diegomongelli

¡Silencio!

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1

Una persona, un hombre, recibe un sobre bajo la puerta. En el sobre hay dinero; y una nota. La nota, pide, amablemente (y al mismo tiempo conlleva cierto tono de amenaza), que durante lo que reste de esa jornada y hasta la mañana siguiente, el o los ocupantes de ese departamento procuren hacer –y sólo en caso de una necesidad apremiante, “tal siquiera eso”– el menor ruido posible. La solicitud está firmada El vecino del 5to. D.

La persona que recibió el sobre (lo encontró de casualidad en su camino hacia la cocina, en busca de un café con leche, en el intento de engañar al estómago hasta que se haga una hora razonable para la cena) lo lee inmediatamente. Tras dudarlo unos instantes, abre la puerta, y se asoma. El pasillo está desierto y la luz apagada. Mira hacia un lado y hacia el otro y justo antes de volver a encerrarse en su hogar, comprueba que la última puerta de la izquierda se abre lentamente, comenzando a formar una grieta de luz sobre la fórmica…. y cierra a toda velocidad.

Regularmente, lo que restase de una tarde/noche como aquella –día de la semana corriente y rutinario– significaría para ese hombre un suave deslizarse hacia la medianoche, cumpliendo ciertas rutinas domésticas, hasta quedar dormido con un libro sobre el pecho. Pero ahora… De pronto agitado y tembloroso, estrujando la nota y los billetes, busca la llave y cierra la puerta con la tranca. Las dudas lo invaden y lo agobian antes de poder llegar a comprender lo infantil de esa angustia creciente. Es mandatorio que se tranquilice. Pasan algunos minutos en los que enciende y apaga el televisor, se incorpora y vuelve a desplomarse en el sillón, busca con la mirada el teléfono pero no lo encuentra. Entonces, se da cuenta de que todavía no inspeccionó con atención el interior del sobre.

Encorvadamente, como si alguien estuviera observándolo, cuenta los billetes. Hay mil ochocientos pesos. Con ese dinero podría, casi, cubrir el alquiler de un mes. Pero… ¿por qué se lo estaban entregando? Realmente, ¿por qué?

2

El análisis de pros y contras respecto de la situación en la que se ve involucrado es veloz e incompleto. La conclusión está determinada por su propia cobardía. Se incorpora, abre la puerta, sale al pasillo, llama al ascensor. Baja los siete pisos hasta el Quinto mirándose en el espejo del ascensor y golpeteando en el sobre –sobre la nota y sobre los billetes– con la punta del pulgar. (No sigue ningún ritmo específico.)

Los pasillos del piso al que llega están iluminados y despejados. En un segundo, el cobarde aventurero da un vistazo a todas las puertas. Todas están cerradas. Exhala, junta valor y se encamina hasta el departamento con la nomenclatura “D”. Va mirando sus pies. Frente a la puerta indicada se detiene dando un cuarto de vuelta; el mentón todavía hundido en el cuello.

Tras una pausa, forma el puño, levanta el brazo, va a golpear… y se paraliza. Con prolijidad y esmero tan denodados como evidentes (tanto que le parece el acto de un maniático), sobre la puerta, justo debajo de la mirilla, alguien ha pegado un cartelito. De tan prolijo, el texto da la impresión de haber sido escrito por un escolar; casi por una mujer, quizá por una mujer. El mensaje es igual de claro que el del la nota en el sobre. No se dirige a nadie en particular; lo mismo podría estar destinado a él como a cualquier otro, en caso de que hubiera otros en su misma situación.

En primer término la nota reclama que, por favor, se evite tocar la puerta (o el timbre). Luego explica que no, que lejos está de tratarse de una broma, que no es realmente necesario dar explicaciones finales, que mejor regrese, calladamente, a su departamento, o que (en un escalofriante acopio de humorismo) vaya y disfrute del dinero que, no es mucho, pero tampoco, tan poco.

Al cabo de la lectura, la persona recoge su brazo, afloja el puño guardando la mano en uno de sus bolsillos y regresa a su departamento sin haber llamado a esa puerta.

3

Otra vez solo y luego de la excursión, no siente que la inquietud y la ansiedad hayan disminuido. Su casa es pura penumbra y pronto ya no distinguirá más que las siluetas de los muebles. Sin embargo, ahora, encender la luz le parece una especie de desacato, de provocación que no se condice con su naturaleza atemperada y conciliadora. Pero las luces no implican el ejercicio del sonido… y por otro lado ¿por qué debería obedecer? Nunca vio al vecino del remitente del sobre. O si lo vio, no lo recuerda. Además, nada le impide escribir él mismo otra nota, disculpándose, explicando que no le parece apropiado acatar a mandatos de esa clase, mucho menos a aquellos que impliquen la aceptación de dinero (“porque, por supuesto, usted comprenderá que en los tiempos actuales, todo eso puede conducir a malas interpretaciones y futuras potenciales rispideces entre vecinos, entre socios, más precisamente, de lo que no es ni más ni menos un contrato de convivencia en un mismo edificio…”), aunque nada de esto implicará que vaya hacer de su forma de vida aquella noche, ni los días que sigan, un rimero de estrépitos malintencionados ni mucho menos; y entonces, tampoco hay nada que le impida, luego, meter la nota en el mismo sobre (dinero y todo) y deslizarla por bajo la puerta de quien la envió… pero… Y así pasan los minutos.

De pronto, de imprevisto casi hasta para él mismo, enciende la luz y prácticamente corre hasta la habitación, abre el cajón del escritorio, toma un lápiz, recorta un pedazo de papel de cualquier cuaderno y, sin sentarse, apoya la punta de grafito en el ángulo superior derecho de la hoja. Pero no escribe. Lo que tan elocuentemente consiguió pensar unos minutos antes pesa ahora el peso de mil toneladas, y no puede manejarlo. Lo que tenía para decir, y así dar por terminado todo este embrollo al que se había visto arrastrado contra su voluntad, sorpresivamente, muestra la masa de la neblina de invierno y por más que abre los ojos no consigue sino distinguir un blanquecino aura impreciso.

Deja caer el lápiz y reconoce que en su mano derecha sigue sosteniendo el sobre con el dinero. Sale de la habitación. Prácticamente –de nuevo– corre hasta la puerta de entrada y otra vez –otra– interrumpe su iniciativa. ¿Qué estaba haciendo? Decide por fin, de última y, por lo menos, hasta el otro día, actuar como un hombre; o lo que más se aproxime a ese epíteto. Entonces se desploma en el sillón, se quita los zapatos sin usar las manos, arroja el sobre al piso –mucho menos inintencionadamente de lo que hubiera preferido– sube las piernas a la mesita y enciende el televisor. Luego de un pop silencioso la pantalla negra se enciende en colores y formas y movimientos y, por supuesto, sonidos. Baila una persona en la pantalla, grita, vociferando obviedades, otra persona en la pantalla; late el sonido de una canción que él reconoce y que desconoce; y paulatinamente lo va cubriendo una especie de hálito anestésico no poco gratificante. Primero un ojo se cierra y vuelve abrirse, seguidamente el mismo ojo repite la operación y finalmente ambos párpados se relajan y…

4

No está seguro si termina de imaginarlo. Quizá el timbre ciertamente acaba de sonar. Quizá el sonido haya venido desde el televisor mientras él se quedaba dormido… Siempre descreyó de la verosimilitud de las percepciones en duermevela; pero esa noche, a lo mejor… Como si no se lo estuviera proponiendo del todo –y con cada milímetro que su cuello gira, que su mentón avanza, que su codo se retrepa en el respaldo del sillón sabe, con cada segundo desde que su voluntad lo obliga a mirar hacia atrás, sabe que está a punto de corroborar que el timbre sí sonó– observa en dirección al timbre (y a la puerta) y descubre el sobre (otro sobre) renovadamente deslizado dentro de su propiedad. Siente la obligación de incorporarse, arrastrar sus pasos hasta allí, recoger el sobre, volver a leer el mensaje –porque entiende que nadie se molestaría en dejarle un sobre vacío– y tratar de comprender qué es lo que está pasando. Siente eso y eso hace. (De fondo, el hálito de tranquilidad mezcla de imágenes y sonido va convirtiéndose en una especie de mal aliento de angustia creciente; y eso también lo tiene claro.)

Lee, agitado, lo siguiente:

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En la cara del hombre lector y sobre sus expresiones se distingue el tránsito desde la confirmación del miedo –pasando por el surgimiento de una mueca de incredulidad– hasta el asentamiento precoz y todavía tímido del enojo. Frunce el ceño especulando si permitir que ese enojo florezca en una bronca aplicada, si salir corriendo hasta el quinto piso, tirar abajo la puerta de ese otro personaje y arrojarle los billetes en la cara… Y entonces, las expresiones se desvanecen; o se instalan en esa circunstancia de aroma idiota en que la ambición se impone sobre los demás deseos, aunque intentando, por todos los medios, pasar desapercibida. Los billetes. Extrae los nuevos billetes del sobre. Inmediatamente nota que son de una denominación mayor a la de los anteriores. Cuenta. Vuelve a contar. Dobla el fajo al medio y lo aprieta con tenacidad. Hay diez mil pesos.

5

Es importante comprender ahora, al observar al hombre, que el acto de volver a estar sentado en el sillón no se parece en nada a la misma situación de media hora atrás. Se verá la inquietud contrayendo e incomodando la mayoría de los músculos del cuerpo del protagonista; se deberá distinguir (y así sucede) el movimiento constante del talón sobre la alfombra, de los codos no pudiendo encontrar un lugar del respaldo que no represente un calvario, de los ojos dirigiéndose hacia todos los rincones del cuarto y de cierta manera arrastrando el flequillo en esas direcciones. El hombre experimenta un estado nuevo de su percepción: si bien creyó conocer qué significaba la angustia, o la ansiedad, o la frustración nerviosa; nunca antes se sintió de esa manera. Está (debemos estar seguros de su situación; y creerlo) desesperado.

Ha juntado los dos fajos de billetes (el magro y el cuantioso) en uno solo. Delante de él, sobre la mesa baja, lo observa como a un objeto macizo y no como a la sumatoria de unos rectángulos de papel. Pero su mirada no logra detenerse sólo en ese objetivo. El televisor está apagado, lo mismo que todas las luces del departamento. El único resplandor (aunque es exagerado denominarlo así), la única ayuda a la vista que recibe, y que le permite que todo lo que lo rodea se conforme en una especie de sustancia única gris violácea, proviene de la llamita del piloto del calefón, desde la cocina.

El hombre se frota las manos y, de tanto esforzarse en alejar sus pensamientos de esto, por momentos es esto en lo único que piensa: las cosas que podría hacer con mil ochocientos pesos; las cosas que podría hacer con once mil ochocientos. Pero al mismo tiempo, descubre un desprecio por sí mismo que además de nuevo es inmenso. De la manera que se lo mire, ha sido humillado. Ha sido humillado sin motivos; por una persona que no conoce; pacíficamente, casi accediendo de buena voluntad a la humillación. Y quedarse con el dinero significaría precisamente aceptar la naturaleza de esa demostración obscena de poder de un alguien sobre otro. Y quedarse el dinero y gastarlo en un objeto, un servicio, un evento que le produzca placer, acrecentaría todavía más el patetismo de todo aquél acto. Y…

Así, en su nervioso estatismo, la persona se debate mentalmente entre criterios de acción que lo incluyen o lo eximen en y de diferentes contextos posibles; pero nada cambia en la escena. La penumbra es casi completa; el aire, sobre todo caldeado; el silencio, denso… perfecto. Y entonces nuestro protagonista reacciona retrepándose en el sillón y enderezando la espalda. Por su mirada, por sus dilatadas pupilas –pueden verse como en un primer plano– y su estirada piel de la frente comprendemos que ha llegado a un lugar despejado, de lucidez, en la maraña de sus razonamientos.

Se pone en pie y se acerca, sigiloso hasta la ventana del living que da al pulmón del edificio. La persiana está casi del todo cerrada; por lo que el hombre se dispone de pecho al piso para asomar la cabeza por el espacio abierto. Así acostado boca bajo sobre el parqué mira hacia el pulmón, en diagonal hacia arriba. No llega a ver el cielo, por supuesto, pero tampoco consigue ver ninguna ventana iluminada, ninguna otra persiana que no estuviese también cerrada, ningún resplandor que denote la vida normal del edificio en el que él vive. Se reincorpora a medias, y cierra los ojos. Agudiza el oído… y no escucha nada. Vuelve a separar los párpados, revelando en un instante fugaz lo último de su esperanza y luego se rinde a la desesperación.

Primero se arrodilla, luego se pone en pie, se tira de los pelos, da dos vueltas sobre sí mismo, mira hacía la puerta de entrada, mira hacia la puerta de la cocina, mira hacia el cuarto. Su pecho se hincha y se deshincha cada vez en mayor grado y cada vez con mayor rapidez. Quiere gritar, pero sabe que no – puede. No puede en muchos sentidos, de muchas maneras, no puede. No debe y no tiene la valentía y desconoce si posee la capacidad. El terror de esta última opción –es decir, haber perdido la condición de hablante– se impone sobre cualquier otro sentimiento. Entonces la persona casi se arroja sobre el sillón, de cabeza como en un clavado y, abrazándose a un almohadón, le grita al fieltro, ahogando el sonido más puro de un padecimiento que no comprende pero del que no puede dudar.

Cuando se hubo desahogado lo suficiente, se sienta en el piso, sobre la alfombra, utilizando el costado del sillón como respaldo. Recoge las piernas y apoya los codos en las rodillas. El movimiento de los pies es cuidadoso en extremo, su respiración apenas busca hacerse paso por la nariz; cree, y le parece cierto, que incluso su flequillo, al desprenderse de detrás de su oreja derecha, provoca un ruido espantoso, como cadenas que se desprenden.

Al hombre hecho un ovillo en medio del living es lo último que debe verse. Luego, negro.

6

El living es el mismo, pero contemplado desde otro ángulo. La poca luz natural que lo define, llega desde el resquicio que ha quedado abierto en el ventanal. La persiana en la misma posición que antes es el primer indicio de que ha pasado el tiempo, aunque nada ha cambiado. Luego, se comprueba lo demás, que ya hemos presentido: cuadros torcidos, muebles desordenados, veladores volteados, frascos desperdigados por el piso, almohadones fuera de lugar, la silueta de la persona en cuclillas sobre una silla, enfrentando la puerta de entrada. Son clisés, pero no por eso, menos reales. Verbigracia: cuando distinguimos la cara del hombre, descubrimos la barba crecida, las ojeras, los dientes sucios.

Desde la primera noche pueden haber pasado semanas, incluso meses. Sin embargo, no fue necesario tanto tiempo para que el protagonista comprendiera el alcance de la situación. Todos atraviesan por lo mismo. Todos hacen silencio. Todos están siendo chantajeados, aunque eso ya no es significativo.

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Ahora, –quizá dejó de salir a la calle durante el primer par de días; no podríamos estar seguros– las actividades de sus jornadas están sopesadas por la gravitación de una voluntad de silencio que es más importante que cualquier otra cosa. No perdió la cordura; simplemente la canalizó hacia necesidades más apremiantes que el pretérito ritmo de su rutina regular de ducha, tren, trabajo, televisión, ducha… Ahora trata de dormir lo menos posible por miedo a cometer una torpeza durante el sueño, de la que no le quedarían recuerdos. La desconexión de timbre y teléfono –lo entes sonoros externos a él menos plausibles de ser controlados– lo mantiene alejado de otras personas. Ahora, se muerde una uña con el cuidado y la paciencia que antes sólo hubiera esperado en un cirujano… Frente a la puerta, del lado de adentro, se amontonan los sobres y los billetes.

dnm.

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