diegomongelli

La última palabra

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La última palabra

Fernanda se asomó al pasillo, inclinando su cuerpecito hacia la izquierda, tomándose del marco de la cancel con sus manitos pecosas, y arrugó la frente en un gesto esforzado, imitando a su padre. Observó a lo lejos, a lo largo de la galería, cuya luz iba disipándose hasta llegar al cuarto del fondo. La puerta estaba abierta por la mitad, y las cortinitas blancas de crochet parecían dos pedazos de dientes flotando en la penumbra. Fernanda llevó su lengua al espacio vacío que había dejado una de sus propios dientes, regocijándose en la tibieza y la suavidad de esa encía que ya no le molestaba.

–¡Dale! ¡Vamos! –la sobresaltó Ema de pronto, tirándole de la manga de la blusa–. ¡Fer! ¡Daaale!

Fernanda giró para enfrentar a su prima. Con sólo dos años menos, Ema era bastante más baja que ella; lo que le confería cierto convencimiento de su rol de rpima mayor y también cierto carácter de superioridad, casi como Emita fuera una más de sus muñecas a las que podía mandonear o vestir de lo que se le antojase.

–¡Nena! Eso no se hace… –dijo, regañándola con el índice extendido–. No grites. La buela está durmiendo –y tras una pausa en la que hizo girar los ojos exagerando la indignación, agregó–: ¿No sabés que no hay que molestarla? ¡Tonta!

Ema bajó la mirada, entrelazó los dedos y comenzó a  rascar la uña de su pulgar derecho. Satisfecha con el resultado del reto, Fernanda recogió su cabello rubio y mustio y sacudió la cabeza hacia atrás, resoplando. Luego dio un golpecito sobre los dedos de su prima.

–¡Te vas a lastimar…! Ffff. Dale, vamos –le ordenó–. Pero, ¡shhh!

Doña Flora Clavero había vivido toda su vida en Mercedes. Le gustaba asegurarlo; le gustaba confirmar, siempre que tenía la opción, la inverosímil certeza de carecer de recuerdos de autopistas, de tranvías, de la Capital y de todas sus maravillas. Era una anciana por todos querida y , cuyo mundo se conformaba –y se bastaba– por su habitación de la casona familiar, su máquina de coser, el recuerdo de su marido muerto y sus nietas. Por eso, no había resultado extraño para nadie cuando, ante la proximidad de la muerte, reuniera a sus hijos y nueras y les asegurara –con esa parsimonia dictatorial que cultiva la persona mayor en el campo– que no existía posibilidad alguna de que la llevaran al policlínico, que ella no era animal cualquiera para andar faenando y que iba a recibir la muerte lo mismo que su madre, en el mismo cuarto y con la misma franqueza. Así, desde hacía más de un mes, doña Flora languidecía en esa habitación del final de la galería, siempre acompañada de la tos y de los espasmos del pecho, escabechándose, como aseguraba su hijo más grande, al aroma del alcanfor y la lavanda y la flema y el orín.

Por momentos, su indisposición se mostraba ante ella –y ante los miembros de la casa– como un paisano apático llegado de la provincia y que se iría de una mañana a otra, con tranquilidad; pero también en otros momentos, la anciana era violentada por una agonía desesperante que le fruncía los párpados en puntadas de un dolor que sólo ella conocía, y que nunca revelaba. En las ocasiones en que la fuerza del ataque se lo permitía, doña Flora susurraba –repitiéndolo como un mantra– un rezo que pedía por el Final. Su familia o la visita se congregaba frente a su lecho, impotentes, en tales circunstancias, y permanecían allí hasta que la anciana despertara, invariablemente, con la misma pregunta cada vez:

–¿Todavía estoy acá…?

Por supuesto, no había una respuesta a la pregunta; y el silencio, en vez de alegrarla, la desanimaba, haciendo que secretamente maldijera su suerte y la hora en que aquellas personas que ya no reconocía del todo, tuvieran que andar viéndola así, hecha un trapo y sin poder siquiera levantarse a hacer sus necesidades como dios mandaba.

Desde sus perspectivas, Fernanda y Ema, las más pequeñas de la familia, entendían en parte lo que estaba sucediendo. Pero no sentían miedo, ni estaban espantadas. El paso del tiempo, la repetición de los ataques y la reiteración de la misma pregunta una y otra vez, habían contribuido a que el lento proceso de la muerte de la abuela se convirtiera en una más de las cosas de la casa, lo mismo que la llegada de la leche los martes o el cacareo de las gallinas en días de puchero. Por lo tanto, muchas veces habían estado en la habitación y muchas veces habían callado, imitando a los mayores, frente a la enigmática pregunta de la abu.

Sin embargo, aquella tarde, a diferencia de otras tardes, habían decidido visitarla ellas solas.

Ema siguió a Fernanda primero dejándola alejarse unos pasos para luego alcanzarla al trotecito. Repitió esa operación tres veces hasta que estuvieron frente a la puerta entreabierta de la habitación de la abuela. Entonces, Fernanda giró y, colocando un dedo sobre los labios apretados, le recordó que debía permanecer en silencio. Entraron en puntitas de pie y se ubicaron frente a la cabecera de la cama.

La abuela Flora dormía hacia arriba, con la boca abierta, haciendo ruido. Fernanda observó a Ema gravemente, indicándole, tal como había hecho muchas veces antes, que no se moviera. Luego, muy delicada y lentamente, se corrió hacia un costado y se acercó a su abuela por el lateral de la cama. De cerca, a los ruidos de su respiración se le agregaban la tibieza del aliento y un olor raro que no era del todo feo. La piel estaba tirante, como una máscara muy finita y blanca, y sobre la máscara había manchitas marrones más o menos oscuras.

–¿Abu…? –preguntó Fernanda en un susurro, inclinándose apenas hacia delante–. ¿Abu…? –repitió.

La cadencia de la respiración no cambió en absoluto; y la expresión congelada del rostro ajado, tampoco. Fernanda miró a su prima, que se había agarrado de los barrotes de la cama, y ahora apoyaba el mentón sobre una voluta de bronce buscando acercarse a ella lo más posible sin desobedecer las órdenes que le habían sido dadas.

–(Esssta durmmmiendo…) –gesticuló Fernanda, moviendo los labios pero sin hacer ningún sonido.

Pero de pronto la enferma se sacudió, estrujó la sábana formando dos puños apretadísimos, se incorporó y se dejó caer bruscamente. Echó la cabeza hacia atrás y la arterias del cuello se le marcaron hasta el punto en que Fernanda estuvo segura que iban a romperle la piel. Ema se soltó de los barrotes y corrió hacia su prima mayor, la abrazó conteniendo el llanto y mirando a su abuela de reojo.

 –¿Qué pasa, Fer? ¿Qué pasa? –preguntó; pero los gruñidos de la anciana, que se mezclaban con los chillidos del colchón taparon sus palabras.

El ataque se prolongó durante poco más de un minuto. Las niñas –que ya habían aprendido que si la piel volvía a palidecer, eso era señal de que las cosas mejoraban– se mantuvieron en su lugar atentas al color en el rostro de su abuela. Hasta el momento, nada era diferente de lo que solía suceder. Sin embargo, el hecho de que por primera vez estuvieran solas en la habitación al momento de uno de estos accesos las empachaba de una responsabilidad que no sabían digerir. Ema dejó escapar una fila de lágrimas espaciadas y trató de liberarse del abrazo de Fernanda; pero Fernanda se mantuvo firme, sujetándola con fuerza, como si quisiera obligar a su pequeña prima a ser testigo de aquél sufrimiento tan ajeno a sus propias realidades infantiles…

Finalmente, Flora se distendió, aflojó los puños, y soltó las sábanas. Su respiración fue acompasándose y, sí, su piel pálida y gris volvió a las condiciones normales.

Ema dejó de intentar soltarse de Fernanda y se enjugó las lágrimas.

–¿Ya… hhh sigue… hhh durmiendo…? –preguntó mientras sorbía sus mocos.

Fernanda dejó de intentar retener a Ema a su lado y suspiró largamente.

–Sí, nena. Ya duerme mejor. Siempre es normal que le pase así… –había, en el tono de su voz, la intención de mostrarse, por un lado, indiferente frente a lo que había sucedido, y por otro segura y mayor a los ojos de su prima–. Vení, mirá –continuó, inclinándose hacia delante, acercando su rostro al rostro de su abuela–. Mirá, ¿ves… que ya está bien?

Y justo cuando Ema comenzaba a imitar la postura de Fernanda, los párpados enrojecidos y marchitos de la anciana se agitaron y se separaron revelando una especie de hendidura almendrada, amarilla y cristalina en cuyo centro había un pequeño lunarcito oscuro y trepidante.

–¡Hhh! –contuvo un gritito Ema.

Fernanda se incorporó y dio medio paso atrás.

Buela… –dijo–. Ho… hola…

La anciana desvió los ojos en busca de la fuente del sonido. Su mirada encontró la de Fernanda primero y la de Ema después. Pestañó, y una lágrima gruesa y densa se deslizó por uno de sus pómulos. El levísimo subir y bajar de su pecho y la consistencia de esa mirada eran las dos únicas cosas que la diferenciaban de un cadáver.

–¿Todavía estoy acá? –preguntó, haciendo acopio notable de sus fuerzas.

Ema, nerviosa, giró el cuello hacia su prima; tomó el final de su blusa y le llamó la atención con dos o tres tironcitos. Fernanda no se inmutó. El hechizo de los ojos de su abuela la tenía como encantada; el compromiso de tener que ser ella, ella ahora, ella sola, quien respondiera La Pregunta le impedía detenerse a pensar en nada más. ¿Si todavía estaba ahí? Sí. Sí estaba, claro. Si no podía moverse… claro que estaba ahí. Pero ¿para qué quería saber la abu algo tan tonto? ¿Por qué no le preguntaba algo diferente? O ¿por qué no les decía cualquier otra cosa, como antes? Ema le seguía tironeando de la blusa y ella algo tenía que responder.

–Ehh… nooo… abu… es que usted… –dijo torpemente, con la intención de explicarle algo que le parecía obvio: que ella estaba enferma y que no podía levantarse de la cama porque lo habían dicho su mamá y el médico.

Ante esa pregunta, doña Flora frunció el entrecejo, y luego abrió los ojos desmedidamente, provocando que Fernanda se callara. Sus expresiones se lavaron casi hasta el punto de convertir su rostro en una imagen de sí mismo. Su respiración se agitó. Sus labios temblaron. Intentaba decir algo.

Ema seguía aferrada a la blusa de Fernanda, pero ya no tironeaba. Quizá imitando la perplejidad de su prima, quizá realmente perpleja, sólo miraba la boca de la anciana. Fernanda también observaba esos labios que tantas veces le habían humedecido los cachetes asquerosamente, y que ahora estaban resecos como un pedazo de cactus. Había algo que le molestaba, pero no podía entender bien qué. Ya no quería tanto haber convencido a Ema de venir a ver a la abuela solas; y no quería, por lo menos, que Ema estuviera ahí. De repente, volvió a escuchar la misma voz pobre y dolida, y se dio cuenta de que su abuela estaba hablando de nuevo. Al principio le costó entender qué decía, pero finalmente lo consiguió.

Hermosahermosa… –repetía Doña Flora, como en olas suaves; y tan simplemente como eso, Fernanda sonrió, olvidando con rapidez cualquier incomodidad o miedo o asco.

Hermosa, hermosa, repetía la abuela, mirándola directamente a los ojos… Y estaba bien, porque ella era muy linda, porque todos se lo decían todo el tiempo, porque era rubia y buena y siempre había comido pan con leche con su abuela cada vez que le había pedido. Hermosa, sí, hermosa era ella… pero entonces, habiéndola olvidado por completo durante unos instantes, Fernanda recordó la presencia de Ema a su lado. Alarmada, giró y comprobó que su prima también estaba sonriendo, aunque con una sonrisa mucho más infantil que la suya, mucho más ridícula. Por supuesto, era imposible que la buela le estuvieran diciendo eso a Ema, que era chiquita, sucia y siempre tenía liendres. Pero se veía que la tonta se lo estaba creyendo.

En un mismo movimiento, Fernanda empujó a su prima con el hombro hacia la derecha y se deslizó unos centímetros hacia la izquierda. Su intención era que doña Flora la siguiera con la mirada y ya no quedaran dudas respecto de la destinataria del cumplido. Pero la anciana no realizó movimiento alguno, y sus ojos y su mirada se mantuvieron quietos, en dirección al punto hueco que había quedado entre las dos niñas. Ya no se oía lo que decía, si acaso decía algo, pero sus labios seguían agitándose, cada vez más y más lentamente.

Descreída de aquella actitud de su abuela, asombrada, Fernanda frunció los labios y aguzó las cejas. Ema había dejado de sonreír y se frotaba el hombro en el que la había golpeado. A lo mejor, no fuera tan tonta de pensar que la buela le estuviera hablando a ella, pero no iba a dejar que se lo creyera ni un poco… Porque, además, eso era imposible.

–Abu… –dijo, volviendo a inclinarse como antes, pero acercándose todavía más que antes, a esa cara tensa y gris, a esos ojos que la ignoraban enteramente y que miraban algo que no estaba delante de ellos, ni estaba en ese cuarto, ni siquiera en esa época–.  Abu… –repitió, casi apoyando la oreja a la boca desdentada, cuyos labios iban deteniéndose en su temblor–. ¿Qué decís, abu? ¿Qué yo soy hermosa, abu? ¿Qué cosa…?

Y así, como si el sonido de la voz de su nieta activara algo que había quedado apagado dentro su cuerpo marchito, doña Flora Clavero despertó. En un mismo acto, la palidez de su piel se deshizo en manchones rosados y los labios volvieron a colorearse de rojo y sus manos buscaron, tanteando, el cuerpo de Camila. Lágrimas elegantes y jóvenes le inundaron los ojos, limpiando todo resto de enfermedad y vejez, barriendo cualquier residuo de una vida de trabajo extenuante. Las muecas de su dolor desaparecieron y su cuerpo entero cobró una nueva intensidad, asumiendo el lugar que ocupaba en esa cama mientras caía la tarde en la casona.

–… hermosa… –susurró delicadísimamente esta nueva y antigua Flora– hermosa, Facundo –dijo rozando la oreja de Fernanda, que no se había movido un milímetro–. Qué hermosa es la avenida. Qué hermosas luces, Facundo. Facundo… –y a esta última palabra se agregó una exhalación más larga que cualquier otra y doña Flora cerró los ojos y apoyó su mejilla en la almohada, como si durmiera plácidamente.

Fernanda se incorporó y observó hacia donde estaba Ema. La miró a los ojos sosteniendo una intención inquisidora que obligó a la niñita a hundir el mentón en el pecho, como avergonzada. Luego permaneció unos instantes en la misma postura (ella perpendicular a la cama, la mano inerte de su abuela apoyada contra su cadera, los bracitos colgando al costado del cuerpo) y cuando estuvo convencida que el momento era el oportuno, avanzó raudamente hacia su prima tomándola de la mano y arrastrándola fuera de la habitación.

Segundos después, mientras atravesaba la galería en dirección al patio en busca de su madre –porque era su deber avisarle que la buela había tenido otro de esos, pero que se había quedado dormida y ya estaba bien– Fernanda dio medio vuelta, y sin detenerse, aseguró:

–Me dijo que a mí, nena. Que yo soy la hermosa.

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