diegomongelli

¡Viva la patria!

duelo gauchos1

Don Ramón Rejuira desmontó con la gracia propia del jinete avezado. Tomó su daga con la diestra y espantó al overo con la siniestra. Quedó frente a ese invasor, cuya figura se agrandaba como en una sucesión de latidos de todo su cuerpo, casi imperceptibles, pero espantosos

–¡Oiga! –exclamó–. ¡Gringo! Ya le han cantado su hora… ¡Qué dice!

Por toda respuesta, su adversario gruñó, escupió el tabaco húmedo y, como en un rayo, hizo aparecer un atildado facón en su mano hábil. Los duelistas se encontraban frente a las puertas de la iglesia, rodeados de un grupo heterogéneo de paisanos, soldados de la partida y curiosos diversos. Nadie se atrevía a pronunciar una palabra.

–Muy bien. Así sea –continuó Rejuira–. Si quiere bailar con la más fea, pa’que no darle el gusto –y se lanzó sobre aquél forastero, propinando una serie de hachazos violentos con su daga, famosa por impía.

Inmediatamente, el otro enrolló una capa de vicuña sobre el brazo izquierdo y lo levantó protegiendo su cabeza. Se defendía con la misma ferocidad con que era atacado. Jadeaba como una bestia salvaje y clavaba su mirada en los ojos de su agresor, desafiándolo. De pronto, se reclinó sorprendentemente hacia atrás, casi hasta dar con la espalda en el suelo polvoroso, y logró quitarse de frente a Rejuira. Éste tropezó por el impulso de sus estocadas y sobrepasó el flanco del gringo, que era quien blandía ahora su facón en busca de las costillas del gaucho. –¡Madre santa! –se oyó gritar a una china

–¡Ande, Maula! Pegue como hombre… –lo incitó Rejuira, recompuesto y envalentonado por la angustia de esa voz femenina; a la par evitando las puntadas con una habilidad y un aplomo admirables–. ¡Ande, muéstrese hombre si que acaso lo es! ¡Usted no sirve ni pa’ darme trabajo…! ¡Pegue, maula! ¡Pegue…!

Entonces, como reaccionando a la provocación y en un arranque de furia descomunal, el extranjero se lanzó adelante con ambos brazos extendidos y la boca oscura, cavernosa, abierta. Se habría supuesto que buscaba morder al gaucho en el cuello, alcanzar su garganta. Pero haciendo uso de ese descuido, Rejuira se hizo a un lado, cargó de firme y se tendió en una larga puñalada que fue a introducirse en el abdomen del gringo. El herido vaciló sobre sus piernas y se desplomó en el primer escalón del atrio. Al caer, produjo un golpe seco y lúgubre muy parecido al que haría un cuerpo humano; por unos instantes la quietud y el silencio fueron totales…

–¡Viva la patria! –gritó de pronto alguien entre el gentío–. ¡Viva la patria! -repitió otro; y eso fue todo. Mientras se alejaba, jadeante y satisfecho, Don Ramón Rejuira sólo se volvió para comprobar que aquella niebla verde y agria, que tan bien conocía, comenzara a cubrir el cadáver hasta hacerlo desaparecer.

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