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Ressie

                                                                                                                                 Ressie

I

Cada cosa cambia para adaptarse a alguna otra cosa, que a su vez habrá cambiado antes respondiendo a esta misma circunstancia. Hace algunos años, las hojas para impresión no se habían visto –aún– en la necesidad de adecuarse a las modernas y compactas impresoras de hoy en día. Por lo tanto, no se parecían en mucho (con excepción de la funcionalidad) a las actuales. Técnicamente, lo que cualquier persona podía comprar en la librería era una única cinta de papel en la que las páginas quedaban delimitadas entre sí por una línea micropeforada. Este límite oficiaba de bisagra y hacía posible apilarlas prolijamente, una sobre otra, como un gran y comprimido acordeón. A sus lados, se ordenaban diminutas perforaciones circulares, como puertos de enlace, para que dos ruedas dentadas encajaran en ellas y las traccionaran dentro de la impresora. A primera vista, estos atributos no parecen denotar prestaciones o ventajas especiales, pero las tenían. Porque, por ejemplo, si uno tomaba la primera hoja y tiraba hacia atrás (o largaba a correr sin soltarla), podía hacerse un simpático alboroto de la gran guirnalda en que se transformaba una pila así; y eso ya es mucho decir.

Ahora, es casi imposible conseguir resmas para impresión de esas características (pilones de hojas continuas de las que se podía tirar y obtener papel y Blanco casi ilimitados); y lo cierto es que frente a la cómoda accesibilidad de las simples e individuales hojas del nuevo siglo, esto no parece ser un problema: las otras ya no tendrían razón de ser. Pero yo adoraba a esas hojas; lo mismo que a la tante Ressie.

II

Nunca supe de qué manera se articulaba Ressie con nuestra familia. Era tía de mi madre, o prima de mi abuela, o sobrina de algún otro pariente. Como sea, siempre estuvo cerca; y nosotros –mi madre incluida– nos referíamos a ella como “tante”; la manera coloquial de decir “tía” en alemán. Nos visitaba por las tardes después de su horario de oficina. Solía llegar sonriendo, con un expresión triste y distinguida, de mujer de antes, acostumbrada al cortejo constante de los hombres.

Era bonita, pero nunca se casó. Nunca supe más que la historia de un único novio escapado del altar, un hombre necio que la había abandonado en esa clase de amor de accidente del que es casi imposible recuperarse. Secretamente, atribuyo su soledad a ese acontecimiento… Quizá sea también ese desamor el culpable de su proyección confusa de la vejez. Aunque hoy de pronto la encuentre en alguna foto de mi infancia y la reconozca joven, y la entrevea lozana y bonita, la recuerdo desde siempre como a una mujer mayor.

No tuvo hijos. Sus sobrinos, los hijos de su hermano, eran el impulso y el final de todas sus ilusiones. Los quería como propios. Me habría gustado escuchar las palabras de ellos refiriéndose a su tía; pero casi no los conocí. (Sólo los crucé dos o tres veces en toda mi vida –hasta el momento–; la última vez, en su velorio.) Después de sus sobrinos seguíamos mis hermanos y yo. También –y me gusta creer que esta es la expresión exacta– nos adoraba, aunque de una manera diferente. Y nosotros la adorábamos a ella.

III

Es curioso y esperanzador descubrir cómo casi cualquier cosa puede convertirse en objeto de predilección para un niño. De chiquito, uno de mis juguetes preferidos era una diminuta tijera de viaje. Se trataba de una tijerita que podía plegarse y llevarse en cualquier bolsillo de costurero. No tenía insignias curiosas, ni colores llamativos, ni formas extravagantes. Ni siquiera brillaba especialmente. Pero plegada hasta la mitad, los dos aros de metal para introducir los dedos se alineaban perpendiculares a la punta, y en mi imaginación esa tijera se convertía en la nave espacial de diseño más perfecto que ingeniero galáctico habría llegado a concebir. Pasaba horas y horas haciendo participar a la nave en aventuras peligrosísimas, enviándola de un universo a otro, u obligándola a combatir contra gigantes humanoides que amenazaban a todo el planeta. Una simple tijera de viaje, que de la misma manera que un pilón de hojas blancas, colmaba mi capacidad de invención y me dejaba agotado de alegría cada vez que me lo proponía.

A veces era yo mismo quien abría la puerta a Ressie; otras, bajaba a la cocina y ahí ya estaba, sentada a la mesa, mientras mi mamá y mi abuela preparaban el mate. No recuerdo un guiño particular en su manera de tocar el timbre; quizá no lo tenía. Pero todos sabíamos cuando era ella quien había llegado. A nosotros, los más chicos, nos excitaba particularmente su visita. Durante años (hasta que el impudor previo a la pubertad nos lo permitió) corríamos a su encuentro seguros de recibir algún regalo. Y mayormente, eso sucedía. Por lo general se trataba de golosinas; por lo general, estas golosinas eran un paquete de YAPPA. Uno para cada uno. Las YAPPA eran unas pastillitas rectangulares, muy pequeñas, que parecían grageas de algún remedio. El paquete las apilaba una sobre la otra, y así aprisionadas por un papel de colores con imágenes de animales formaban una especie de varita. Venían en color rosado, celeste, amarillo claro… y al comerlas, daban la sensación de estar masticando pedacitos de azúcar endurecida. Si uno abría el envoltorio con cuidado, podía coleccionar imágenes de animales. (Muchos años después, descubrí que las YAPPA habían sido algo así como la versión vernácula de las norteamericanas PEZ: nada por lo que volverse loco).

Como dije, la mayoría de las veces nuestro regalo de cada tarde eran estas golosinas, o, llegado el caso, algún calco autoadhesivo sin demasiada gracia. Pero otras más extraordinarias tardes, Ressie llegaba con una pila de hojas de impresora que sacaba de su trabajo; hojas inmaculadas, radiantes, unidas una con la otra en un sinfín de posibilidades. Al igual que la tijera, estas hojas no tenían insignias, ni colores llamativos, ni formas extravagantes. Durante unos minutos quedaban sobre la mesa; nadie animándose a tocarlas. Ressie las custodiaba distraídamente, como sin querer, paseando su mirada desde el mate hasta nuestras sonrisas, como asegurándose que todavía –hojas blancas y sonrisas ansiosas– siguieran ahí. Entonces, de pronto y porque sí, sin que ningún adulto nos hiciera ninguna seña, las arrastrábamos hacia nosotros y, tan equitativamente como podíamos, dividíamos y repartíamos el botín.

IV

Por esa época me encantaba dibujar; incluso presentía hacerlo muy bien. Una parte de mí confiaba en que iba a crecer para convertirme en arquitecto. Por lo tanto, asiduamente diseñaba y diagramaba camas marineras con forma de arca para que en ellas durmiéramos mi hermano y yo; garrapateaba los esquemas de lanchas y barcos con exclusivos camarotes para mascotas, y, sobre todo, dibujaba y pintaba un montón de helicópteros a los cuales, por más que me esforzara, no conseguía encontrarles diferencia alguna con los de verdad. En dibujos consumía entonces las hojas de Ressie. Con diseños y colores las tapizaba delante, detrás, en cada rincón.

No estoy muy seguro de qué sinfín de otras maneras jugaba yo con esas hojas, pero también recuerdo animarme a algunas manualidades, a la confección de avioncitos para competencias, a recortes de guirnaldas “reales”. Después de unas horas –y, si teníamos suerte y el cargamento había sido cuantioso, después de un día o dos–; la provisión de hojas de las que se podía tirar y obtener Blanco y papel –y diversión– casi ilimitados se acababa hasta la próxima vuelta.

V

Pero esos obsequios no lo eran todo. Ressie era una persona adorable por muchos otros motivos. Por ejemplo, sonreía cada vez que su conversación se dirigía a mí o a cualquiera de mis hermanos, o siquiera tenía algo que ver con nosotros. Sonreía cuando escuchaba lo que fuera que se nos ocurriese contarle, y nos escuchaba con la misma atención que se le presta a un adulto… También había una cierta característica de bondad que me es difícil de explicar. Un atributo de entrega máxima que endulzaba sus maneras y enaltecía sus actitudes. Y es que en algún momento, ella había tomado la decisión de consagrar el tiempo y la energía a sus sobrinos; y entonces de esa manera vivía ahora, olvidada de sí misma, atenta a las posibilidades de intervenir en sus vidas, de cuidarlos y llenarlos de atenciones. Yo era conciente de esto, pero no sentía celos. Saberme parte de las personas queridas por Ressie me parecía suficiente.

VI

Ressie vivía en un cómodo semi-piso con más prestaciones de las que ella necesitaba; tenía un balcón largo que bordeaba cocina, living comedor, un cuarto y otro cuarto. De cualquiera de estas habitaciones se podía salir al balcón y llegar a cualquier otra. La cocina era ajustada; el living, amplio, con una mesa para diez personas y un sillón que dividía la sala. Todo en el departamento se sentía confortable.

Pasaba sus cumpleaños con la familia de su hermano; pero había ocasiones en que toda mi familia –tíos incluidos– íbamos a cenar a su casa, y de cierta manera festejábamos retroactiva o anticipadamente. En esas raras ocasiones, Ressie nos consultaba acerca del menú con semanas de anticipación. Nosotros insistíamos con milanesas y papas fritas, y ella se negaba prudentemente, divirtiéndose a nuestra costa, segura de que de todas maneras accedería al pedido. Asistíamos a la cita apenas oscurecido el día. Sin importar cuántas veces la hubiéramos visitado, no bien se abría la puerta del palier corríamos a trepar y saltar sobre un banco de asientos circulares empotrados en la pared. Mi papá nos retaba al pasar, y sonriendo entrábamos en el ascensor. No sé a qué respondía, pero tengo la lúcida impresión de que el viaje hacia el octavo piso se hacía entre sombras. La luz del ascensor era tenue y los pasillos de cada piso permanecían siempre a oscuras. Al llegar arriba, la puerta al final de su corredor estaba ya entornada, como si algún árabe bandido hubiese anunciado las palabras mágicas provocando que esa cueva de tesoros que era su casa se abriera para esperarnos. Esa imagen me producía de una mezcla de ansias y nervios y una pizca de incertidumbre o miedo absolutamente distintivos; y me encantaba.

Una vez dentro, el aroma del lugar, era el perfecto complemento a la sensación táctil que se obtenía con la visita. Los primeros pasos se daban sobre un suelo mullidito de alfombra continuamente recién estrenada; el sillón se hundía muy poco con el peso de los cuerpos y acariciaba la piel con sus texturas de plush; y las sillas de la mesa principal lo sostenían a uno con fuerza y gentileza. Así, el aroma del departamento de Ressie se percibía mullido, acariciador y gentil; lo que a la vez correspondía de la misma forma –es decir, perfectamente– con la manera de ser de la dueña de casa.

VII

Mucho menos frecuentes, pero mucho más estimulantes, eran las veces en que ya por la alineación mística de los astros, ya por la fortuna práctica en que la vida cotidiana suele desencadenarse –y nuestros padres organizaban alguna actividad que no podía incluir a los cuatro hermanos; y Ressie no iba a visitar a sus sobrinos, quizá de viaje en el Sur– se nos concedía la gracia de pasar un día y una noche solos en cu casa. Siempre íbamos de a dos. Ella nos buscaba el sábado por la tarde, después de almorzar, y mientras conversábamos muy serios acerca de nuestras actividades escolares, caminábamos las ocho cuadras hasta su edificio.

En estos casos el menú era mucho más amplio y variado que el de las noches en familia. Antes de subir entrábamos en el minimercado y, no sin vergüenza, seleccionábamos los alimentos que debían abastecer, estratégicamente, la merienda para esa misma tarde, la cena y el desayuno del día siguiente. Comíamos en la mesita de la cocina, casi en silencio.

Quizá, el componente mágico que conservaba la casa de Ressie fuera resultado de lo poco que la frecuentábamos. Como sea, siempre era una alegría. Y esto lo recuerdo así, incluso teniendo en cuenta que allí mismo viví una de los sucesos más calamitosos de mi infancia.

No podría asegurar mi edad ni la de mi hermano, calculo que yo tendría ocho y él, seis. Habíamos cumplido con el ritual del éxodo de sábado al pie de la letra –caminata, charla, compras– y estábamos terminando o de almorzar o de merendar. Por fin, Ressie nos dio permiso para ir a mirar la televisión, y mi hermano y yo salimos disparados hacia el living. A un costado del extenso sillón frente al televisor se alienaba una mesita triple (tres mesitas, en realidad: la segunda más pequeña que la primera, y la tercera más pequeña que la segunda; una –inexplicablemente, imprácticamente– debajo de la otra) y sobre ésta, unos cuantos figurines de madera con forma de carpincho, de zorro y de venado. En nuestra carrera por llegar en primer lugar al sillón –que habría significado además del placer de poder acostarse a mirar la tele, el tener el mando del control remoto– sucedió la tragedia

Mi hermano había ganado la curva saliendo de la cocina, pero en un giro por fuera yo conseguí cerrarle el paso. De la única manera en que él podría haber superado mi posición en ese momento habría sido pasando casi por sobre la mesita triple; y fue eso lo que intentó. Dio un salto confuso buscando acceder al apoyabrazos del sillón. Yo, sin poder detenerme, corrí el cuerpo hacia la izquierda y utilicé mi hombro para empujarlo. Él perdió el equilibrio y su improvisado vuelo terminó en un aterrizaje, forzoso, de boca sobre la mesita. Luego, un segundo de quietud compacta; y después, otro segundo o dos, que usamos para entender lo que había pasado. El propio silencio de Ressie, viniendo desde la cocina, fue lo que más me alarmó. Finalmente llegó su pregunta; entonces mi hermano se llevó una mano a la boca y la retiró cubierta de sangre; me miró con los ojos muy abiertos. Empezó a llorar: en el agujero negro de bordes colorados y brillantes que ahora era su boca podía notarse la ausencia clara, acusadora, de la mitad de sus dos paletas.

Quizá él distinguiera la alarma de mi mirada; porque, a la vez, bajamos la vista y vimos los pedacitos de diente resplandeciendo sobre la alfombra. Su llanto aumentó en intensidad. Ressie entró en la habitación y llegó hasta nosotros y no necesitó más de un instante para comprender todo. Desesperada, ella también al borde del llanto, recogió los dientes, limpió la boca de mi hermano, nos agarró del brazo y salimos en carrera de vuelta a la casa de mis padres. A mitad de camino mi hermano ya se había calmado; pero no tante Ressie.

Yo traté de explicarle a mi mamá que todo había sido un accidente; y cómo había sido el accidente. Quería limpiar de responsabilidad a Ressie, pero creo ahora que a sus propios ojos eso habría sido imposible. Recuerdo la toalla ensangrentada que ella no soltaba, a la vez se deshacía en disculpas caminando de punta a punta la cocina; recuerdo a mi hermano, por fin verdaderamente asustado ante el miedo contenido de mi mamá; recuerdo la sensación de culpabilidad que empezaba a crecer en mí, mientras mi madre al teléfono le pedía a mi papá que por favor viniera.

A pesar de que los dientes no fueran de leche, esa misma noche mi hermano ya tenía sus paletas re-hechas y el acontecimiento empezó lentamente a quedar en el pasado. Y, también, a pesar de que la historia de los dientes partidos y la corrida hasta la casa y la búsqueda del dentista de turno y las marcas sobre la mesita (claras, delineadísimas) que permanecieron ahí por años –quizá aún estén ahí– se fueron transformando con el tiempo en algo que se utilizaba para idear chistes que nos hicieran reír a todos… a pesar de ese devenir de los acontecimientos, nunca conseguí sentirme bien al respecto. No sólo había herido con seriedad a mi hermano, sino que había hecho sentir verdaderamente mal a la tante Ressie; y hacer sentir mal a alguien tan bondadoso es imperdonable.

VIII

No recuerdo cuándo fue que supe de su enfermedad. Sí recuerdo, por el contrario, la primera tarde que llegó con su gorra de lana.

Hacía varias semanas que no pasaba a visitarnos, aunque eso no me había alarmado. (Imagino que en la pubertad, la posibilidad de la muerte es algo que queda resguardado en los cajones menos accesibles de la conciencia; o, quizá, más acorde con la imagen de Ressie y la órbita de sensaciones sanas y alegres que la rodeaban, la muerte no fuera todavía algo con lo que pudiera asociársela.) Entró sonriente, como siempre, pero los cuidados excesivos de mi abuela, tomándola del antebrazo y ayudándola a pasar el escalón que dividía garaje de cocina, junto con las risas de mi mamá, casi forzadas ante cualquier frase de Ressie, revelaban una preocupación que nunca antes había visto en nadie; o mucho menos sentido por mí mismo.

IX

Pasaron varios meses, y las visitas de la tante Ressie a nuestra casa se hicieron más esporádicas. En su ausencia, se llegó a hablar abiertamente de su enfermedad y del estado y el progreso del tratamiento; sin embargo tuvo que correr mucho tiempo para que se pudiera mencionar la palabra cáncer no sólo sin sentir esa incomodidad ante lo políticamente –y en este caso, familiarmente– correcto a la hora de guardar el decoro, sino, por otra parte, sin verse uno perseguido por esa extraña presunción del optimismo que nos indica que cuanto menos pronunciemos aquello que nos atemoriza, menos probable será que sea cierto.

Y es cierto… En aquel tiempo sentí por primera vez la gravedad traslúcida que escondían ciertas palabras, más o menos precisas, que a Ressie le gustaba repetirnos (especialmente a mi hermana mayor) a medida que íbamos creciendo. “¡Ay! Vane, Vane, qué loca; las cosas que decís… Lástima que yo ya no voy a estar ahí…”. Usualmente, las cosas –locas– que mi hermana o cualquiera de nosotros decía podían tener que ver con el menosprecio o las ideas equivocadas en relación con una pareja, o la poca importancia de tener una; pero siempre ese fatídico “ahí”, en el que Ressie se lamentaba a su manera de no poder estar en el futuro, refería a la fiesta de alguno de nuestros casamientos. Frente a esas palabras suyas yo reaccionaba con desdén fingido, y cuidadosamente la trataba de loca a ella, y le sonreía mordiéndome el labio inferior, sosteniendo el gesto con la onomatopeya de un rumor de niño no tan niño, y me alejaba a mirar la televisión o a recostarme en el piso de cerámica de la cocina con la excusa de refrescar el cuerpo.

No creo que Ressie sufriera por dentro con esos vaticinios que nos aseguraba cada tanto, de hecho tampoco tengo la seguridad de que se los creyera. Como sea, no comprendí la fuerza imparable de sus palabras hasta que dejó de venir a causa de la quimioterapia, y hubiese preferido que nunca las hubiera dicho, a esas palabras, o haber reaccionado diferente por mi parte, aunque no sé de qué manera.

X

Pero Ressie se curó.

Todos deberíamos disfrutar del derecho de por lo menos una recuperación magnífica, y ella hizo uso del que le correspondía. No hubo un anuncio oficial, ni un día que ofició de bisagra, un antes y después en el tratamiento. Simplemente, las afirmaciones de que los resultados iban dando bien se empezaron a repetir y los llamados telefónicos se hicieron más frecuentes, hasta que una tarde Ressie volvió a llegar. Se la veía mucho más delgada, todos sus movimientos parecían haberse reprogramado a una tierna cámara lenta, y todavía llevaba la gorra, pero, a diferencia de antes, debajo de ésta asomaban esperanzadores mechones de pelo desgreñado. Su humor reconfortante y su candidez en la conversación no cambiaron. Daba la impresión de estar orgullosa con su victoria; y el orgullo que nace de una victoria por todos inesperada siempre es más dulce. Podía decirse que había vuelto a ser feliz, si alguna vez había dejado de serlo, y esta felicidad era más fuerte por haber sido recuperada y, quizá, por tratarse de la última.

XI

Nunca es uno la misma persona que fue el día anterior y nunca deja uno de serlo. Alguna vez escuché que todas las células de nuestro cuerpo mueren y se regeneran en un período de siete años. La parte ridículamente descreída y pragmática de mí se niega a creerlo; la parte de mí que no piensa de esta manera puede llegar a reflexionar filosóficamente al respecto… En el período que siguió a la recuperación de Ressie, desde entonces hasta su recaída final –durante los años en medio de esos dos momentos–, estos cambios de los que hablo obraron en mí con la mayor intensidad. Yo y mis hermanos éramos los mismos; pero ya no completamente. El eufemismo más común para referirse a esa transformación suele relacionarse con el verbo crecer (“los chicos crecen”, “los chicos ya están crecidos”); y supongo que lo que pasó fue que nosotros también encajamos en esa categoría. No disminuyó el cariño que yo sentía por la tante Ressie, pero nuevos intereses o, más precisamente, desintereses, aparecieron e hicieron que ya no fuese del todo apropiado salir corriendo a indagar por posibles regalos o que ya no fueran del todo inocentes los comentarios acerca de posibles novias o novios.

La adolescencia llegó haciendo su parte, y las YAPPA y las hojas de impresión se fueron y cambiaron por dos o tres billetes doblados, entregados casi como algo impúdico cada año en nuestros cumpleaños. Comenzamos a ver menos a Ressie, y por último, las cenas en familia se convirtieron en raras gemas hasta quedar determinantemente en el pasado. Ella, quizá previendo que no le quedaba mucho, dedicó su tiempo a sus sobrinos. Viajó, se acercó más a ellos, se distanció más de nosotros; y, sí, finalmente crecimos.

XII

La última vez que la vi con vida, Ressie descansaba desde hacía varias semanas en la cama de una clínica privada. La visitamos, también, un sábado por la tarde. Era un día templado de invierno, de esos que hacen que uno se sienta más liviano y que provoca que la ropa calce mejor. Mi papá estacionó el auto en una calle abovedada, repleta de árboles altísimos, frente a un parque. En mesa de recepción nos indicaron el piso y el número de cuarto en el que la encontraríamos. Subimos en dos tandas –los ascensores exageradamente iluminados– y llegamos a un amplio pasillo de alfombras. Mi mamá golpeo la puerta mientras la abría y pedía permiso.

Yo nunca había estado en un hotel cinco estrellas –nunca estuve, aún al día de hoy, de hecho, en un hotel cinco estrellas–, pero tuve la sensación de que así debía de ser: todo lujo y placidez; la habitación, en realidad, dos habitaciones en una. Al dejar la primera, pasando el sillón la mesita, y las sillas tapizadas debajo del televisor, atravesaba uno el pasillo (donde estaba la puerta para el baño de visitas) y llegaba por fin a la habitación del paciente. Un ventanal dilatado ofrecía una vista hermosa de las copas de los árboles y de la Biblioteca Nacional. Me sentí bien por Ressie, y me dije que era imposible no recuperarse, de lo que fuera, en una clínica como ésa, y con un paisaje como aquél, y sonreí y vi a Ressie que también sonreía. Pero su sonrisa, a pesar de sincera, era dolorosa.

Claramente hacía un esfuerzo físico por mostrarse alegre ante nuestra visita. Tuve ganas de decirle que no era necesario, que estaba bien que sufriera si tenía que sufrir, que no se molestara por nosotros… Pero todo era muy extraño. Su cuñada se acercaba y acomodaba las almohadas bajo su espalda. Mi mamá ofrecía bajar a comprar algún jugo. Mis hermanas, incómodas, se hundían en el segundo sillón; y el tiempo parecía sólido, casi como gelatina.

No conversamos mucho esa tarde, Ressie tenía frío y le costaba hablar sin sentir dolor en el pecho. Yo, desorientado, volví a sonreírle como siempre, mordiéndome el labio inferior, asegurándole –con un desparpajo adolescente aborrecible– que estaba loca y que ya pronto iba a salir para volver a hacernos la vida imposible y vernos de la mano de alguien bien el día de nuestro casamiento; pero sabía que le estaba mintiendo.

XIII

Veía una repetición de Los Simpson con mi novia, recostados en la cama cuando me enteré de su muerte. Fue un día entre semana, por la noche. Desde mi pieza divisaba el descanso de la escalera en el primer piso. Sonó el teléfono. El rumor de los timbrazos había sido el mismo de siempre, sin ningún guiño particular, pero todos supimos de qué se trataba. Mi mamá apareció en la escena subiendo apurada y secándose las manos con el delantal antes de atender. Casi no dijo una palabra (no sé quién habrá llamado), balbuceó uno o dos sí, y preguntó en dónde. Colgó con la mirada atascada a mitad de camino entre la consternación y el dolor. Apretó el vuelo del delantal con las dos manos y lo llevó estrujándolo hasta sobre su mentón. “Murió Teresa”, dijo, muy suavemente, justo un segundo antes de empezar a llorar. No pude moverme. Quizá para evitarnos la escena de su pesar, quizá para no verse en la necesidad de compartirlo, mi mamá se escabulló en su habitación. Yo volví a mirar hacia el televisor al mismo tiempo que todos los sonidos a mi alrededor se oscurecían y se perdían en una inmensidad de pensamientos blancos que rondaban recuerdos de  Ressie, pero que no la podían asir. No lloré o dije ninguna cosa. Mi novia dio media vuelta, me abrazó y compartió mi silencio mientras yo pensaba en la verdad de las palabras de Ressie y en que ella ya nunca vería nada de eso que era una gran parte de sus anhelos, que significaba el fin de eso mismo que me estaba sucediendo a mí en ese momento, abrazado a una mujer, y que de cierta manera, me atrevo a conjeturar hoy, la habría completado.

Más tarde bajamos a cenar. Lo hicimos en un silencio que era tristeza y respeto. Mientras se levantaban los platos, decidimos por fin cómo haríamos al día siguiente, para el velorio y lo que fuera; y todos empezamos a calmarnos y a permitir al pesar salir de donde no había podido salir hasta entonces. Por último, con el café, se teorizó acerca de la crudeza y la injusticia de esa enfermedad, se refirió a anécdotas y se dejó en claro (cada uno de nosotros a su manera) que de verdad la habíamos querido.

Algún tiempo después, quizá años, me separé de quien era entonces mi novia.

XIV

El velorio se realizó en Ballester, en una humilde sala de un barrio de la comunidad alemana exiliada en la Argentina. Mi papá nos había dejado el auto; y yo manejé hasta allí, llevando a mi mamá y creo que a mi hermano. Antes de llegar pasamos por un banco donde mi mamá cobró la última jubilación de Teresa (desde un tiempo atrás había sido ella la encargada legal de cobrar su jubilación), para minutos después entregársela a su cuñada en la habitación contigua a donde su cuerpo –blanco y ajado como leche congelada– estaba metido en un cajón angostísimo, horrible.

Sólo entré a mirarla dos veces, desde lejos. Me fastidiaba tranquilamente sentir que sus sobrinos y otros familiares que yo no trataba estuvieran desconociendo el dolor que me provocaba su muerte. Esperé la mayor parte del tiempo sentado en un banco, saliendo hasta la vereda de tanto en tanto y tratando de no pensar. No tuve éxito. Así como aquella tarde en que había visto llegar a Ressie por primera vez con su gorra de lana, y comprendido la gravedad de sus palabras, de la misma manera, esa mañana en la que sólo esperaba que pasaran los minutos, comprendía que ya nada sería lo mismo, y supe lo difícil que sería obtener de allí en más algo, pastillitas de colores, calcos, hojas de impresión como acordeones comprimidos, lo que fuese, de lo que tirar y obtener alegría o diversión ilimitadas… y por fin lloré.

XV

En el cementerio éramos muy pocos, unas diez personas en total. El cielo se deslizaba gris y por momentos, amarillo, como si la claridad del sol se negara a mostrarse totalmente. Mi madre parecía estar sufriendo el frío, aunque no hiciera tanto.

No podría hacer la crónica de cómo se dio todo: si hubo misa, si no la hubo. Sólo retengo, con claridad, el momento en que me acerqué al cajón y agarré una de las empuñaduras de metal que me lastimaban la mano, y junto con otros hombres llevamos el ataúd hasta un sofocante cuartito de puertas vidriadas. También retengo que, mientras la llevábamos, me sentí feliz de estar ahí y de ser yo uno de quienes la sostuvieran y no cualquier otro. De alguna manera era algo que le debía.

Hoy sé que todos estos recuerdos me acompañan incluso en los momentos en que los olvido por completo. Por supuesto, jamás llegué a decirle a Ressie todo lo que la quería; no explícitamente. Pero no es algo que me reprocho. Con el paso del tiempo, con la costumbre de ser adulto, se van descubriendo perspectivas que antes nos habrían parecido sino inexplicables, con seguridad, zonzas. Así, hoy consigo entender que la sonrisa de un chico frente a un montón de páginas en blanco puede ser una declaración de ternura tan real como el esfuerzo literario para evitar que una persona querida se pierda en el pasado. Y este es mi mejor esfuerzo.

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