diegomongelli

La primera fotografía de un hombre

Boulevard Du Temple. 1838
Boulevard Du Temple. 1838.


La ausencia del más apto

La primera fotografía de un hombre fue tomada hacia finales de 1838 por Louis Daguerre. Particularmente, habría preferido que los laureles de tal hazaña se los llevara alguien menos presente en el imaginario de los triunfadores de lo humano; alguien que, alejado de los límites de aquello que alcanza la popularidad a fuerza de la reproducción, hubiera contribuido al desarrollo de la fotografía, sino tan profundamente, al menos sí de manera más discreta; pero no fue el caso. Ni Joseph Nicéphore Niépce, ni Robert Cornelius (quién alrededor de un año después lograría la no menos loable proeza del primer retrato fotográfico de la historia), incuestionables ancestros en la artesanía de capturar y congelar las escenas de la vida en movimiento, ni uno ni otro consiguieron adscribirse aquél galardón. Cosas que pasan…

Como sea, en aquella fotografía pionera se muestra una panorámica del Boulevard du Temple, en París, Francia. Un gran edificio blanco aparece en primer plano; detrás de éste, desde su base, nace la avenida, que se va alejando hacia atrás (hacia la parte superior de la imagen) y que alinea una gran cantidad de edificios, encimados unos con otros. Está tomada en altura; tal vez desde la ventana del estudio de Daguerre (la hipótesis más firme), o quizá desde el balcón de algún amigo adinerado que, además de convidarlo con té y madalenas por la tarde, lo apadrinaba con el objetivo de demostrar a sus amistades la agudeza de su sentido estético y el compromiso de su pertenencia a una nueva clase de aventureros. (La clase de los que, como Daguerre, recién comenzado un siglo, se complacen en creer que pertenecen al siguiente.)

Louis Jacques Mandé Daguerre 1844
Louis Jacques Mandé Daguerre. 1844.

La fotografía es, sobre todo, nítida. A juzgar por las sombras y el follaje de los árboles, se trata una tarde soleada, límpida, de agosto o septiembre. Cuando se la observa por primera vez, uno obtiene una sensación doble: de agitación y a la vez de paz. La calle, con su adoquinado de piel serpentina; con sus veredas anchas y arboladas (troncos delgados y copas magras) revelando un planeamiento urbanístico cabalmente representativo de los nuevos anhelos de orden; con sus toldos de comercios cuyos contenidos no llego siquiera a imaginar; sus edificios rectangulares moteados de ventanas que reptarían hasta las nubes si no fuera por esa profusa iridiscencia de chimeneas que les impide seguir creciendo; con las múltiples capas descascaradas de las paredes a los costados, con su aroma, casi, se muestra, por un lado, abrumadora e incomparable. Todo, todo hace pensar (aunque pensar no es la expresión) en una metrópoli ajetreada, bulliciosa, activa y repleta, en continuo movimiento… Y sin embargo, si miramos con atención, descubrimos que la calle, en realidad, está desierta. Allí no hay nadie. No hay ningún carruaje, ni automóvil, ni caballo. No hay grupos de curiosos frente a las vidrieras de los comercios, no hay señoras gordas conversando en la esquina, protegidas por sus finas sombrillas satinadas, no hay niños que pasen corriendo detrás de cualquier cuzquito callejero. Es decir, da toda la impresión de tratarse de una escena en ebullición, pero al mismo tiempo, no lo es.

La explicación de este hecho curioso –a pesar de fascinante– no es ningún misterio. El tiempo de exposición que usó Daguerre para tomar la fotografía fue de diez minutos. Bajo ese sol y a esa distancia, carruajes o vehículos pasando; transeúntes apurados; el vuelo de cualquier pájaro, desaparecieron de la imagen final. Todos quedaron olvidados, salvo una excepción.

Hacia la derecha en el recuadre de la imagen, cerca de la esquina, en medio de la anchísima vereda, descubrimos una figura humana. Es apenas una forma oscura, diminuta, esbelta y difusa. Está en pie, las manos tomadas detrás, dando la espalda a la avenida (el así llamado Boulevard), y una de sus piernas –personalmente, arriesgaría que se trata de la izquierda– está levantada y flexionada reposando sobre otra forma todavía más difusa unos centímetros delante.

No es necesario destacarse en el arte de la probabilística o las deducciones detectivescas para comprender lo que sucedió. Aquél hombre (ya que sólo un varón y no una mujer podría encontrarse en esa situación) consiguió impregnarse en la imagen y trascender en la historia, debido a que estaba lustrando sus botas. Este simple ritual –acaso lo hiciera cada día, en el mismo lugar, a la misma hora; acaso Daguerre lo supiera– lo obligó a hacer algo que ninguna otra persona en el agitado boulevard hacía, ni había hecho nunca frente a una cámara de fotos: quedarse quieto. Permaneció en la misma posición por lo menos durante los minutos necesarios para justificar la nueva invención de Daguerre.

Por supuesto, que aquél personaje estuviera de pie mientras le lustraban las botas implica, necesariamente, la presencia de una segunda persona. Y en este punto es donde las capacidades deductivas sí deben traerse a relucir.

Lustrando.
Lustrando.

La segunda persona, el lustrabotas, se representa en la fotografía cuando menos polémicamente. Frente al primer sujeto se observa una superposición de texturas, no mucho menos imprecisa ni mucho más voluminosa que éste. De tratarse de un hombre, se trataría de un hombre sentado. Ahora bien, un pequeño árbol se interpone entre el lente de la cámara y el probable lustrabotas. El hecho dificulta la interpretación de esta segunda mancha que podría, o no, tratarse de otro ser humano. Y con todo ¿por qué estaría alguien allí parado, de esa manera, si no le estuvieran efectivamente lustrando el calzado? Por lo tanto, utilizando un punto de vista lo más próximo a la sensatez posible, no sería difícil concluir en que el lustrabotas estaba; y que, en primer término, era más pequeño que el hombre en pié (nos cuesta poco pensar la imagen del niño trabajando en la calle, a mediados del siglo XIX, anunciando el diario, lustrando zapatos…); y en segundo término, que este joven se desempeñaba en su oficio con una marcada efusividad de movimientos. Estos dos factores nos brindarían una explicación satisfactoria a la menos formada figura número dos: allí está; los diez minutos de exposición, su menor contextura física y la velocidad de sus ajetreos la identificaron con menor nitidez. De acuerdo, pero eso no es todo.

Si continuamos guiando nuestra mirada hacia la derecha, a la misma altura en una imaginaria línea recta desde la posición del hombre en pie y a unos cuatro o cinco metros más allá, podemos entrever la ocasión de una tercera figura humana. Por su tamaño, deberíamos también interpretarla sentada; por su informidad, no tenemos otra alternativa que arriesgar opciones que íntimamente sabemos serán descabelladas. Se ha propuesto –y yo descarto– que se trata de otro hombre, sentado en un banco, de sombrero, leyendo el diario. Mi negativa a aceptar esta posibilidad es tautológica: no tiene más fundamentos que la decisión personal de no creer en ella. (Y de optar por otra, menos insípida.)

Liberada a mi imaginación, la escena que dispongo es la siguiente: el lustrabotas (apenas visible) y la sombra a la derecha (todavía menos probable) existen, y, en parte, son la misma persona. Imaginemos.

El caballero número uno llega hasta la esquina tres o cuatro minutos después de que Daguerre diera inicio al proceso fotográfico; se encuentra con los dos cajones de labor del lustrabotas, pero a ninguna persona a cargo. Levanta la vista, y entre el gentío que pasa, unos metros más adelante, divisa al mismo niño de siempre, sentado al reparo fresco de la sombra que proyectan los edificios. Lleva puesta su boina manchada de betún, su chaleco negro no menos manchado, unos mocasines que no hacen honor a su oficio. A su lado, también descansando en el banco, un oficial de policía monologa acerca de las últimas noticias relacionadas con el rey Luis Felipe, o con un supuesto re–brote de Cólera en St. Germain. Más allá de comprender aquellas cuestiones del todo o no, el niño escucha al agente con atención. Esto hace que se demore unos segundos demás en distinguir los chistidos de su cliente llamándolo. Por fin se percata de esa presencia que significa dinero, y sale corriendo hacia su puesto. En este punto han pasado cinco de los diez minutos de exposición de la fotografía.

A partir de este momento, el niño comienza con su labor. Primero embadurna de betún el trapo para cueros negros, luego lo frota sobre los zapatos, luego lustra con un cepillo cuyas cerdas ya comienzan a desprenderse por tanto uso. Todo lo hace a máxima velocidad y exagerando su afán: no quiere que el hombre encuentre ningún motivo más –aparte de su tardanza inicial– para descontarle algo de su paga. Por su parte, en silencio y abstraído en sus problemas domésticos, este primer hombre permanece tan estático como puede: no quiere que se manchen sus pantalones. En el banco, el policía (relucientes mangas blancas, vicera con insignia plateada y todo) apoya los codos sobre las rodillas, mira hacia un lado y hacia el otro y, finalmente se pone en pie y se marcha a la esquina siguiente: no quiere continuar distendiéndose cuando todavía falta bastante para que termine su turno.

Así se construye la escena que conjeturo…

Y la conjeturo, lo sé, con impunidad. Soy consciente de que ya no habrá manera de saber qué sucedió; cuántas personas exactamente (y parcialmente) aparecen en la imagen; qué estaban haciendo; qué pensaban. Mucho menos habrá manera de referir jamás a quiénes no aparecen en absoluto. Y así, por lo tanto, no habrá una Historia que pueda llegar a juzgar mis hipótesis. Está bien. Es mejor. No es la aproximación a una verdad histórica lo que me interesa. No son los fragmentos de las vidas que quedaron fuera de la fotografía ni los fragmentos de las vidas que consiguieron apenas trascender aquello que excita mi ánimo desde la primera vez que observé esta imagen… No. Lo que me fascina, lo importante es la absoluta e incuestionable presencia de ese único hombre solitario; ese único sobreviviente en el fragor de una arteria cualquiera de la ciudad más moderna del mundo, hace casi dos siglos. Su presencia en la improbabilidad. Su desacato a lo esperable. Su ironía, colosal.

Porque, sí, por supuesto no existe manera de evitar maravillarse frente a la importancia pragmática de la primera imagen de un ser humano idéntico a sí mismo; la primera imagen del hombre sin, diríamos, la más mínima falla de interpretación. Y sí, por supuesto, tampoco puede uno admirarse menos divagando en las posibilidades respecto de los ausentes durante esos diez minutos. (¿Cuántos fueron? ¿Quiénes? ¿Habrá pasado por allí, entonces, quizá rumiando fórmulas, el prometedor químico Louis Pasteur? ¿O se habrá detenido frente a algún comercio, en busca de una nueva navaja, un iracundo Étienne Cabet? ¿Ó, igualmente asombroso, habrá llamado la atención de un grupo de señoritas, un joven próximo estudiante de derecho llamado Flaubert?) Pero todo lo que podamos idear es, aunque posible y fantástico, también improbable… Y consiguientemente, no remite más interés que el de estimular la imaginación.

Las tiendas de Paris.
Las tiendas de Paris.

En cambio, la relevancia para la historia de la humanidad de ese individuó al que le lustran las botas –de su salvación del olvido– es evidente y de ningún modo sujeta a perspectivas personales. Su presencia en esta fotografía es casi una burla al triunfo de aquellos hombres que desde entonces lograron quedar inscritos en las enciclopedias del mundo. Su presencia; sarcástica, aparentemente en contra de su voluntad. Su presencia como la traducción perfecta de lo irónico: trascender haciéndose a un lado, quitándose del alcance de las luces sobre el escenario de las circunstancias.

Desde mi perspectiva, el hecho es sencillo y maravilloso. En un momento de la jornada, en un lugar de la ciudad, en un día de la semana en que todos en París se ajetreaban de allí para allá, y se esforzaban por trasladarse y llegar primeros; y se afanaban por moverse a la velocidad de los acontecimientos de la época… sólo consiguió sobrevivir aquel inverosímil individuo que se mantuvo al margen; siendo quien era, deteniéndose. Durante el improbable lapso de casi diez minutos, uno permaneció erguido, calmado, esperando, ausente.

Uno, cualquiera.

Uno, como una esterilla ignorada en medio del río proceloso de la ciudad.

Uno, que sólo a partir de la ausencia, adquirió su lugar en la crónica del mundo.

dnm.

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