de la leyenda; haber sido testigos, en vivo y directo, del final de Don Adolfo sobre los tablones. Eran fieras en busca de carroña; vestidas de frack.

–Fieras… olfateando el rastro de la muerte… ansiosas de carroña… –murmuró el poeta cuando cayó el telón en el segundo entreacto y unos pocos tímidos aplausos acompañaron los sonidos, sin fuente visible, del cambio de la escenografía.

–¿Perdón…?

Francisco se sobresaltó. A su izquierda, la señora de Moldes lo observaba sonriente; los párpados separados en tensión, el abanico ocultándole y revelándole alternativamente su mentón exquisito, nobilísimo, empolvado.

–¿Dijo usted algo…?

–Oh, no; no, disculpe. No ha sido nada –se ruborizó Fernández Fernández.

–¡Fantástico! ¿No le parece?

–¿Hn…?

–El teatro nacional pierde una lumbre inigualable… ¿No le parece?

–Sí, claro… claro…

–Inigualable –repitió la baronesa–. Inigualable, con seguridad.

Incómodo, Don Francisco giró su torso casi hasta darle la espalda; pero la Moldes no había concluido su intervención.

–¡Y qué performance! –sentenció, sin pronunciar la e final. ¡Qué performance la de esta noche! Es una gloria… Inigualable, con seguridad…

Fernández Fernández completó su gesto evasivo y guardó silencio.

Durante el último acto, la participación de Beldavez fue escasa. De cualquier manera hizo su parte inigualablemente (y Fernández Fernández se vio obligado a reconocer la precisión del adverbio), avanzando con una elegancia y una locuacidad impares hasta el final. En ese punto, la escena lo ubicaba en un duelo disparatado en el que debía limpiar el honor de quien el resto de los personajes, según indicaba el célebre texto, había tomado por su mujer aunque no lo fuera. Don Adolfo (Don Rialto en ese momento sobre el escenario) disparaba primero –fallando- y asesinaba a un mochuelo de fieltro que observaba la acción desde una rama sobre su contrincante. Su contrincante era golpeado por el ave que le caía sobre la cabeza, y dejaba escapar un disparo de su mosquetón dorado, inintencionadamente. En la regularidad de la obra, ese disparo fortuito daba en las nalgas de Don Rialto (cuyo intérprete debía dar media vuelta y agacharse inmediatamente que el Mochuelo cayera de la rama) arrancando la carcajada de la audiencia. La obra terminaba con el protagonista transportado en alzas por un grupo de hilanderas, mientras se lamentaba de su suerte. Pero aquella noche, Don Adolfo no giró ni se agachó.

Ante el CLAP de los leños golpeándose tras bambalinas, él se mantuvo incólume, de pie, mirando fijamente a su rival en la ficción. Luego, con una lentitud conmovedora se llevó las manos al estómago y desencajó sus facciones. Se dejó caer de rodillas, se inclinó a la izquierda y se desplomó. Su cuerpo ovillado quedó inmóvil en el suelo. Se hizo un silencio total. Algunas de las personas de la primera fila comenzaron a estirar los cogotes en busca de obtener una vista más clara de la acción; en los palcos, algunos otros se pusieron de pie. Hacia el extremo del proscenio, el duelista de Rialto observaba al público como buscando explicaciones, y de pronto salió corriendo de la escena. Los músicos bajaron sus instrumentos. Se comenzó a distinguir el runrún de los trajes del público inquieto, se hizo evidente un cuchilleo que habría sido de muy mal gusto en cualquier otra circunstancia pero que entonces se embestía del valor y la autenticidad propias de la tragedia.

Desde su lugar, Fernández Fernández obtenía una visión general de lo que estaba sucediendo. En un mar de luz tenue y ropas elegantes, de tablas gastadas y telas de grueso fieltro bordó, destacaba la remembranza uterina, inidentificable, del cuerpo del anciano artista. Estaba como envuelto en su capa carmesí, entre pliegues que debían ser sofocantes. Lo único que se interpretaba de su humanidad eran sus pies asomando en escarpines negros. Su quietud era pasmosa y absoluta. Sin habérselo propuesto, Don Francisco también estaba de pie. Se tomaba ahora de la barandilla frente a él. Tenía que admitir que el efecto dramático obtenido era asombroso, por supuesto; digno de la fama de Beldavez… pero, quizá, algo estuviera yendo mal. Quizá, en un desesperante embate de nostalgia angustiosa, Adolfo hubiera creído que existía algún tipo de garantía de gloria en… ¡pero no! No podía ser. Era imposible. ¡Imposible!

–¡Don Adolfo! ¡Don Adolfo! –se mezclaron sus gritos, escupidos entre cientos de otros gritos y exclamaciones y lamentos femeninos–. ¡Don Adolfo! –y cuando ya estaba buscando por la salida más próxima que lo llevara a candilejas, hubo un movimiento. Don Adolfo Beldavez se incorporó, enfrentó a la audiencia y saludó inclinándose teatralmente hacia delante.

El recinto estalló en clamores. Un vocerío inaudito, una ovación como nunca antes había recibido en su carrera, inundó el espacio bochornoso y llegó hasta el longevo comediante rodeándolo y, si tal cosa fuera posible, embistiéndolo de un brillo nacarado que parecía elevarlo unos cuantos centímetros del piso. El telón se cerró pero el alboroto mantuvo su vigor. La compañía entera tuvo que salir a saludar en tres oportunidades; y todavía el público reclamó una cuarta, que volvió a dejar a Beldavez en solitario, con su brazo derecho elevado pidiendo silencio.

La audiencia obedeció encantada. En esa quietud, Beldavez recorrió con la vista todo el teatro, deteniéndola en los ojos de Fernández Fernández. Éste creyó distinguir una sonrisa en aquél rostro maquillado, pero no pudo estar seguro. Le sudaban las manos, le palpitaba el corazón desenfrenado. Era el momento en que recitaría sus quintillas. Las últimas palabras del genio en escena; que además serían sus palabras. En lo solemne de ese cuadro, Francisco distinguió la figura del apuntador que se instalaba en el foso junto al maestro. Llevaba consigo el paquete que él mismo había dejado más temprano en la boletería. El brazo de Don Adolfo seguía en alto, como apuntando a una estrella, como señalando a donde partiría desde esa noche. El silencio se densificó y el actor separó los labios y… Como el sonido que produce la aguja atravesando la seda, la voz del apuntador reprodujo el primer verso; pero nada sucedió. Don Adolfo dejó caer el brazo y entrelazó los dedos sobre su vientre. Su boca seguía abierta, detenida; pero sus ojos recorrían el lugar, descansando aquí y allá en las miradas de su público fiel. El apuntador repitió el primer verso una segunda vez y una tercera, elevando el volumen. Recién entonces, Beldavez, en un tono achacado, distinguidísimo, enunció:

–He aquí las decisiones… Que han… –y su voz se atragantó y ya no pudo continuar. Las lágrimas despintaron dos senderos paralelos sobre su rostro. Lloraba de una manera incongruente; patética y paradójica. Eran los sollozos de un niño cualquiera que surgían del cuerpo de un anciano ilustre. Era el impulso irrefrenable de toda una vida de teatro. Era la otra cara de la moneda en la fortuna de haber interpretado siempre las emociones ajenas.

Los vítores del público volvieron a colmar el teatro. El estruendo era ensordecedor. Primero las damas y luego los caballeros, todos se sumaron a la angustia emocionante de compartir las lágrimas. En su palco en altura, la baronesa Moldes abrazaba a su niño, besándole las mejillas y empastando su maquillaje con la humedad de las lágrimas de ambos…

A su lado, el poeta Fernández Fernández agitaba un pañuelo blanco con fervor; intentaba encontrar la mirada de su amigo, pero le costaba observar con detenimiento. El llanto sofocaba la intención de sus exclamaciones; la emoción arrasaba su garganta. Allí, en ese momento y lugar en que se condensaban tantos años de intimidad con la escena del teatro, tantas obras escritas y olvidadas, tantos éxitos y fracasos… de cierta forma también se vislumbraba el final de un camino propio. El término de una parte de su propia vida. Y al mismo tiempo que no podía evitar seguir y seguir agitando el pañuelo sobre su cabeza y el gentío golpeaba sus palmas rabiosamente y Beldavez mantenía su compostura a fuerza de la energía y el cariño de esos mismos aplausos, a Fernández Fernández se le hacía evidente el peso de una verdad inalterable.

La Gloria, que como dice el texto “es celeste e ignora la existencia de un fin de mes en la tierra”, tiene especial cuidado en cuándo y cómo revelará sus secretos al artista. Don Adolfo, sin dudas avisado por esa Gloria en la que ahora ingresaba, había comprendido que el Final reclamaba una conclusión única y dispar; y así, fantásticamente, asesinaba a su personaje en escena, para darle vida a su nombre en la muerte.

Por su parte, a él, un simple poeta de oficio, le era revelado algo igualmente ineluctable y eterno: sus esfuerzos del día anterior habían sido en vano (y sus versos ya no conocerían la dicha vanidosa de recordarse como el adiós del gran Actor); pero eso no significaba nada, nada en absoluto. Ante la realidad física, la intensidad humana, y la cercanía y la magia del teatro, sus letras serían por siempre triviales en comparación.

Por un instante dejó de agitar el pañuelo para enjugar sus lágrimas, y luego extrajo su libreta de apuntes del bolsillo delantero. Entre el griterío, con pulso tembloroso y sobre la barandilla del palco, tomó nota. El verdadero actor, escribió reposando su mirada sobre su amigo y la libreta alternativamente, el sincero y real comediante, aquel que estremece nuestros nervios y consigue acariciar nuestro corazón, ése, felizmente, carece de últimas palabras.

pepino88

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  1. Muy emocionante. Obliga a leerlo hasta el final y posee un clima absolutamente verosímil.

  2. “El último acto” es justamente eso, en toda su intensidad dramática. Uno (lector) termina ahí, en un palco, cruzando miradas con el resto del público, mirando expectante el escenario. Y esto es posible además por la ambientación, sobria, fiel, que nos transporta a ese teatro, a esa ciudad y a ese tiempo. Es un último acto contundente, también, porque hubo un primero en el camarín y un segundo en la intimidad de FFF. Con todo, este relato posee mucho más que una estructura dramática sólida y personajes creíbles; como las buenas obras de teatro y los buenos cuentos, es más que la suma de las palabras y las situaciones narradas, contiene un poco de universo, un instante de eternidad.

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